Santiago sin Camino


Dicen que aquí llueve 368 días al año. Sin embargo, no caen chaparrones ni diluvios. Hay muchos días en que te empapas la ropa, los zapatos, el bolso, todo… aunque no de gotas. Parece como si el aire estuviese cargado de un spray perpetuo que te humedece sin cesar. A veces es difícil acostumbrarse a ello. Cuando subes al autobús todo el mundo va con el pelo mojado, el paraguas también. Nadie se queja ni lo comenta siquiera. Es Santiago y todo el mundo sabe que aquí llueve mucho. 
Otros días como hoy el sol brilla y la gente aprovecha para sentarse en una terraza a tomar algo o a echarse sobre el césped a conversar con amigos. Hay muchos parques que arropan la ciudad, aunque, para mí el más bonito es la Alameda. Desde aquí puedes llegar a varios miradores desde donde tienes unas vistas alucinantes de la catedral y sus alrededores. 
Santiago es pequeñita. De hecho, si te pones a caminar sin rumbo, tienes más que seguro que terminarás en algún punto conocido. Llevo cuatro días aquí, en la ciudad símbolo de purificación, de transformación. El ícono que ha sido utilizado para representar a Santiago desde hace muchos siglos es la concha, o vieira, como le llaman en gallego. Es como si la ciudad fuese un pequeño microcosmos donde te encierras en tu propio mundo y eres inmune a todo tu alrededor. Santiago te protege, te llena de cierto misticismo. 
Todo es limpio. La gente sabe disfrutar sin perder el control. No hay mucho ruido. La mayoría de los locales con los que me topé fueron tan amables y estaban tan abiertos a conversar que vuelves a recuperar la fe en la naturaleza humana. Además, el casco viejo impresiona, no sólo por lo bonito y antiguo, sino sobre todo por lo bien conservado que se encuentra. En Santiago la gente cuida su ciudad. La quieren, la protegen. Y se nota. Es una sensación refrescante.
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Estos cuatro días que llevo aquí han estado perfectamente equilibrados entre paseos, conversaciones con locales y conferencias a las que he asistido y participado por motivo del Congreso IBERCOM 2013 titulado Comunicación, Cultura y Esferas de Poder en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Universidad de Santiago de Compostela. Nada me ha faltado en Santiago. Sin embargo, algo sí me ha sobrado. 
Me refiero al Camino recorrido por cientos, en verano hasta miles, de turistas. Se trata de gente de todos los países, edades e intereses que por alguna manera u otra se encuentran en este sendero en busca de algo. O tal vez no. La verdad es que no lo entiendo. El Camino de Santiago se ha convertido en otro producto comercial más. Una atracción turística que transforma a la ciudad de Santiago en otra cosa. En un punto del mapa plagado de tiendas que venden souvenirs ¨made in China¨ en lugar de ser fabricados por artesanos locales. Un lugar donde en vez de silencio oyes desde la calle a los turistas alzando la voz en idiomas desconocidos. Un lugar donde ves muchas mochilas y conchas que cuelgan de ellas, pieles blancas quemadas por el sol (¿qué sol?, no lo entiendo!) pies heridos de caminar, hostales repletos, y poca espiritualidad.
Yo por mi parte, prefiero trazar mi propio sendero, no el de miles de peregrinos. Y asimismo, guardar en mi memoria al verdadero Santiago, sin Camino… 

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