Un d√≠a como hoy hace 10 a√Īos

El 26 de marzo hace una d√©cada, defend√≠ mi tesis sobre la obra del periodista Ryszard KapuŇõciŇĄski en la Aula Magna de la Universidad de Navarra, en Pamplona. Terciopelo rojo cubr√≠a toda la sala y una docena de presentes miraba el jurado conformado por un grupo diverso de personas.

Estaban los profesores Fernando L√≥pez Pan, Javier Marrod√°n y otra colega de la Facultad de Comunicaci√≥n de la UNAV, cuyo nombre olvid√©. Estaban tambi√©n dos profesoras polacas: Malgorzata Kolankowska, traductora y periodista, quien viaj√≥ desde WrocŇāaw (Breslavia) y √Āgata Orzeszek, traductora al espa√Īol de la obra de KapuŇõciŇĄski y profesora de la Universidad de Barcelona. Fue un lujazo contar con su presencia y entre todo lo que ten√≠a en mi contra, al menos estaban ellas a mi favor. Hab√≠an le√≠do mi tesis , conocen a profundidad el tema y todo el esmero que le dediqu√©.

Fue uno de los d√≠as m√°s estresantes de mi vida. El recuerdo es amargo por varias razones que no discutir√© aqu√≠, pero lo que importa es que logr√© doctorarme. Defend√≠ aquella tesis a pulm√≥n en tres idiomas (espa√Īol, ingl√©s y un poquito en polaco), consegu√≠ el t√≠tulo de Doctor Europeo y tras una estancia de investigaci√≥n y docencia en Polonia- que termin√≥ durando tres a√Īos- finalmente hab√≠a logrado llegar a la meta.

Hoy tras casi 15 a√Īos dedicados en cuerpo y alma a la docencia, puedo decir que la academia es un camino muy cuesta arriba y, a menudo muy injusto tambi√©n. He trabajado como profesora universitaria desde los 25 a√Īos, tanto en Puerto Rico como en Europa y tanto en el sistema p√ļblico de ense√Īanza, como en el privado. He tenido estudiantes encomiables y tambi√©n ex convictos con grilletes en los tobillos. He trabajado en instituciones donde la educaci√≥n es un negocio y te llaman la atenci√≥n si no pasas a los estudiantes. Tambi√©n he trabajado en otras, donde educarse es un privilegio y un honor que se consigue con mucho esfuerzo, disciplina y dedicaci√≥n.

Mis diversos patronos jam√°s me han ofrecido permanencia ni estabilidad laboral. Vamos, que ni siquiera un contrato con duraci√≥n superior de un a√Īo, en el mejor de los casos. Los beneficios marginales y d√≠as de enfermedad y vacaciones nunca han sido parte de mi realidad laboral. Durante los veranos y Navidad, tengo que ingeni√°rmelas para sobrevivir sin un salario. Si quiero un plan m√©dico, debo coste√°rmelo yo misma y en varias ocasiones he tenido que solicitar esta y otras ayudas del gobierno. Ayudas que no siempre consigo.

Esta es mi realidad y la del resto de los docentes sin plaza, que en algunas instituciones como la Universidad de Puerto Rico, conformamos casi la mitad del profesorado.

Sin embargo, a pesar de esta dura e injusta situaci√≥n, pr√°cticamente nunca me he ausentado de mi trabajo. (En Polonia si me ausentaba, no cobraba). He obtenido siempre evaluaciones casi perfectas de parte de mis estudiantes y pares. He trabajado ad honorem durante a√Īos, en m√ļltiples labores que superaban mis obligaciones contractuales. He sido invitada como profesora y conferenciante en pa√≠ses como M√©xico y China.

En Puerto Rico he fundado asociaciones, proyectos y medios estudiantiles, viajado al exterior más de una vez con grupos de alumnos a festivales de periodismo para que conocieran mundo e hicieran trabajo voluntario en comunidades marginales. He participado en congresos en varios continentes, publicado decenas de artículos académicos/ensayos/libros/blogs, y sobre todo: lo he hecho todo con amor, vocación, interés y compromiso genuino.

En cambio he recibido muy poco…

Las universidades que te invitan a publicar con ellos y a editar art√≠culos, no pagan. La verdad es que casi siempre te usan como recurso y a menudo ni reconocen tu labor. En mi caso, me han contactado de universidades en pa√≠ses como Venezuela, Espa√Īa y Colombia para editar art√≠culos pro bono, dizque por mi ‚Äúexpertis‚ÄĚ, pero jam√°s hablan de remuneraci√≥n ni de m√©rito.

Asistir a congresos internacionales y presentar ponencias, cuesta caro y requiere de tiempo, energía, apoyo y dinero. Los títulos académicos y los libros publicados se consiguen con mucho esfuerzo y no te costean la renta ni te abrazan de noche. Los colegas y las asociaciones o uniones, defienden casi siempre intereses propios mientras los tuyos son ignorados. Al final del día casi todo va en detrimento de la salud física y emocional y eso sí que importa.

Por los estudiantes me quedar√© aportando mi granito de arena. Sin ellos nada tiene sentido, son el motor de un docente. Sin embargo, por el sistema ya no vale la pena seguir d√°ndolo todo. Toca pasar a otra etapa. Estos 15 a√Īos me han ense√Īado y demostrado que lo que realmente importa y enriquece la vida es la familia, mi hijo, estos instantes, estas memorias…

Ese es el real fruto del trabajo y el esfuerzo propio sobre la tierra.

Noah Marcel sobre una tabla de surf a su a√Īo y medio.

El morbo que vende y nos corroe

Cuando pregunto a mis estudiantes de periodismo cu√°l es la labor principal de un medio de comunicaci√≥n, la mayor√≠a suele contestar lo mismo: informar. Y s√≠, tienen raz√≥n. El √ļnico problema es que a menudo olvidan o desconocen que adem√°s de dar a conocer informaci√≥n previamente desconocida, un medio de comunicaci√≥n responsable y comprometido debe, sobre todo, educar.

Si buscamos la definición de ambos verbos: informar y educar, podemos ver a todas luces que no se trata de la misma cosa.

Cuando hablamos de informar, el verbo implica que damos a conocer algo, nos enteramos de alg√ļn dato, o arrojamos luz acerca de un acontecimiento previamente desconocido. Educar, por el contrario implica una participaci√≥n activa de parte del lector, quien adem√°s de conocer una informaci√≥n previamente desconocida, puede involucrarse en difundir un nuevo conocimiento. Cuando una persona recibe un conocimiento nuevo por alguna v√≠a, y si le es √ļtil o pr√°ctico, se convierte en un agente activo de su difusi√≥n. Es decir, comparte con otros eso nuevo que ha aprendido con la intenci√≥n de tambi√©n ayudar al pr√≥jimo en su camino hacia la iluminaci√≥n y el conocimiento.

Por el contrario, cuando nos informan sobre alg√ļn acontecimiento, nos enteramos solo de datos, aquello que ha pasado, sin embargo, a menudo carecemos del entendimiento entero de lo que esta informaci√≥n significa o implica.

Hace unos minutos se inform√≥ en los medios nacionales del pa√≠s que el cuerpo encontrado flotando en la laguna San Jos√©, cercana al puente Teodoro Moscoso, corresponde a la desaparecida mujer de 27 a√Īos, Keishla Rodr√≠guez Ortiz. La occisa era una chica amante de los animales, trabajaba en un grooming y desde hac√≠a once a√Īos manten√≠a una relaci√≥n rom√°ntica con el boxeador, F√©lix Verdejo. De hecho, estaba embarazada de pocas semanas de √©l. Sabemos tambi√©n que √©ste hac√≠a siete a√Īos que estaba casado legalmente con otra mujer, con la que tiene una hija peque√Īa. El d√≠a de su desaparici√≥n, iba a encontrarse con el padre de su hijo no nato para mostrarle la prueba de embarazo.

Faltan piezas para armar en esta macabra historia. Solo sabemos que la familia de ella culpa, primero de su desaparición y segundo de su muerte, al boxeador. Hasta ayer se esperaba que apareciera con vida. Sin embargo, ya aconteció lo que muchos anticipaban: el cadaver encontrado, corresponde a ella.

Algunos comentarios de usuarios en las redes, as√≠ como de algunos reporteros de medios nacionales muestran apoyo al boxeador y culpabilizan a la v√≠ctima. ¬ŅPor qu√© manten√≠a esa relaci√≥n con un hombre casado? ¬ŅPor qu√© se habr√≠a embarazado de √©l? Se lo busc√≥. Qui√©n la manda. Pobre F√©lix. Y as√≠ por el estilo.

Aparte de provocarme malestar y coraje, este tipo de comentarios muestran lo realmente preocupante de esta sociedad: somos incapaces de discernir quién es realmente el enemigo aquí, cuál es el problema y cómo aproximarlo.

Si nuestros medios de comunicación se encargaran de cumplir con su rol principal, además de informar datos y sucesos, intentarían profundizar sobre ellos y más que todo: EDUCAR por medio de ellos. Desde hace dos días en las redes solo se observan las transmisiones en vivo del acontecimiento que de un momento para otro, se ha convertido en el Fatmagul boricua: la historia del boxeador que terminó involucrado en el asesinato de su amante embarazada.

Hemos seguido los Facebook live y las transmisiones en directo de la familia de Keishla, desde su hogar en un residencial de Caimito, hasta su llegada a la laguna donde fue encontrado el cad√°ver y las √ļltimas im√°genes que se muestran a su salida de Ciencias Forenses. Aparte de ir en contra de uno de los pilares m√°s importantes del periodismo que enfatiza la importancia de minimizar y no maximizar el da√Īo al reportar, este tipo de reporterismo carece de empat√≠a, invade la privacidad de las v√≠ctimas y solo alimenta el morbo que intentan vender los medios a un p√ļblico distra√≠do, anestesiado y sobre todo, colonizado que no cuestiona y se conforma con lo que le alimentan los medios por ojo, boca y nariz.

