Un país desmilitarizado, donde una cuarta parte de la tierra se protege mediante parques y espacios naturales, y se fomenta la sana convivencia con el medioambiente y el desarrollo económico y progresivo. Así es Costa Rica: la cuna de 5 millones de habitantes, la pura vida y el gallo pinto (arroz blanco con habichuelas negras, que se come incluso de desayuno). Sin embargo, un lado oscuro y menos conocido también forma parte de este país, por ser puente entre Centro y Sur América, y también Estados Unidos.
Cuando aterrizamos pasadas las 10:00 de la noche del lunes, estampas comerciales de lo que podría ser cualquier ciudad latinoamericana, aunque particularmente limpia, nos dieron la bienvenida. Divisar basura en el suelo se tornó tarea imposible, así como notar dinámicas particularmente nebulosas que acontecen en estas partes del mundo. Con la excepción de un sin hogar que intentaba conciliar el sueño acostado sobre un pedazo de cartón en el único Pizza Hut de la zona del centro de Alajuela, no se presenció atisbo de desigualdad.
Un par de trabajadoras de la noche también intentaban rondar la calle y conseguir clientes, aunque dudo que lo hayan logrado en una parte de la ciudad tan desierta y dormida.

-«La prostitución es legal aquí», dice Luis, el chofer. «Si la policía las coge, no les hace nada», explica. «Pero se les proveen algunas ayudas, protecciones médicas y sociales», añade.
De hecho, según un artículo publicado en El País América:
“Para controlar la propagación de enfermedades venéreas y SIDA, las prostitutas están obligadas por el gobierno a tener chequeos regulares de salud por parte del Ministerio de Salud para practicar su labor legalmente. La mayoría de burdeles de buena clase garantizan que sus empleadas tengan sus papeles de salud y sus pruebas al día. Por eso no sorprende que muchos extranjeros estén atraídos a Costa Rica debido a la disponibilidad de mujeres.
(…)
La majestuosa entrada del Hotel Villa San Ignacio nos recibió a poco rato. Originalmente la residencia de un botánico alemán, la propiedad abarca aproximadamente siete cuerdas de bosque urbano repleto de árboles frutales, flores silvestres y una abundante avifauna.


Un verdadero pulmón verde en Alajuela. Su diseño abierto invita a la relajación y al contacto con la naturaleza, lo que la convierte en una opción popular para quienes buscan un entorno tranquilo cerca de la ciudad.

Luis, el chofer, lleva mucho tiempo transportando a turistas aquí, ya lo conocen y le entregan la llave de la habitación #23.
-«Esa es la suite presidencial», dice en tono jocoso.
Le agradecemos con un gesto y subimos las escaleras en madera sólida, acompañados de un joven con rasgos indígenas de nombre muy gringo (Keylor), quien nos ayuda a subir las maletas. Le entregamos un billetito de 1000 colones, equivalente a un par de dólares y nos sorprende el exquisito espacio donde estaremos viviendo la pura vida costarricense, como Dios manda y recetaría el médico.

Una bañera minimalista, posada en medio del baño y con alucinantes vistas a un florido y colorido jardín de ensueño, me guiña un ojo. Noah se emociona y yo también porque los baños (siempre) son templos para el cuerpo y el espíritu, aunque el poder curativo y terapéutico de aquella tina superaba todas nuestras expectativas. Un techo alto a dos aguas, suelo en parquet, la brillante ausencia de un televisor y una enorme y cómoda cama, fue donde depositamos nuestros cuerpos aquella primera noche. Caímos rendidos.
El segundo día fue otra historia. Tomamos un Uber hacia el centro de la capital, San José. En términos de héroes nacionales, Juan Santamaría es considerado uno de dos de mayor renombre, junto al ex presidente Juan Rafael Mora Porras. Pasamos la plaza central de Alajuela donde yace una figura de Santamaría, como en tantos otros monumentos alrededor del país y también el aeropuerto internacional, que lleva su nombre.
El camino que conecta la metrópolis con el Museo de los Niños, hoy día el Centro Costarricense de Ciencia y Cultura, muestra el lado oscuro de este país. De ida el tráfico era pesado y el cielo daba la impresión de querer partirse. Al fondo de una larga arteria citadina se imponía la emblemática institución donde fue la antigua Penitenciaría Central de San José y desde el año 1994 abrió sus puertas al público en forma de museo infantil.

Según conocimiento público, la antigua Penitenciaría Central de San José, que existía desde inicios del siglo XX y formaba parte de los centros penales activos del país, fue cerrada en el año 1979 debido a la violación de los derechos humanos de la población privada de libertad.

