Tanto los niños como los boricuas (bueno, muchos, sobre todo los bestiales), son ruidosos. Los domingos activan sus bocinas para el chinchorreo y el voceteo, a pesar de las múltiples advertencias que lo prohiben en la isla, y supuestamente multan a quienes violan esa ley.
En el barrio Islote de Arecibo, sin embargo, los residentes nos hemos tenido que acostumbrar a la cañona al caos y sobre todo al ruido de los domingos. Por más que uno no salga de la casa, el ruido te persigue. Si no son los clubes de motoristas, son los vehículos todo-terreno, los Jeeps, 4-track y un largo etcétera, que se congregan y aunque eso no tiene nada de malo, son incapaces de hacerlo sin producir mucho ruido.
“Algo tenemos que hacer para detener esta situación”, dijo mi vecina Carmen el otro domingo. “Que vengan los guardias y se pongan a multar; hoy el voceteo estuvo insoportable”.
Pero es que quien vive en Islote sabe que después de las horas tranquilas de la mañana de un domingo, no hay quien encuentre un policía por toda esta costa. Saben lo que hay y evitan el caos; muchos otros también forman parte de la cultura del chinchorreo y voceteo en su tiempo libre.
Hoy Sábado de Gloria- sobre todo para escapar de la rutina y del ruido- llevé a mi hijo por primera vez al remodelado Cine Kids en Arecibo. Solo hay tres salas similares en toda la isla y aparte de tener la experiencia de ver una película en la pantalla grande, el espacio cuenta con un área de juegos multidimensional, con escaladoras y una enorme chorrera. Vamos, que para un niño es un paraíso poder brincar, jugar, comer popcorn y también ver una película.

Todo pintaba bien, Noah estaba emocionado. Ya teníamos las taquillas, entramos al espacio y maravillado ante el majestuoso indoor playground, Noah rápido se perdió en el laberinto de juegos. Poco a poco la sala fue llenándose de familias son sus hijos pequeños. Un par de mamás cargaba a sus bebés recién nacidos envueltos en frisas de Winnie de Pooh. Detrás, una familia con camisas iguales que decían “Autismo” en letras grandes y coloridas, subía las escaleras con nachos y refrescos en mano. De repente la sala se oscureció un poco y se encendió la pantalla grande.
Sin aviso previo apareció un enorme chicken tender, seguido de un fish taco, papitas enormes y un hamburger. Anuncios de BK, Churchs, dulces y Coca Cola comenzaron a proyectarse en un loop repetitivo. El volumen subía con cada imagen de papa frita, Snickers y pechu burger. Miro a mi alrededor y todo el mundo parece normalizar la descarada propaganda de chatarra y el ruido ensordecedor. La música de fondo es casi violenta con lo alta que suena. Noah sigue brincando y tirándose por la chorrera. Pasa un ratito más y decide sentarse también en su butaca. Anuncian que la película dará comienzo en breve. Continúan los anuncios en loop. No sé si es mi imaginación, pero el volumen parece estar también cada vez más alto. No dejo de pensar en los bebecitos y los niños autistas sentados detrás mío.
A estas alturas comienzan a dolerme los oídos. No dejo de pensar en el impacto de todos estos anuncios en los cerebros en evolución de estos pequeños. No dejo de pensar en el porcentaje altísimo de niños en Puerto Rico con diversidad funcional.
Tampoco se me quitan de la mente tantos padres, quienes semana tras semana, llevan a sus hijos a McDonalds por una cajita feliz y luego al cine a explotarles los oídos- todo mientras asumen que lo están haciendo bien. Algunos ocupan sus días con tablets y celulares, prácticamente desde que los niños son capaces de agarrar los aparatos con sus pequeñas manos.
Se me interrumpe la ola de pensamientos de repente.
Noah hace un gesto como en señal de desagrado. “¿Está muy alto?”, le pregunto. “Sí”, contesta. Nos pasamos la primera media hora sentados en aquellas coloridas butacas recibiendo un desagradable bombardeo de mensajes contradictorios a la crianza que he llevado para Noah hasta ahora. En media hora de Cine Kids nos inyectaron repetidamente con imágenes que presentan la chatarra y la Coca Cola como la mejor (y única) opción de comida para niños; la violencia extrema en el inicio de una película supuestamente infantil como algo habitual, y sobretodo, el exagerado bombardeo de imágenes, colores, animación en 4D y sobretodo: ruido. Demasiado ruido, muy alto, muy innecesario, muy dañino, muy molestoso. A estas alturas ninguno de los tres aguantaba más.
“Voy a decírselo a uno de los empleados”, dijo mi madre, refiriéndose también al decibel de la película. “No van a hacer nada, es normal para ellos”, le dije en un intento por desanimarla.
Y así pasamos el poco tiempo en aquella sala del Cine Kids: tapándonos los oídos, intentando controlar la taquicardia por la sobre estimulación sensorial y planificando la salida.
“¿Nos vamos, Mami?”, me preguntó Noah. De repente sentí pena por la experiencia vivida, aunque rápido se me quitó porque sabía que lo único que valía la pena de aquel lugar era el área de juegos y eso sí lo había disfrutado.
Y así fue que nos levantamos de aquellas butacas coloridas en medio de la oscura y ruidosa sala y nos encaminamos a la salida, dejando atrás la normalización del ruido y el caos de la colonia. Con una mezcla de frustración pero también de alivio nos encaminamos a casa a sabiendas de que allí estaríamos fuera de un mundo al que no nos interesa pertenecer.


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