Aquí el problema no son los celos que nublan y hacen cometer locuras, o la culpa de X o Y parte implicada que decidió por las razones que fueran mantener una relación extramarital. Aquí el problema recae en los pobres modelos de sociedad que tenemos y los mensajes equívocos que se envían y difunden por los medios de comunicación que no hacen otra cosa que alimentar el patriarcado y los modelos tóxicos.

Aquí el problema recae en el sistema corrupto e ineficiente que desestima órdenes de protección y amenazas que reciben cientos de mujeres a diario por parte de sus parejas y ex parejas. Aquí el problema recae en pseudo líderes políticos y religiosos que insisten en que la educación con perspectiva de género no es necesaria, sino confusa y maligna. Aquí el problema recae en las mujeres que fomentan el machismo con sus hijos, atacan a otras mujeres y solo alimentan una agenda de violencia y cero empatía. Aquí el problema recae en que somos uno de los países más desiguales en el mundo y la violencia de género y el alto índice de feminicidios solo confirman esto.

Si los medios de comunicación cumplieran con su papel y realmente se encargaran de encarnar un rol como agentes educadores y de cambio social, tendríamos periódicos que publicarían artículos sobre los efectos del machismo y el patriarcado. Entenderíamos todos de una vez y por todas que si queremos vivir en una sociedad progresista, la educación con perspectiva de género no es solo importante, sino necesaria en este proceso.

Si tuviésemos medios de comunicación comprometidos tendríamos más textos enfocados en cómo crear espacios de paz y de equidad para todos y de cómo crear y mantener relaciones saludables con otros, en lugar de transmisiones en vivo que hablan sobre celos, cadáveres y cuernos, que solo alimentan el morbo y la desinformación. El morbo que nos venden nos corroe como sociedad.

Cuando se descubri√≥ que la informaci√≥n era un negocio, la verdad dej√≥ de importar. Palabras similares pronunci√≥ el fenecido periodista polaco Ryszard KapuŇõciŇĄski hace varias d√©cadas. Y no hay nada m√°s cierto que esto. Vende el morbo, vende el suspenso y la trama de la novela turca aplicada al contexto puertorrique√Īo. No vende la educaci√≥n ni la profundizaci√≥n de temas para el mejor entendimiento de los mismos.

Debemos entender que en nuestra sociedad capitalista neoliberal, los medios de comunicación nacionales solo existen para alimentar sus propias agendas en la tarea de vender y competir con otros medios. Son empresas comprometidas con su bolsillo, no con el bienestar y la educación del pueblo. Y mientras sigamos consumiendo solo estos contenidos mediáticos, es imposible hablar de progreso, de bienestar colectivo, de equidad y de una mejor sociedad para todos.

Perder un pedazo de m√≠

En un banquito de madera frente al mar nos conocimos un d√≠a como hoy hace tres a√Īos. Lleg√≥ a mis pies una noche, huyendo de un perro negro grande. Desde ese 10 de diciembre de 2017 fuimos inseparables. Bruno y yo dorm√≠amos en la misma cama. Nos abraz√°bamos, manten√≠amos conversaciones √≠ntimas, comunic√°bamos en polaco, espa√Īol e ingl√©s. Nos entend√≠amos a la perfecci√≥n. Llor√°bamos juntos, disfrut√°bamos de la compa√Ī√≠a de amigos, familiares, y nos acompa√Ī√°bamos a cada paso de este camino que llaman vida. De d√≥nde vino, nunca sabr√©. Su pasado remoto me es un misterio absoluto. Y a pesar de ser un enigma, hace poco nos vino a tocar a la puerta. Las heridas de vivir en la calle, estar desnutrido y arropado en pulgas y garrapatas le cobraron factura al final de su vida. Estaba maltrecho por dentro y ya sus √≥rganos no daban para m√°s.

(…)

Aquel 10 de diciembre nos encontr√°bamos en un Puerto Rico pos Mar√≠a: sin luz ni agua y traumados por el desastre. Un grupo de amigos estuvimos de playa ese d√≠a para cambiar de ambiente y terminamos en un bar ya de noche. Esa misma noche decid√≠ rescatar a Bruno de la calle y mi vida cambi√≥ para siempre. Lo envolv√≠ en una toalla h√ļmeda, lo llev√© a casa y lo dem√°s es historia.

El primer a√Īo cambiamos de casa. El segundo, cambiamos dos veces m√°s. Se acoplaba a todas. Me segu√≠a cada paso: al cuarto, a la cocina, al patio, al ba√Īo. Ya la soledad no cobrar√≠a el mismo sentido. Cuando m√°s asechada me encontraba por la vida, Bruno era mi motivo de alegr√≠a. No hablaba, pero dec√≠a tanto. Ah, y con su tuquito de cola. Pasamos largos d√≠as en la playa bajo la sombra, observando pel√≠canos pescar, surfers agarrar olas y nadadores entre las aguas. Su pasi√≥n era hacer caminatas por el litoral juntos. Iba siempre trotando alante y deteni√©ndose cada par de pasos para que yo lo alcanzara. Me entend√≠a a la perfecci√≥n y yo a √©l. Era mi compa√Īero, mi amigo, mi guardi√°n, mi terapia. Lo quise y lo cuid√© como lo que fue: lo m√°s preciado para m√≠.

Todos sab√≠amos que era mayor de edad aunque el n√ļmero exacto lo ignor√°bamos. Siempre demostr√≥ agilidad y juventud. Siempre hasta el final. Cuando naci√≥ el beb√©, a Bruno le entr√≥ un ataque de celos los primeros d√≠as. Estaba confundido y molesto. A m√≠ nadie me consult√≥ esto, habr√° pensado. El ni√Īo habr√≠a tomado su lugar, pues ahora mis horas y reloj se ajustaban a su alimentaci√≥n, descanso y tiempo de juego con √©l, en fin, en atenderlo. Y con el paso de los d√≠as y meses, el tiempo comenzaba a sentirse diferente. El beb√© hac√≠a que uno cobrara otro ritmo y Bruno por su parte tambi√©n comenz√≥ a mostrar el pasar del tiempo.

Un d√≠a colaps√≥ en la ba√Īera. Lo cargu√© en mis brazos y tard√≥ un minuto en recuperarse de lo que aparentaba ser un ataque de alg√ļn tipo. Otro d√≠a colaps√≥ de nuevo. La piel, aunque siempre padeci√≥ de eso, se le deterioraba cada vez m√°s. Ten√≠a ronchas y cascaritas que no hab√≠a manera de curarle. Estaba m√°s viejo, d√©bil y poco a poco, m√°s maltrecho. Entre el corre corre del beb√© nuevo, se abr√≠a paso a un nuevo Bruno m√°s anciano, m√°s delicado. Atr√°s quedaron los d√≠as de playa, actividad f√≠sica y aventura. Pasamos mucho tiempo en casa con una nueva rutina.

A pasos agigantados comenz√≥ a deteriorarse. Comenz√≥ a colapsar m√°s de lo normal. Se le ve√≠a desganado y con el paso de los d√≠as decid√≠ que ten√≠a que llevarlo al veterinario con car√°cter de urgencia. Logr√© hacer un hueco en la cargada agenda de madre de un reci√©n nacido y entregu√© a mi fiel compa√Īero de vida al albergue para que lo atendiera la doctora. Pas√≥ de lo que diagnosticaron inicialmente como una indigesti√≥n, a un problema de baja hemoglobina y plaquetas. Los laboratorios revelaron que ten√≠a el h√≠gado destrozado y los colapsos constantes se deb√≠an a su debilidad. Me dijeron que lo dejara internado dos d√≠as y de repente dos se tornaron cinco. Cada d√≠a llamaba varias veces para conocer su estado. Su cuadro empeoraba y con cada minuto lo perd√≠a m√°s. Hasta el final pens√© que mi fiel centinela sobrevivir√≠a a otro golpe m√°s de la vida como siempre lo hab√≠a hecho hasta ahora.

Cuando se pierde a un ser querido se sabe que pasamos por una serie de emociones hasta llegar a reconocer y aceptar la muerte. Una de ellas es la rabia, otra es la culpabilidad. Hasta cierto punto me tambaleo entre esas dos pues pienso que se me fue muy rápido y pude haber hecho más. Tal vez debí de haber hecho menos y dejarlo morir en paz, en casa. La mente juega con uno aunque sé que hice lo que pensé era mejor para él. Bruno era lo máximo para mí y tenía esperanza de que se curase y regresase a casa. Me hubiese gustado que Noah se criase corriendo por la playa con él. Que lo protegiese como siempre hacía. Solo me reconforta el hecho de que al menos lo conoció y cuidó durante el tiempo que sí compartimos. No permitía que nadie se le acercara, dormía en la parte inferior de su moisés, se quedaba haciendo vela de noche con una oreja siempre parada pendiente a un posible llanto.

Su misión en la vida era asegurarse que estuviésemos bien. Por que ese era Bruno, nuestro protector: fiel, tan fiel, amoroso, noble centinela. Como él, solo uno. Quien lo conoció, sabe de qué hablo.

Llevo tres días con un nudo en el pecho. Recuerdo el sonido de sus pasos por la casa y se me aprieta un poco más. Aprender a vivir sin él será mi nuevo reto. Y no, no es solo perder a una mascota. Perder a Bruno ha sido perder un pedacito de mí.