Este pasado oscuro generó una imagen de rechazo y de estigma hacia el icónico edificio del centro de San José. “La Peni”, como se le conocía, cerró sus puertas y aquel edificio catalogado como una “vergüenza nacional” estuvo en abandono por casi once años.
Es raro pensar que donde hubo confinados, celdas y acontecían torturas- hoy es el hogar de dinosaurios, juegos interactivos y diversiones para los más pequeños. Si se viaja con niños, este espacio vale la pena y forma parte de pocos lugares de diversión para peques en la ciudad de San José. Muestra la historia de la escritura, los modos de transporte, la paleontología y mucho más y aunque hay algunas salas que necesitan mantenimiento y cariño, en términos generales es un espacio divertido para quien viaja con hijos.

A la vuelta, abandonamos el majestuoso edificio previamente cárcel y hoy museo, para adentrarnos nuevamente en la capital. Pareciera ser que toda la carretera que conecta el centro de la ciudad con la antigua cárcel representa otra cara de Costa Rica: la pura vida del bajo mundo.
Junkies sentados en la entrada de algún edificio abandonado, lo que llaman búnkers, fumando en pipas sucias y compartidas en plena calle y a plena luz del día. Una chica joven sumida en la droga intentaba controlar gestos exagerados con la boca mientras se rasca algunas llagas en carne viva que cubren su piel, efecto de las sustancias más peligrosas que pueden existir. Esta es la cara menos conocida de Costa Rica: la pura vida del crack más potente y todas sus secuelas sociales.

Según el antropólogo social, Ernesto Cortés, quien se ha dedicado al estudio del uso del crack en Costa Rica, esta droga apareció en la ciudad de San José a inicios de la década de los 90 y en la provincia de Limón, en el Caribe. Actualmente se pueden encontrar puntos clandestinos de venta y consumo de crack en todo el país y su popularidad ha aumentado descontroladamente en algunos sectores de la ciudad.
En sus inicios, la droga solía ser elaborada únicamente con cocaína, pero actualmente para hacer rendir la porción, se suele amalgamar con otras sustancias altamente adictivas y químicas. Esto ocasiona un efecto psicótico y muy peligroso en usuarios.
“Comprando miedo” es una de las frases para referirse al hecho de comprar una droga que puede llevarlos a experimentar estados de desasosiego o paranoia luego del uso. Según Cortés, mucho de este miedo que pueden experimentar las personas que usan crack no se debe solo al efecto que produce la sustancia, sino al hecho que son poblaciones que sufren de un mayor estigma y discriminación por parte de las autoridades y la sociedad en general, así como de una violencia directa por parte de los vendedores y traficantes de crack.
Desde el asiento del Uber vimos la dura realidad de quienes consumen piedra y se van desvaneciendo en las calles de esta ciudad.
Debido a su ubicación entre los países productores de cocaína en Sudamérica y los mercados de Norteamérica y Europa, Costa Rica se ha convertido en una ruta importante para el tráfico de drogas. Esto ha contribuido al crecimiento de grupos criminales locales. Casas y personas abandonadas a través de toda aquella arteria hicieron que se nos quitaran las ganas de conocer el mercado central. Los negocios no invitaban y el ambiente se sentía inseguro y cargado. Mi instinto de mamá viajera no me permitió bajarnos del carro cuando habíamos llegado ya al supuesto destino.

Le pedí de favor al chofer que no nos dejara allí y amablemente continuó el paso hasta el mercado artesanal, donde él aseguraba era menos inseguro y la vibra no era tan nebulosa ni pesada. Agarré fuertemente de la mano a Noah y nos adentramos al mercado donde conseguimos algunos detalles y souvenirs para la familia.
Seguía insegura y aunque las artesanías eran hermosas, no quise seguir mirando ni comprando tras la primera experiencia. Noah me pidió agua, estaba seco y agripado. No había donde comprar allí, por lo que continuamos el paso hasta la soda más cercana. Vendían pinchos de cerdo y pollo, diferentes carnes a la parrilla con tostones y amarillos y algunas otras cosas. Se veía limpio, tranquilo y optamos por sentarnos en una mesa.

Observé el colorido menú en fotos y le pregunté a Noah si quería comer algo. Los tres ingredientes de cada plato, eran: la carne asada de alguna manera, plátano en alguna de sus variedades, y ensalada, compuesta, en este caso, de zanahoria y repollo. Noah solo quiso un batido de fresa y melón, y al rato, yo también pedí uno. Agarramos otro Uber después del último sorbo y cruzamos nuevamente la ciudad hasta regresar a Alajuela y al Hotel Villa San Ignacio.
Sentí un pequeño alivio.


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