Malala


Mala

Malala Yousafzai nació en el verano de 1997 en el Valle Swat de Pakistán. Su rostro le ha dado la vuelta al mundo durante el pasado año y medio cuando fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndola en la ganadora más joven en la historia de este reconocimiento. A pesar de su corta edad, Malala tiene muy bien definido su objetivo: lograr que la educación sea más asequible para los niños en todo el mundo, sobre todo en aquellos países que han sido dominados por regímenes totalitarios, grupos extremistas como los talibanes, o que han sido devastados por la guerra.

Su historia comenzó en 2009 cuando los talibanes dominaron la zona que la vio crecer y con cada atentado de bomba, masacre y quema de artículos de Occidente, considerados “vulgares o impuros”, la situación se tornó más delicada. Todo acto que ofendiese a Allah era considerado una amenaza para la zona y por lo tanto, rechazado y castigado severamente. Fazlullah, el líder talibán más notorio del momento, producía un programa radial en el que cada día se anunciaban públicamente los pecadores del pueblo y se pregonaban consejos de cómo vivir o qué cosas rechazar o prohibir. Las mujeres también se mencionaban en estos discursos y se les exhortaba a ocuparse de los asuntos domésticos y de propagar la religión, pero bajo ninguna circunstancia, de educarse, pues según ellos, no les servía de nada.

Un día, se sentenció por radio que a partir de enero del siguiente año, se condenaría a cualquier niña o jovencita que quisiese ir a la escuela. De noche, los terroristas se encargaban de demoler escuelas y hacer que la educación se tornase cada vez más imposible para esta población. Una vez se corrió la noticia, arribaron periodistas internacionales a cubrir el acontecimiento. Uno de la BBC contactó al padre de Malala, quien aceptó que su hija proveyera un testimonio de dicha situación. Bajo el seudónimo Gul Makai, Malala escribía entradas en una especie de blog/diario, eventualmente llegando a oídos de los líderes talibanes.

Un día de camino a la escuela, el bus en el que viajaba Malala junto a sus amigos, fue atacado. La niña recibió un impacto de bala que terminaría dejándola al borde de la muerte y a sus amigas, heridas. La transportaron en ambulancia a un hospital militar cercano y eventualmente para protegerla ante otro futuro ataque, la trasladarían junto a su familia a la ciudad de Birmingham en Inglaterra. El Talibán ha declarado oficialmente que de regresar, se encargarán de aniquilarla definitivamente.

Ahora Malala vive junto a sus dos hermanos menores, su madre y su padre- quien ha sido su héroe y mentor durante toda su vida, en una bonita casa inglesa. La familia intenta adaptarse e integrarse al nuevo estilo de vida, pero por sus enormes diferencias con su natal Pakistán, enfrentan evidentes dificultades. Aunque asumiría un riesgo monumental, Malala espera poder regresar a su pueblo natal en algún momento. Mientras tanto, se ha dado la tarea de servir de embajadora de la paz y activista de la educación, sobre todo para niñas, cuyas complicadas situaciones de pobreza, guerra u ocupación terrorista les previenen poder asistir a la escuela y recibir una educación.

“One child, one teacher, one book and one pen can change the world”, cree firmemente Malala, cuyo nombre significa valentía. La dieciochoañera ha, sin duda alguna, producido un eco en todo el mundo por su dedicación y vocación por luchar por esta causa. Tanto así que se ha reunido con líderes internacionales como el Presidente Barack Obama, el empresario Bill Gates y otros, ha pronunciado numerosos discursos públicos ante entidades reconocidas, ha viajado a localidades tan lejanas como África para conversar con jóvenes estudiantes y motivarlos a no abandonar sus estudios, ha publicado libros que recogen su historia, ha creado una fundación para dar a conocer su obra y continúa defendiendo el derecho a que las niñas obtengan una educación.

Como resultado del impacto de bala que recibió de mano de un atacante del Talibán, Malala no puede mover mitad de su cara, ni escuchar por un oído, además de que su cerebro fue lastimado severamente. Sin embargo, admite no sentir odio contra sus atacantes, sino todo lo contrario. “Islam nos enseña a perdonar”, dice. Malala es la personificación de la paz, la valentía, el esfuerzo sobre humano por apoyar una noble y justa causa.

Esta última cita me hace reflexionar también sobre los recientes atentados en París y Beirut y cómo han multiplicado estereotipos en contra del Islam, los refugiados y los musulmanes en general. Las razones detrás de todo este odio, este fundamentalismo y este terror son mucho más profundos y envuelven muchísimos matices y justificaciones políticas y de poder que no todos logramos entender. La historia de Malala debe conocerse, pues a pesar del horror y el sufrimiento que se ha evidenciado tanto en Europa como en el Medio Oriente, existe también una gotita de aliento y esperanza para el futuro. Y esa es Malala.

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