Ser madre est√° de madre

Durante los √ļltimos d√≠as se han lavado m√°s camisas que nunca antes en casa. Por m√°s que se vac√≠e, el hamper permanece lleno hasta el tope. Todas tienen algo en com√ļn: una enorme mancha blanca a la altura de uno de los hombros. Se trata de una mezcla de v√≥mito de leche mezclada con babas de beb√©. Eso combinado con una secreci√≥n que brota de los pezones y sudor, mezclado con el aroma que expulsan las hormonas de una mujer reci√©n parida. As√≠ huelo desde hace casi seis semanas cuando naci√≥ mi hijo. Y por m√°s que me duche, no logro disimular esa dulce fragancia de madre primeriza que se estrena a la fuerza.

Desde que nació Noah Marcel, todo ha cobrado una nueva forma, un ritmo diverso: en ocasiones demasiado lento, en otras a las millas. En ese mismo momento de su alumbramiento el multitasking cobró un nuevo sentido. Las exigencias que implica tener una criatura recién nacida, junto a los quehaceres diarios y el trabajo profesional, se multiplican.

El beb√© pasa constantemente de estar pegado al pecho, a los brazos. Esos mismos brazos y manos que cargan, son las que se encargan de limpiar, de cocinar, de doblarse a recoger alguna cosa, de dar confort a otros. Pertenecen al mismo cuerpo que se cansa y poco descansa. Un cuerpo que pasa noches en vela y d√≠as intentando encontrar la recuperaci√≥n y el sue√Īo. Se conectan adem√°s a una cabeza que retumba cada ma√Īana por la falta de sue√Īo y la energ√≠a invertida en tener que tapar la irritabilidad. Las tardes apenas se viven, pues los d√≠as pasan uno detr√°s del otro con demasiada rapidez.

Botellas que enjuagar y rellenar. Pechos que duelen, ex√°menes que corregir, clases virtuales que dictar. Pezones que amamantan, beb√© que succiona. La casa llena de cojines que se colocan debajo de piernas, al costado de brazos, para sostener muslos, caderas y otras partes del cuerpo que quedan tendidos en el aire mientras se amamanta. Lo importante es lograr la mayor comodidad posible: f√≠sica y mental. Es ese pecho la √ļnica manera de hacer dormir. Y cuando logra dormirse el beb√©, se siente un gran alivio. Es cuando en lugar de echarse uno mismo la siesta, se deben continuar atendiendo m√°s asuntos.

Mucho se ha hablado sobre la incompatibilidad de tener una vida profesional exitosa y ser mamá. Hasta que llegó Noah Marcel a nuestras vidas pensé que sería la excepción a esa regla. Me equivoqué. Existen escasos casos de mujeres que se ven apoyadas por sus lugares de trabajo en términos de su maternidad y todo lo que conlleva. Muchas otras como yo, se encuentran al margen de ese grupo. El derecho a tener una licencia de maternidad, por ejemplo, se ha tornado un privilegio en el mundo de las que trabajan por contrato o no tienen permanencia en sus lugares de empleo. Lo que por ley debe concederse, se convierte, de repente, en una regalía. Y la madre primeriza no tiene otra opción que fluir y hacer lo mejor que pueda para balancear esas dos arduas tareas: la de ser una profesional y la de tener a un recién nacido totalmente dependiente de ella.

El otro día mientras lactaba a Noah en un intento por hacer tranquilizar la rabieta y el llanto que tenía, mi perro Bruno comenzó a vomitar por toda la habitación. Había estado malito desde hace unos días y una tarde incluso colapsó y tuve que cargarlo en brazos porque apenas podía caminar. En ese instante me encontré en una complicada viacrucis obligada a tomar una decisión: separar al bebé del pecho en lo que atendía a mi querido Bruno y arriesgarme a que volviera a llorar desconsoladamente, o ignorar el gemido vomitivo del perrito en lo que Noah terminaba su sesión de alimentación y arriesgarme de que por no atenderlo, se me muriera o empeorara. En ese instante me levanté de la cama decidida a hacer ambas cosas hasta que el bebé haló mi pezón y del dolor, me tropecé y casi caigo al suelo.

Por m√°s que queramos hacernos creer, no somos mujeres maravilla ni tenemos s√ļper poderes. Se torna indispensable establecer prioridades en la etapa posparto y en el cuido de un reci√©n nacido. La decisi√≥n en ese momento, sin embargo, se me hizo dif√≠cil. Quise hacer ambas cosas y me frustr√© ante esa imposibilidad. Somos humanas, todo no podemos; necesitamos otra mano o dos. Y est√° bien pedirla sin sentirse culpable.

La maternidad es una experiencia preciosísima en la que se experimentan sensaciones y emociones nunca antes vividas. Sin embargo, también puede ser una pesadilla en lo que uno se acostumbra al nuevo ritmo. He hablado con amigas que me han confesado que al inicio ni siquiera sentían ese amor incondicional del que tanto se habla, hacia sus bebés. Que se cuestionaban los primeros días y semanas si en realidad ser mamá había sido una buena decisión. Las aplaudo por su valentía y honestidad. El agotamiento físico, mental y emocional unido al dolor que se experimenta en el parto y posparto requiere de sanación. El problema es que no todas contamos con la posibilidad de tener ese tiempo de sanación y reposo, sino que una etapa colisiona con la otra sin permitir un minuto de descanso. Para no enloquecer se debe contar con un equipo o red de apoyo, es decir, personas que ofrezcan a uno paz mental y alivio. Como mujeres somos bravas, pero también vulnerables. Y reconocer esa limitación humana es parta de la solución y solo nos ayudará a ser mejores madres y profesionales en un mundo donde el apoyo es limitado y las expectativas y presiones diarias son la orden del día.

Dos partos, un hijo

Hace seis días nació mi hijo. Aunque gesté solo uno, mi ginecólogo me obligó a parir dos veces. Así es: una muy cerca de ser parto natural, y otra por cesárea. Como tantas y tantas mujeres embarazadas, fui también víctima de la violencia obstétrica: una realidad que trauma, desgarra la dignidad humana, desmiembra el cuerpo y ultraja las experiencias de parto en países como el nuestro.

Mi historia comienza as√≠…

Tras 40 semanas de embarazo saludables, hace siete d√≠as comenc√© a experimentar contracciones fuertes. El beb√© ya estaba preparando su √©xodo de mi √ļtero. El mi√©rcoles en la ma√Īana decidimos encaminarnos al hospital donde dar√≠a a luz. Fuimos por un caf√© y un desayuno antes y estacionamos el carro en las afueras del edificio.

Mil y un protocolos despu√©s- la mayor√≠a justificados por el Covid-19-, empleados del hospital me subieron a una silla de ruedas y me separaron de mi amor. Le dijeron que cogiera por un lado de un pasillo mientras enfermeros me transportaban a ruedas por otro, hasta llegar a un ascensor. Cuando subimos al quinto piso, ya no volv√≠ a tener contacto con mi acompa√Īante. Ni siquiera sab√≠a d√≥nde estaba, ni cu√°ndo pod√≠amos encontrarnos de nuevo. Me acostaron en una camilla para medir mi dilataci√≥n y me dejaron saber que a√ļn ten√≠a un largo camino que recorrer: hab√≠a dilatado 1 cent√≠metro de 10 que faltaban para entrar en parto activo.

El doctor que me atendi√≥ nunca entabl√≥ contacto visual conmigo. Me introdujo los dedos en mis partes forzosamente, luego sali√≥ de la habitaci√≥n y acto seguido, entr√≥ una enfermera. Sin apenas compartir palabras me dejaron saber que la prueba ten√≠a que repetirse para ¬ęestar seguros¬Ľ. En esta ocasi√≥n fueron incluso m√°s bruscos. Solo quer√≠a que dejaran pasar a mi amor, quien se encontraba desesperado afuera de la sala. Con cada minuto aumentaba mi estado de ansiedad y vulnerabilidad.

Quer√≠an admitirme al hospital de inmediato y yo sab√≠a qu√© significar√≠a eso: era muy pronto y una receta segura para hacerme una ces√°rea injustificada. Esper√© que las enfermeras abandonaran el cuarto. Me vest√≠ y decid√≠ que ten√≠a que salir de aquel lugar fr√≠o, inh√≥spito, carente de empat√≠a y pasivo-agresivo. Toqu√© puertas buscando salir, encontr√© todas cerradas. Me escond√≠ del grupo de enfermeras y empleados que laboraban en los pasillos y salas, buscando √©xodo. Estaba todo trancado. El doctor que me introdujo los dedos, se percat√≥ de mis intenciones y fue tras de m√≠. Le dije que hab√≠a decidido irme, que asumir√≠a la responsabilidad. Intent√≥ convencerme de que me quedara ¬ępor tu bien y el de tu beb√©¬Ľ. Me oblig√≥ a firmar un relevo de responsabilidad y acto seguido fui corriendo al ascensor a reencontrarme con mi amor, quien hab√≠a sido escoltado a otra √°rea. Aquello no era un hospital sino una base militar, una c√°rcel: un lugar donde si entras, te encuentras a la merced de un depravado protocolo.

Parecía como si los empleados se comunicaban entre sí con walkie-talkies y escondían una agenda oculta detrás de sus mascarillas. Sentí miedo, desespero, ansiedad. Me volví a encontrar con mi amor y nos tranquilizamos mutuamente. Regresamos a casa y pensamos una y mil veces qué haríamos. Noah Marcel estaba de camino y aunque no queríamos regresar a aquel lugar, sabíamos que había pocas opciones.

Al d√≠a siguiente mi amor consigui√≥ una piscina inflable para que pudiese pasar el dolor de las contracciones que me acompa√Ī√≥ durante esas horas, de la mejor manera posible. A pulm√≥n la llen√≥ y la ubic√≥ en el centro de nuestra sala. Ah√≠ sumerg√≠ mi cuerpo y mi abultado vientre. Dentro, Noah Marcel se contra√≠a cada cierto tiempo causaba que mi barriga se tornase dura y adoptase formas raras. Con cada contracci√≥n, aumentaba el dolor y entraba en un trance m√°s agudo. Intent√© ubicarme en posici√≥n de gato para minimizar la agon√≠a. Inhalaba, exhalaba, hasta que se me pasaba. Caminaba, meditaba, intentaba atraer pensamientos positivos y al cabo de algunos minutos, llegaba otra contracci√≥n m√°s fuerte, m√°s dolorosa.

As√≠ estuve largas horas hasta que decidimos regresar al hospital. Era la 1:00 de la ma√Īana del jueves. Durante todo el camino estuve en cuatro patas en el asiento trasero intentando minimizar la agon√≠a de las contracciones, que ya eran mucho m√°s agudas. Del edificio principal del hospital nos hicieron pasar nuevamente a la Sala de Emergencias a registrarme. Me subieron a otra silla de ruedas. Quinto piso. Separaci√≥n de mi amor. Enfermeras y personal nuevo me atendieron en un cuarto fr√≠o y sumergieron sus dedos en mi vagina.

Ya hab√≠a dilatado 4 cent√≠metros y estaba m√°s cerca del parto activo. Se me hac√≠a dif√≠cil canalizar el dolor. Gritaba, gem√≠a y aumentaba. El orden de los sucesos a partir de ese momento se tornan borrosos. Pasaron varias horas, mi amor logr√≥ que le dejaran acompa√Īarme. Tambi√©n frustrado y vulnerable, intent√≥ disimular el mal rato delante m√≠o.

Me transportaron a otro cuartito. Me amarraron unas correas rosadas apretadas al vientre. All√≠ estuve largas horas. Me acompa√Īaron varias enfermeras que iban rotando, no s√© cu√°l menos emp√°tica que la otra. Me dijeron que pujara con cada contracci√≥n. Mujer que haya parido sabe lo doloroso que resulta esto. Sin embargo, no me rend√≠. Puj√© y puj√© como si no hubiera ma√Īana. Estaba decidida que Noah quer√≠a y ten√≠a que salir. En cierto momento entr√≥ mi ginec√≥logo. Con aires prepotentes de Marco Polo pase√°ndose por aquellos pasillos, apenas nos sonri√≥ ni salud√≥. Parec√≠a como si tuviera cosas m√°s importantes que hacer y le molestaba tener que estar all√≠ esperando que pudiese parir a mi hijo.

Con una mano hal√≥ la cortina y entr√≥ al cuarto donde me encontraba pujando. Se ech√≥ gel sobre los guantes y sin comunicar apenas palabra, me introdujo los dedos dentro del √ļtero para medir la dilataci√≥n. De 6 sub√≠ a 7 cent√≠metros y en algunas horas- ya exhausta y completamente adolorida- hab√≠a alcanzado 10 cent√≠metros de dilataci√≥n. El ni√Īo se encontraba ya en el canal de parto a punto de salir expulsado cabeza primero. Una enfermera partera me acompa√Ī√≥ durante parte del proceso. Me sostuvo las manos, la cabeza, los brazos. Me comparti√≥ palabras de aliento y positivismo. ¬ęLo est√°s haciendo muy bien¬Ľ, me dec√≠a. Me devolv√≠a esperanza a pesar del agotamiento y la agon√≠a. Sent√≠a ya a mi ni√Īo muy pronto a salir. Quedaba poco para salir de aquello.

Abr√≠ los ojos y sent√≠ otro hal√≥n de cortina. Hab√≠a llegado el doctor nuevamente. Gel en dedo, dedo en vagina. Ya se estaba volviendo una rutina aquello. De repente se interrumpi√≥ el silencio. ¬ęPodemos esperar dos horas m√°s, pero hay que tomar una decisi√≥n ya¬Ľ, dijo. Su argumento era que si esper√°bamos m√°s, pod√≠an bajarle los latidos del coraz√≥n al ni√Īo. Que era un peligro. Que la cabeza del beb√© era muy grande y no pod√≠a pasar por el canal. Que se le estaba poniendo de forma de cono y eso representaba una amenaza. Que hab√≠a que, a todo costa, hacerme una ces√°rea. Se me inund√≥ la mente de miedo, de angustia. Me bloque√©. No pude razonar. Ten√≠a 10 cent√≠metros de dilataci√≥n. Estaba tan y tan cerca. Pero seg√ļn el doctor, quien no me dio la oportunidad, tan lejos.

20 minutos m√°s tarde me transportaron a la sala de operaci√≥n. Epidural inyectada en la espina dorsal, m√°scara de ox√≠geno en cara, sent√≠ c√≥mo perd√≠a la sensaci√≥n en las piernas. Me tumbaron sobre una camilla y taparon mi visibilidad con una cortina de papel. Nadie me explic√≥ qu√© pasar√≠a, c√≥mo ser√≠a el procedimiento. ¬ęTodo estar√° bien, princesa, ese es el √ļltimo dolor que sentir√°s¬Ľ, me expres√≥ el anestesi√≥logo, que parec√≠a m√°s que nada un dandy. Me hab√≠an separado nuevamente de mi amor, pero ya no ten√≠a fuerzas para reclamar.

Me fui de este mundo por un segundo, tal vez conscientemente. Aquello no era lo que hab√≠a planificado. Me hab√≠an descarrilado a m√≠ y a mi hijo. Un tajo, mucha hostilidad, grandes dosis de sangre despu√©s, escuch√© un llanto. Me pegaron la carita de Noah Marcel a la m√≠a, pero apenas pude verlo. Llor√© desconsoladamente. Me percat√© en ese momento que ten√≠a ambos brazos en forma de crucifixi√≥n y no pod√≠a mover el hombro izquierdo. Me quej√© con la enfermera pero no hicieron nada para aminorarme la molestia. No pod√≠a moverme. ¬ŅD√≥nde estaba mi amor? ¬ŅA mi hijo, d√≥nde se lo llevaban? Llor√© y llor√© hasta que me transportaron a otra sala donde me recuperar√≠a sola debajo de una s√°bana de papel, mucho fr√≠o y tristeza.

Solo recuerdo la voz de mi amor susurr√°ndome y coloc√°ndome su abrigo por encima. Temblaba del fr√≠o y de la anestesia, pero m√°s por la incertidumbre y el dolor que sent√≠a en el alma. Se llevaron al ni√Īo cuatro horas. Cuatro horas no supimos de √©l. Mi amor logr√≥ ense√Īarme algunas fotos que tom√≥ del peque√Īo en la sala de operaciones. Era precioso, estaba sano y eso era lo principal. Sin embargo, el dolor que sent√≠a era m√°s fuerte que todo lo dem√°s. 

La violencia obst√©trica fue descrita por el experto en salud p√ļblica Javier Morales como aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, a trav√©s de un trato deshumanizado o una medicalizaci√≥n excesiva de los procesos naturales. Adem√°s, puede resultar en heridas f√≠sicas y traumas emocionales permanentes. Las ces√°reas y atenci√≥n innecesaria tambi√©n pueden ser un acto violento. 

(…)

Los pr√≥ximos tres d√≠as fueron tortuosos. Tuvimos que pernoctar en el hospital los tres en un cuarto compartido con otra madre reci√©n parida y su madre. Pero lo peor no era eso sino el protocolo del hospital que permit√≠a y fomentaba un ambiente de cero consideraci√≥n, empat√≠a y profesionalismo. Cada enfermera se tomaba la libertad de halar la cortina de nuestra habitaci√≥n para entrar y tomar vitales varias veces cada hora, hacerle mil y una pruebas al ni√Īo, sacarme sangre y agujerearme m√°s las venas a m√≠ y hacer mil preguntas cada una m√°s tonta e inoportuna que la √ļltima. Con cada cambio de turno, llegaban manadas de enfermeras a preguntar el n√ļmero de pulsera m√≠a y del ni√Īo, en qu√© mano ten√≠a el suero, mi nombre completo, fecha de nacimiento, etc. etc. En otras ocasiones entraban doctores con cuatro o cinco estudiantes practicantes al cuarto a usarnos de ejemplo para sus clases. 

El suero que me pusieron estaba conectado a una m√°quina con mil y un cables y pitaba descontroladamente por cualquier raz√≥n. Bip bip bip bip. Cada tres horas pitaba m√°s si no estaba enchufado a la pared porque se quedaba sin carga. Hab√≠a que llamar al bot√≥n para que llegase una enfermera a apagarlo. Para ir al ba√Īo era una misi√≥n no enredarse con los cables u ocasionar un accidente. La herida de la ces√°rea no me permit√≠a apenas moverme. Ten√≠a todo el cuerpo demacrado por mis dos partos: el que ten√≠a que ser y el que me obligaron a tener. Tensi√≥n, agobio, agotamiento y dolor me inundaban la piel y la mente. No se pod√≠a conciliar el sue√Īo, la tranquilidad, respirar en paz. La tortura china era un nene de teta al lado de eso. Y todo se justificaba con las palabras: es protocolo del hospital.

Le tengo más miedo al protocolo que al Covid, dijo mi amor ya harto de la situación a la que nos tenían sometidos. Hacías preguntas a las enfermas y obtenías pocas Рsi alguna- respuesta. El ginecólogo solo vino a visitar dos veces por un máximo de 5 minutos en total. No había a quién reclamar, con quién dialogar, en quién confiar.

Al segundo d√≠a llegaron con los resultados de un CBC que indicaba que ten√≠a los niveles de hemoglobina en 6 (el √≠ndice m√°s bajo es de 11). Ten√≠an que hacerme una transfusi√≥n de sangre porque hab√≠a perdido demasiada durante la cirug√≠a y el casi-casi parto natural. El escenario no parec√≠a que pod√≠a tornarse m√°s t√©trico, pero as√≠ fue. A las cuatro horas trajeron la primera pinta, luego la segunda. M√°s pinchazos. Bip bip bip bip. M√°s dolor. Otra noche sin sue√Īo.

(…)

Lleg√≥ por fin el domingo y mis √≠ndices de hemoglobina hab√≠an subido a 9.5. Ya pod√≠an darnos de alta. A√ļn temerosos de que llegar√≠an a anunciarnos una mala noticia de que tendr√≠amos que quedarnos en aquel lugar nefasto y violento alg√ļn tiempo m√°s, dudamos hasta el final. Nuestra compa√Īera de cuarto nos compart√≠a su experiencia- tambi√©n desagradable- mientras esper√°bamos el papeleo del alta. Nos cont√≥ que ella, igual que yo, hab√≠a sido v√≠ctima de violencia obst√©trica. Que le rompieron fuente con un instrumento de metal, que le indujeron el parto antes de tiempo, que la trataron con poca humanidad y empat√≠a, que sent√≠a que le hab√≠an violentado los derechos. El trauma fue tanto que decidi√≥ tras una ces√°rea, tambi√©n esterilizarse para no tener que vivir una experiencia similar nunca m√°s.

Ese día logramos salir de aquel infierno. Nos fuimos los tres, nuestra nueva familia, con enormes sonrisas y sintiendo gran alivio a nuestra casa a empezar una vida juntos. Las heridas de esta experiencia nos han hecho más fuertes como unidad y aunque no queremos seguir repasándolas, es importante el desahogo y la canalización de emociones.

Tres cartas para mi hijo que est√° por nacer

La primera

Hace 28 semanas que te cargo dentro de m√≠. Hace ese mismo tiempo que te adheriste a mis entra√Īas, a mi vientre. Desde entonces mi cuerpo se ha convertido en tu hogar, es todo lo que conoces. Cada decisi√≥n que tomo, cada emoci√≥n que corre por mis venas, tiene un impacto directo en ti. Jam√°s hab√≠a medido y evaluado tanto lo que hago, lo que pienso, c√≥mo permito que me afecten o no las circunstancias de la vida…

Ya no existo solo para m√≠, sino sobre todo para ti. Te tengo en cuenta con cada paso que tomo. Aunque no te pueda ver, tu existencia es lo m√°s palpable que poseo. 

Cuando te vi por primera vez a trav√©s de una pantalla en la oficina del doctor, ten√≠as cinco semanas de existencia, la forma de coraz√≥n y eras del tama√Īo de un grano de arroz. No eras humano todav√≠a, sino la esperanza en formaci√≥n de uno. Ese embri√≥n que vi fotografiado en la ecograf√≠a ya se ha convertido en un futuro ser humano del tama√Īo de una cabeza de coliflor y en el que pienso a cada paso. Ya est√°s pronto a nacer. Lo hemos logrado y estar√° todo bien. A esa ilusi√≥n me aferro.

Todo este proceso ha estado marcado precisamente por ilusiones y surrealismo. Desde luego, el 2020 ha sido un a√Īo para no olvidar. Y aparte de eso, hasta los cinco meses no hab√≠a evidencia f√≠sica exterior de tu existencia. Era f√°cil olvidarlo entre ratos. Hasta que por fin mi vientre se abult√≥ de la noche a la ma√Īana y lleg√≥ un momento en el que te sent√≠ por primera vez. Con ese movimiento cambi√≥ todo. Quiero que te encuentres siempre bien, que est√©s c√≥modo y saludable, hasta el d√≠a en que te toque salir y conocer el mundo.

A veces pienso que los padres somos egoístas por crear vida sin la posibilidad de preguntar si en realidad nuestros hijos la quieren y aceptan. En tu caso, sin embargo, estoy casi segura de que estás tan ansioso por llegar al mundo como he estado yo toda la vida esperando el momento de conocerte. Tal vez incluso que nos elegiste, a tu padre y a mí, para ocuparnos de ti y guiarte por este camino que llamamos vida. Eres el producto más fehaciente de nuestro amor. Y el amor es capaz de todo.

Y a pesar de desearte tanto, a√ļn no me siento preparada para ti. Me aterra la idea de que llegues a este mundo tan cruel, tan desgarrador, as√≠ de peque√Īito e inofensivo. As√≠ de vulnerable ser√°s y me toca a m√≠ protegerte y cuidarte por siempre. Espero hacerlo lo mejor posible y que seas un ser feliz y en armon√≠a contigo mismo y con tu entorno. 

Hemos decidido llamarte Noah Marcel, aunque a veces se nos ocurren otros nombres que nos hacen dudar. Aqu√≠ te esperamos, tu padre y yo junto con el resto de la tribu, con tantas ansias y tanta ilusi√≥n. De momento seguiremos prepar√°ndonos para tu llegada, para hacerte sentir lo m√°s c√≥modo y amado posible. ¬°Hasta pronto!                                                

Mam√° (27 de junio de 2020)

(…)

La segunda

Anoche casi no pude dormir y s√© que t√ļ tampoco. Estos d√≠as han estado arropados de tanto calor y polvo del Sahara que conciliar el sue√Īo se hace misi√≥n casi imposible. Estuviste casi toda la noche d√°ndome golpes y se√Īales de vida en la panza. Algunas de tus patadas son fuert√≠simas y capaces de levantarme en medio de la noche. Para ser un no nato de solo tres libras, me impresionas, Noah Marcel. Seguro ser√°s un ni√Īo grande, fuerte y saludable una vez nazcas.

√öltimamente, las temperaturas han subido incluso m√°s de lo normal en mi cuerpo por el embarazo; estoy que no soporto la pegajosidad del clima. De madrugada hubo un temblor de tierra y por eso tampoco pude dormir bien. Desde que comenz√≥ este a√Īo, hijo, la tierra no ha dejado de temblar. Ac√° en Arecibo no se sienten tanto los sismos, pero la gente del sur sufre mucho.

El 2020, a√Īo en que has elegido nacer, ha sido muy duro, sobre todo sorpresivo e impredecible. Comenzamos con los temblores despu√©s de haber sobrevivido Mar√≠a, y ahora nos ha azotado esta terrible pandemia que es la Covid-19 y todo lo que ha conllevado. En enero me enter√© de tu existencia. Llevaba meses, a√Īos, so√Ī√°ndote, pero nunca y menos en estas circunstancias puede uno prepararse lo suficiente para recibir a un hijo. 

Ya comenc√© el tercer y √ļltimo trimestre. Te esperamos en poco m√°s de 90 d√≠as. No veo la hora, aunque como te he dicho, tambi√©n me aterra la idea de no estar lo suficientemente preparada para recibirte. De momento me estoy enfocando en descansar (¬°tenerte creciendo dentro de m√≠ es agotador!) y en estar lo m√°s tranquila y feliz posible. Quiero que t√ļ tambi√©n lo est√©s. Te quiero tanto hijo y ni siquiera te conozco todav√≠a. 

Mam√° (28 de junio de 2020)

(…)

La tercera

Ya es solo cuestión de días y llegarás al mundo, Noah Marcel. Hoy cumplí 38 semanas de embarazo y tengo la panza tan estirada que apenas logro respirar bien de día ni dormir bien de noche. Cuando te mueves, mi vientre parece salido de una película de ciencia ficción por los movimientos tan peculiares que forma al estirarse.

Cargo a diario casi 30 libras de ti y todo el paquete con el que te has ido formando durante estos meses. Me siento pesada pero no puedo quejarme porque s√© de otras mam√°s que la pasan mucho peor. El sacrificio que hago por hacer de mi cuerpo tu f√°brica de producci√≥n y crecimiento, lo he hecho con toda la disciplina y el amor del mundo. Sabes cu√°nto te he deseado. 

Supone que nazcas el d√≠a 20 de este mes y ya hoy estamos a 6. Nadie, solo t√ļ sabe exactamente cu√°ndo llegar√° tu hora verdadera de salir de mi √ļtero. Cuando est√©s preparado, sin prisa, te esperaremos con los brazos m√°s que abiertos. A veces siento ansiedad por ese momento porque no puedo planificarlo ni controlarlo. Me aterra el fr√≠o del hospital, el dolor, las cosas que no pueda controlar. Sin embargo, tu llegada y todo lo que ha implicado desde el primer d√≠a han sido la prueba de paciencia y desapego m√°s grande que he experimentado en mi vida.

Has llegado a m√≠ y desde ese primer momento te has convertido en una gran lecci√≥n tras otra. Gracias hijo por ense√Īarme tanto en tan poco tiempo. Supongo que de eso se trata el amor incondicional que sienten las mam√°s.

No veo la hora de conocerte, de mirarte a los ojos, de por fin cargarte y sentirte fuera, en lugar de dentro de m√≠. De momento te percibes enorme y con cada estir√≥n y patada, siento como si ya mi tripa no te abasteciera y tanto t√ļ como yo ansiamos que llegues al mundo y conozcas otros espacios donde habitar y est√©s m√°s c√≥modo y en libertad.

El doctor nos dijo hace unas semanas que ya te encuentras en posici√≥n para nacer, cabizbajo y que es solo cuesti√≥n de d√≠as para que conozcas el mundo exterior. Todo parece marchar bien. S√© que el tiempo que vendr√° justo despu√©s de tu llegada ser√° complicado: de mucho agotamiento y adaptaci√≥n, tanto para ti como para m√≠. Pero ya me siento m√°s preparada, m√°s tranquila. Al menos eso creo. Lo √ļnico que le pido al Universo ahora Noah es que tu llegada sea de mucha paz, humanidad y amor.

Nuestras vidas están por cambiar. Toda la tribu inmediata te espera. ¡Qué nervios y popurrí de emociones siento!

Mam√° (6 de septiembre de 2020)

C√≥mo el COVID-19 est√° matando la educaci√≥n

La ense√Īanza virtual aporta algunos beneficios y muchas desventajas, tanto para el docente como para el estudiante y los centros de educaci√≥n superior. Ante la nueva normativa que supone el COVID-19, la mayor√≠a de universidades en Estados Unidos y Puerto Rico ha optado por cambiar sus clases a la modalidad virtual, un giro que podr√≠a marcar el principio del final de la educaci√≥n c√≥mo la conocemos.

Quienes nos dedicamos a la docencia presencial, el semestre pasado nos enfrentamos de lleno y de modo muy inesperado a la experiencia de dar clases a distancia. El virus nos zumb√≥ a una piscina helada y desconocida, sin salvavidas. Nos toc√≥ salir a flote, sobrevivir y terminar el semestre de la mejor manera posible. Pasamos del aula y el contacto directo con nuestros alumnos a sentarnos frente a una pantalla e intentar seguir transfiriendo conocimiento del mejor modo posible. Haz lo mejor que puedas, me dijo mi jefe en una ocasi√≥n.

Nadie se imagin√≥ que llegar√≠a con tanta fuerza este virus, ni que este cambio abrupto se producir√≠a y de qu√© manera se producir√≠a. Todos tuvimos que adaptarnos, de la noche a la ma√Īana, a las nuevas exigencias y necesidades de la ense√Īanza virtual en plena pandemia de COVID.

En tiempo r√©cord aprendimos a m√°s o menos manejar plataformas de reuniones virtuales previamente desconocidas para muchos, como Zoom, Google Meet y Microsoft Teams. Estas permit√≠an conexi√≥n parcial con los estudiantes, que, al otro lado de la pantalla tambi√©n intentaban mantenerse a flote en medio de la pandemia. Algunos asist√≠an religiosamente a las reuniones virtuales, otros cuando lograban conexi√≥n o acceso a una laptop y unos cuantos se desaparecieron sin dejar rastro.  Sin duda alguna, el semestre pasado fue uno de los m√°s retantes como docente. Una buena dosis de paciencia, empat√≠a y consistencia prob√≥ ser la mejor receta para sobrellevarlo todo.

Aparte de los problemas t√©cnicos que surgen a menudo por la mala conexi√≥n o las faltas que aquejan las plataformas virtuales- capaces de sacar de quicio a cualquier– la ense√Īanza virtual padece de muchos otros problemas.

Uno de los principales recae en la falta de comunicaci√≥n interpersonal, tanto entre profesor y alumnos, como en t√©rminos de la din√°mica general que se produce estando en el sal√≥n de clase. Nadie se siente c√≥modo habl√°ndole a una m√°quina y convenci√©ndose de que detr√°s de la pantalla hay personas interesadas en lo que uno dice.  A menudo reina el silencio y la clase se convierte m√°s bien en un mon√≥logo. En otras ocasiones, te toca repetir lo mismo varias veces y es complicado controlar las interrupciones auditivas: personas que hablan fuera de turno, perros que ladran, vecinos o familiares que se escuchan entre s√≠ y otros ruidos de fondo que sobre todo, distraen.

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Aparte, dar clase desde el hogar es permitir (de modo consciente o inconsciente) un grado de intimidad entre emisor y receptores que no existiría en el caso de los cursos presenciales. Es abrir tu casa, tu espacio, tu privacidad y compartirlo todo voluntariamente con un grupo de estudiantes que hacen lo mismo. Un par de veces me encontré con estudiantes que se dejaban ver en pijamas, comiendo en sus camas o en otras posiciones muy íntimas e inapropiadas. En lo personal, esto me causa incomodidad.

Por otra parte, las estad√≠sticas muestran que la ense√Īanza virtual lleva a una mayor cantidad de bajas estudiantiles. Aparte de disciplina, esta modalidad requiere de un alto grado de paciencia, concentraci√≥n, retenci√≥n y adaptabilidad: cuatro cualidades que muchos carecen.

Las clases virtuales han causado mucho eco en tiempos de COVID, sobre todo en t√©rminos negativos. Algunos profesores, por una parte, se quejan de que los estudiantes no tienen la disciplina requerida de este modelo, mientras que estudiantes hacen p√ļblico su malestar por docentes que env√≠an demasiada carga acad√©mica con poco tiempo para entregar.

Ciertamente, el modelo de ense√Īanza virtual requiere de unas destrezas y unos recursos que no todos poseen. Aparte del conocimiento y la fluidez tecnol√≥gica b√°sica (cosa que se puede aprender en un simple tutorial de YouTube), hace falta la capacidad de adaptaci√≥n y ni mencionar lo obvio: recursos tecnol√≥gicos al alcance. No es posible hablar de clases virtuales sin tener acceso a una computadora, materiales pedag√≥gicos y conexi√≥n a internet. La educaci√≥n virtual es, por tanto, un modelo que tiende a ser discriminatorio y elitista.

Adaptarse a estos nuevos tiempos de mascarillas, incertidumbre, salidas estresantes al supermercado, toques de queda y la necesidad de tener internet ilimitado para manejarte en varias plataformas, se ha vuelto tarea indispensable. La conexi√≥n virtual es la √ļnica conexi√≥n social para muchas personas en estos tiempos de pandemia. Por m√°s artificial que sea, nos hace sentirnos parte de algo, nos mantiene enganchado a las redes, las noticias y, para muchos, al trabajo. Por ende, no contar con el preciado recurso virtual desde la comodidad de tu hogar que es el acceso a la web, es quedarse atr√°s y estar aislado incluso m√°s.

Dar o tomar clases virtuales no es tarea f√°cil ni ¬ęc√°scara de coco¬Ľ, sobretodo si tienes que viajar fuera de tu casa para acceder a internet (un privilegio que no todos tienen y muchos dan por sentado). Al principio de la pandemia, me toc√≥ viajar fuera de casa, expuesta a ser multada por violar el toque de queda, solo para tener acceso a la web y poder quedar bien con mis estudiantes. Suced√≠a que algunos con recursos no entregaban los trabajos ni participan de las clases virtuales, mientras que otros, sin computadora ni conexi√≥n, hac√≠an las tareas a mano y me enviaban fotos de su cuaderno. El que quiere, puede y hace lo que sea por cumplir, pero sin duda que esta crisis, es un asunto de clases sociales que afecta mucho m√°s a los vulnerables.

La educaci√≥n en-l√≠nea supone muchos otros desaf√≠os que esta entrada de blog no podr√° abarcar por falta de tiempo y espacio, pero dos de los que m√°s me preocupan son: la robotizaci√≥n de la ense√Īanza y la posibilidad de hacer obsoleto al docente.

Con robotizaci√≥n me refiero a la falta de improvisaci√≥n, la espontaneidad y la din√°mica tan m√°gica y bonita que se produce en el aula. Nada sustituye el intercambio presencial de ideas, las discusiones no planificadas, la exposici√≥n de gestos, el humor y la conexi√≥n humana que caracteriza el proceso de ense√Īanza-aprendizaje presencial. Pretender que una computadora pueda transferir la calidez y el contacto interpersonal es absurdo y no hace m√°s que acercarnos a una era de mayor frialdad, distancia entre personas y robotizaci√≥n impersonal.

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El segundo punto, sin embargo, es quiz√° el que m√°s preocupa. Ante la nueva normativa que ha supuesto el COVID-19, en Puerto Rico ya se han producido miles de despidos, sobre todo en la empresa privada y tambi√©n en centros docentes. El desempleo ha alcanzado niveles que no se hab√≠an visto en d√©cadas. El ambiente que reina es uno de ambig√ľedad, miedo e incertidumbre en todos los sectores laborales.

Algunos docentes de centros educativos privados han tenido que lidiar con recortes de salario de hasta 20%, otros de la noche a la ma√Īana se han encontrado sin empleo y otros tantos cuelgan de un hilo. Estamos todos desprotegidos y este sentimiento solo aumenta y contribuye al miedo generalizado.

La ense√Īanza virtual agrava esta situaci√≥n al convertir los materiales pedag√≥gicos en bienes de acceso p√ļblico a la disposici√≥n de cualquier persona. El docente, por tanto, cede sus derechos de autor y a la vez pierde autonom√≠a y libertad de c√°tedra al permitir que otras personas puedan impartir sus cursos desde plataformas virtuales. Accedemos a estas condiciones porque no nos queda otra opci√≥n. Debemos tener claro, sin embargo, que esto equivale a regalar nuestros a√Īos de experiencia y conocimiento para ponerla a la merced de otros. El nuevo esquema nos hace vulnerables, redundantes y nos acerca a convertirnos en obsoletos.

Solo el tiempo dirá qué tipo de impacto a largo término tiene y seguirá teniendo el COVID-19 para las universidades y otros centros docentes, y aunque es importante mantenerse positivo, toca también vislumbrar esta nueva normativa, sobre todo en términos de la educación y los que trabajamos en este sector.

Optimismo en tiempos de pandemia y terror

Ayer culminó el 1er Simposio Iberoamericano de Periodismo Cultural, organizado por la Fundación Elena Poniatowska desde la Ciudad de México. Fueron invitados a dicha reunión virtual una decena de figuras prominentes del campo de la literatura, el periodismo, el quehacer cultural y también mediático. La mesa 5, celebrada también ayer contó con la presencia del cronista argentino Martín Caparrós (desde Madrid), Jaime Abello, director de la Fundación Gabo (desde Cartagena, Colombia), José Gordon, periodista y escritor y la moderadora, Jacaranda Correa (ambos desde México). Durante una hora el conjunto debatió interesantísimos temas relacionados al periodismo, la literatura, la ciencia, mientras entrelazaba también un análisis sobre la pandemia que difícilmente puede escaparse de todo diálogo en la actualidad: la COVID-19.

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El futuro produce miedo. Con esta frase inici√≥ la discusi√≥n Mart√≠n Caparr√≥s, quien a pesar de dedicarse al periodismo, se form√≥ en historia. Existe, seg√ļn √©l, una concepci√≥n de temor generalizado acerca del porvenir, ya que no se consigue imaginar que el tiempo que queda por llegar sea mejor que el que vivimos o el que ya se vivi√≥. El cronista, quien ha estado confinado en su residencia en Madrid durante la pandemia, admite que este fen√≥meno, no nos permite planificar para el futuro y adem√°s, le tiene trastornado. Dice que el miedo produce que las masas busquen medici√≥n sacerdotal para aliviar estos sentimientos. Estos mediadores se apoderan de la ciencia, la religi√≥n, los medios y les seguimos: hacemos lo que nos digan ciegamente.

El coronavirus ha llegado a poner sazón a la sociedad poscolonial donde se padece de otro virus aparte de este que ha cobrado la vida de cientos de miles de personas alrededor del mundo. José Gordon se refiere particularmente a los virus sociales: la desigualdad, la pobreza y todos los otros males que aquejan nuestro mundo actual y se han pronunciado a raíz de este fenómeno.

Ata la realidad actual de la COVID, ese demonio invisible que flota en el aire (as√≠ como la referencia que aparece en la novela La peste de Albert Camus, publicada en 1947) con alusiones de Garc√≠a M√°rquez en Cien a√Īos de soledad. El virus del olvido, dice, hace que se borren memorias de la infancia; se nos olvidan los nombres y la funci√≥n de las cosas, hasta hacer que perdamos la conciencia de qui√©nes somos. El Macondo de Garc√≠a M√°rquez se materializa en la actualidad… Para Gordon la literatura no es otra cosa que el diagn√≥stico de nuestros tiempos: revela lo invisible de lo visible.

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El periodista y escritor mexicano José Gordon conversa virtualmente con Jaime Abello, Martín Caparrós y Jacaranda Correa.

La pandemia nos ha amenazado con la pol√≠tica del miedo, el terror, la manipulaci√≥n y, por ende, el control. Tememos contagiarnos, tememos al otro, tememos no poder sobrevivir, tememos salir de casa, ver la familia, leer la portada del peri√≥dico, enterarnos de las nuevas cifras… Como si fuera poco, el terreno de lo virtual hace que temamos tambi√©n otra cosa. Jaime Abello le llama el capitalismo de vigilancia, es decir, c√≥mo a trav√©s de los datos que entregamos gratuitamente en internet y las redes sociales se le a√Īade la neurociencia para determinar las tendencias de consumo y de este modo se produce el control cibern√©tico. Pandemia, rastreo, control de las grandes empresas y del gobierno, sistemas de vigilancia en todas las esferas. El √©xito del poder recae ahora m√°s que nunca en el control.

Sin embargo, no todo debe mirarse desde un foco pesimista. La pandemia ha hecho que para los que se dedican a la escritura, se intenten descubrir otras narrativas triunfantes. Seg√ļn Gordon, nuestra tarea para salir de la crisis recae en crear ideas colectivas que despierten curiosidad y revelen lo oculto del pensamiento. Tanto la ciencia como la literatura son mudanzas donde se circulan ideas. Tal vez podamos construir y desarrollar la imaginaci√≥n e inteligencia colectiva; ese es nuestro reto.

Abello coincide en que debe establecerse una alianza entre el periodismo, la literatura y tambi√©n la ciencia, incluso la ciencia humanista que se encarga sobre todo de conocer y profundizar en la condici√≥n humana.¬† Tambi√©n coinciden en que toca tener esperanza y alejarnos de las narrativas sacerdotales. A pesar de que se han exacerbado las diferencias sociales a ra√≠z del virus, para el colombiano, necesitamos una sociedad mejor informada y movilizada; hay mucho trabajo para los periodistas. Se debe trabajar en contra de las mentiras y las noticias falsas. La sustentabilidad econ√≥mica del periodismo es otro desaf√≠o; hay que echar pa¬īlante.

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 El círculo virtual culminó en una nota positiva, de aliento para estos tiempos de grandes complicaciones y retos sociales, económicos, políticos y de salud. Los invitados concuerdan que aparte de mantener optimismo, toca crear las condiciones para seguir produciendo buen periodismo que aporte a la circulación de ideas y textos basados en ética, en la profundización de historias humanas y la rigurosidad que define el oficio.

Cabe mencionar que aparte de todo el estr√©s y el agobio que han producido estos √ļltimos meses de confinamiento alrededor del mundo, el coronavirus ha hecho posible una democratizaci√≥n de la informaci√≥n que agiliza el acceso a encuentros como estos, que para personas que nos encontramos fuera de los espacios f√≠sicos de gran producci√≥n cultural como lo es la Ciudad de M√©xico, se hace posible participar de estas tertulias, aunque sea de modo virtual.

Se le agradece a la Fundación Elena Poniatowska por organizar espacios de pensamiento y debate tan importantes en estos tiempos, ¡enhorabuena, esperemos se repitan!

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Cr√≥nica de una tarde en Casta√Īer

Se considera una de las poblaciones m√°s remotas de Puerto Rico. Se encuentra en medio de dos municipios: Lares y Adjuntas y colinda con otros tres: Yauco, Las Mar√≠as y Maricao. Quien no tiene alg√ļn referente o raz√≥n para llegar a este poblado, seguramente no lo conocer√°, aunque razones para explorarlo, no faltan.

 (…)

Llegu√© a Casta√Īer inesperadamente. No lo planifiqu√©, no conozco particularmente a nadie de esta zona, ni ten√≠a un plan claro sobre lo que har√≠a. En plena cuarentena impuesta por el COVID-19, las ganas de salir en carro a dar una vuelta por la isla aumentaban con el paso de los d√≠as. Ayer, finalmente con la excusa de ascender a un monte que ubica en Lares y la colindancia con Las Mar√≠as, me dio con la idea de continuar el viaje. Record√© a una estudiante que tuve hace una par de a√Īos que muy orgullosamente aprovechaba cada oportunidad para recordarme que ella no era de Lares sino de Casta√Īer. Es muy bonito, profesora, debe ir a conocerlo. 

Del pueblo de Lares, el mapa de Google marcaba que llegar a Casta√Īer tardar√≠a unos 56 minutos. Sin embargo, nos encontr√°bamos en un pico sin nombre y desolado en Lares, donde ascendimos a un cierto punto desde donde era posible ver unas alucinantes vistas de la isla. Matices de verde chatr√© que pintaban las monta√Īas, aves de rapi√Īa de enormes alas y cabezas rojas que husmeaban en el aire y una cruz de madera marcaba el punto m√°s lejano de los tres picos. Decidimos descender cuando una nube de avispas se acerc√≥ a nosotros. Cotej√© el mapa de Google nuevamente. Dec√≠a que Casta√Īer se encontraba a 34 minutos.

Tres picos sin nombre ubicados en Lares.

Sin pensarlo m√°s decidimos irnos a la marcha. Veredas en forma de t√ļneles naturales arropaban la carretera. Cafetales por doquier y siembras bien planificadas y organizadas de pl√°tanos, guineos y algunas chinas nos acompa√Īaron durante todo el camino. Montes con impresionantes picos, uno en particular de forma piramidal capta mi atenci√≥n. El trayecto tardar√≠a poco m√°s de media hora desde donde partimos, aunque pareci√≥ m√°s de eso. Llegar a Casta√Īer es casi como llegar a otro mundo.

Casa de madera pintoresca y siembras de pl√°tano y guineo de camino a Casta√Īer.

La b√ļsqueda de Google arroj√≥ varios resultados, pero lo que m√°s acapar√≥ mi atenci√≥n fue una foto de una bell√≠sima y desconocida represa: el lago Guayo. Decidimos que all√≠ intentar√≠amos llegar. Mientras m√°s nos adentr√°bamos, las callecitas se hac√≠an tambi√©n cada vez m√°s estrechas. Apenas nos cruzamos con uno que otro carro en el camino. √Ārboles de bamb√ļ gigantes nos hac√≠an compa√Ī√≠a y prove√≠an sombra. Llegamos finalmente a una calle sin salida, tipo cuchillo y con bajadas super empinadas. All√≠ en la profundidad de la tierra lare√Īa viv√≠a gente. Un joven con su padre se encontraban afuera  de su casa con sus tres perros. Nos detuvimos a preguntar c√≥mo llegar al cuerpo de agua. Lleguen hasta el Club Caza y Pesca, dejen el carro afuera y por ah√≠ pueden entrar. 

Ubicado a unos 459 metros sobre el nivel del mar, en Casta√Īer hace fresco casi todo el a√Īo y se estima que lo habitual es que, sus aproximados 6,000 residentes disfruten de 60-75 grados Fahrenheit todo el a√Īo. Descendimos la carretera hasta obtener una mejor vista del lago. Detectamos a mano izquierda un cartel anunciando el Club y dejamos el carro justo al lado del mismo. Un se√Īor mayor con machete en mano en busca de vete a saber qu√© cosa era la √ļnica presencia humana aparte de nosotros. Antes de regresar a su carro hizo un par de comentarios acerca de la pesca de tilapia en el lago, antes de marcharse. Acto seguido apareci√≥ otro veh√≠culo y esta vez era el de una se√Īora, quien con una llave abri√≥ el port√≥n de acceso al Club Caza y Pesca. Aprovech√© para preguntarle si pod√≠amos acceder al √°rea y acercarnos al lago. Por aqu√≠ mismo pueden coger. El camino es bonito y de una vez hacen ejercicio…

Desde la entrada del Club es posible acceder al Lago.

No me imagin√© que el camino fuese realmente tan bonito. Cafetales rodeaban todo el lago a un lado y otros √°rboles daban sombra al otro. Una estrecha carretera embreada y alargada llevar√≠a al Club, donde en tiempos normales se suelen alquilar caba√Īas para turistas locales y extranjeros. No llegamos hasta all√≠. No hac√≠a falta. Adelantamos un poco el camino. Me acerqu√© a un cafetal, arranqu√© una semilla de caf√©, la exprim√≠ y ol√≠ su pulpa. Respir√© aire puro y absorb√≠ el bello panorama de las aguas turquesas del lago Guayo, sus p√°jaros, su tranquilidad, su lejan√≠a y enigma. All√≠ se detuvo el tiempo.

Siembras de café rodean el Lago Guayo.

Lago Guayo, Casta√Īer.

 

Decidimos que despu√©s de aquel respiro de aire puro merecer√≠a la pena llegar hasta el poblado de Casta√Īer. El GPS marcar√≠a la localizaci√≥n a unos 8 minutos. En la distancia divis√© el Hospital General de Casta√Īer y sus pulcros alrededores. Llegamos hasta la plaza principal. Justo en frente, los √ļnicos dos negocios abiertos: una bodega que vende desde cervezas y canecas de ron, hasta miel y berenjena. Nos detuvimos aqu√≠ a charlar un rato con el propietario y su padre. Adem√°s de su amabilidad, percibimos su fuerte acento y orgullo de ser ciudadanos de este poblado, cuyos residentes prefieren considerar casi otro municipio. Justo al lado, una panader√≠a despachaba pan y otros alimentos para llevar. Un colorido mural y dos banderas anuncian la llegada a este remoto poblado del barrio Bartolo de Lares. Un cartel frente a la plaza nos acerca a su historia…

Plaza principal del poblado de Casta√Īer.

 La historia de Casta√Īer se remonta al a√Īo 1830 cuando un grupo de inmigrantes de Mallorca llegaron a la isla porque el gobierno espa√Īol concedi√≥ cuerdas de terreno a personas capaces de desarrollarlas. Entre 1833 y 1852 se establecieron en la zona haciendas cafetaleras. Unos a√Īos m√°s tarde lleg√≥ a la zona un joven de nombre Juan Casta√Īer, quien con solo 14 a√Īos se dedic√≥ de lleno a la industria cafetera y m√°s tarde ascendi√≥ a mayordomo. Se dice que en 30 a√Īos lleg√≥ a crear una hacienda de m√°s de 2000 cuerdas, una de las m√°s grandes y reconocidas de todo Puerto Rico. Se le conoci√≥ primero como San Jos√©, luego como los Rabanos y hoy d√≠a, como Casta√Īer.

A pesar de su peque√Īo tama√Īo, desde luego en Puerto Rico sobran las joyas naturales, los para√≠sos sin descubrir y los rincones remotos como estos donde se percibe el rico legado hist√≥rico y cultural de nuestro pueblo. Aprovechar la cuarentena para ir a descubrirlos se torna casi obligatorio. No te arrepentir√°s…

Lecciones de cuarentena

El toque de queda impuesto por el gobierno de Puerto Rico ante la amenaza que supone la pandemia del COVID-19 implica, para muchas personas, pasar por un proceso de cinco etapas psicol√≥gicas, similares a las del duelo emocional. Seg√ļn la teor√≠a desarrollada por la psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kubler-Ross en 1969, las personas tienden a emular un cierto patr√≥n de comportamiento cuando se enfrentan a una gran p√©rdida. Aunque la galena se refer√≠a a la ausencia de un ser querido, no poder salir de casa implica tambi√©n asumir unos cambios repentinos y dif√≠ciles de asimilar. En el primer caso es la muerte de alguien que queremos, en el segundo, la muerte de nuestra rutina habitual.

Aunque no todo el mundo experimenta las cinco etapas, ni tampoco necesariamente en el mismo orden, estos estados mentales transcurren desde el momento en que la persona se entera de la muerte o pérdida, hasta el momento en que comienza a aceptarla.

NEGACI√ďN-IRA-NEGOCIACI√ďN-DEPRESI√ďN-ACEPTACI√ďN

El dolor psicol√≥gico ocasionado por los cambios repentinos, va y viene como las olas del mar. A pesar de que la p√©rdida de un ser querido y la imposici√≥n del aislamiento social son fen√≥menos muy diferentes en s√≠, comparten algunos rasgos en t√©rminos de c√≥mo las personas lidian y digieren estas experiencias. El cambio de patrones y h√°bitos equivale tambi√©n a asumir una p√©rdida para dar bienvenida a una nueva realidad de vida. Es √ļtil conocer este modelo ya que puede ayudarnos a prepararnos mejor para afrontar este tipo de experiencias. Asimismo, al comprender los procesos por los que pasamos en nuestra vida, nos permite lidiar mejor con las experiencias y lograr mayor paz y tranquilidad en nuestro entorno.

(…)

Hace dos semanas y dos d√≠as los puertorrique√Īos estamos encerrados de modo forzoso en nuestros hogares por culpa de una pandemia que ha trastocado la realidad de una quinta parte del mundo. Seg√ļn el Centro de Periodismo Investigativo (CPI) se estima que podr√≠an morir entre 20 y 50 mil personas en la isla: un dato dif√≠cil de digerir. Las personas mayores son las m√°s vulnerables, aunque hemos visto en los √ļltimos d√≠as c√≥mo el virus no discrimina y ha tambi√©n cobrado la vida de miles de personas, entre ellas: j√≥venes, adultos, ni√Īos y hasta beb√©s.

Cuando primero se anunció la orden ejecutiva que imponía el aislamiento social, muchos sentimos negación. Nos costó aceptar la gravedad del virus, aceptar que de momento, no podíamos volver a nuestros centros de trabajo y cumplir con las obligaciones diarias y que se vería trastocada nuestra realidad cotidiana.

Acto seguido muchos sentimos ira. Ira hacia el gobierno, las grandes corporaciones, el virus en s√≠, tambi√©n resentimiento y resignaci√≥n por no poder cambiar esta nueva realidad. Frustraci√≥n sentimos por la imposici√≥n de un toque de queda, por no poder salir de casa ni cobrar un salario, ni tampoco relacionarnos con otros. La ira suele ir acompa√Īada tambi√©n de la tristeza profunda al aceptar que esto no lo podremos cambiar, al menos de momento. Este virus, al igual que la muerte, es irreversible. Adem√°s, el toque de queda es el resultado de una decisi√≥n que se ha tomado y esto implica que consciente o subconsciente muchos intentamos buscar a un culpable. Al identificar a un culpable de la desagradable sensaci√≥n que sentimos, intentamos protegernos, exportar y expulsar el dolor propio.

Al no poder encontrar una solución inmediata a esta situación, afrontamos como resultado, una fuerte sensación de enfado. Es normal llorar en algunos momentos. La frustración hace que afloren en uno sentimientos explosivos, impulsivos y de grandes emociones, a veces encontradas. Muchas personas han comentado en redes sociales que el toque de queda ha provocado sensaciones de locura repentina, pues se sienten fuera de sí

La tercera etapa es la de negociación y suele ser la más corta. Aquí es cuando comenzamos a crear una película en nuestras mentes para intentar establecer una lógica dentro de la situación. Fantaseamos con la idea de poder revertirlo todo y aliviar el dolor que sentimos. Muchos se encuentran separados de sus familias, tantos otros han perdido sus empleos. A medida que pasan los días, aumenta la incertidumbre, la pobreza, el hambre, el miedo. Aquí es cuando chocamos nuevamente con la realidad y pasamos a la siguiente etapa: la depresión. Este estado de tristeza y melancolía provoca que algunos también sientan malhumor, se aíslen incluso más o desarrollen comportamientos antisociales.

Por √ļltimo y en un tono m√°s alentador se encuentra la quinta etapa: la aceptaci√≥n. Esta es la meta de todo el proceso y aqu√≠ es cuando adem√°s de llegar a un estado de paz, crecemos. La cuarentena nos har√° crecer, individual y colectivamente, porque no hay manera de crecer si no es por medio del sufrimiento y el cambio, que es lo √ļnico seguro que tenemos en la vida. Una vez aceptamos, nos restablecemos y reconciliamos con todas las otras emociones experimentadas. Por √ļltimo, damos paso a una nueva normalidad, a la que damos la bienvenida con brazos abiertos.

Todo pasa y aunque ahora todo este caos parece eterno, también pasará y dará paso a una nueva realidad de aceptación, crecimiento y lecciones aprendidas.