Los elegidos


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Dios eligió a la nación de Israel para ser el pueblo a través del cual Jesucristo nacería – el Salvador del pecado y la muerte (Juan 3:16).

Así dice un pasaje de la Biblia que explica de modo muy simple la razón por la cual tanto Israel como los israelistas son los elegidos de Dios. Se dice que este país fue destinado para ser nación de sacerdotes, profetas y misioneros para el mundo y así difundir las creencias que recoge la Tora por todas las civilizaciones.

En términos muy generales, las principales religiones monoteístas que coexisten en el mundo, son tres caras de una misma moneda. Salvo algunas excepciones- el Islam, el Cristianismo y el Judaísmo- predican básicamente los mismos dogmas, la misma fe, la misma subordinación femenina, el mismo miedo y el mismo sentido de superioridad y exclusividad que se profesa por medio de la creencia en una verdad absoluta. Lo mismo disfrazado de tres maneras.

Sobre el avión

Me encuentro ahora en mi segundo y último vuelo del día de Moscú a Nueva York. Igual que en el anterior, este también transporta una gran mayoría de personas que pertenecen a un grupo étnico y religioso en particular. En el primero eran indios sij, ahora judíos ortodoxos. Habrá un centenar más o menos a bordo de este vuelo de la Transaero y nuevamente comienzo a observar desde afuera.

Noto que todos los varones cubren su cuerpo de la misma manera, sin importar la edad. Un pantalón largo color negro, camisa blanca de botones y bien planchada, chaqueta también negra, un cinturón color crema de hilos que cuelga de cada lado del pantalón, y zapatos negros bien brilladitos con bitumul. Lo único que varía entre ellos es el tipo de gorro que usan. Desconozco la diferencia (si es que existe) entre los dos. Uno es el típico yarmuka que colocan en la corona de la cabeza y el segundo, un sombrero negro bastante grande. 

A los que les crece la barba con facilidad, se la dejan larga, mientras que el resto la reemplazan por dos bucles que les cuelgan a cada lado de la cara. Los niños desde pequeños, ya comienzan a dejarse crecer esa parte del pelo.

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Da un poco de miedo pensar que, sobre este vuelo, dos terceras partes de las personas pertenecen a una tribu en la que se consideran seres superiores por ser los elegidos de Dios. Todos tienen la misma mirada: aislada, retractada, desinteresada en todo lo que no pertenece a su mundo. Todos cargan el mismo libro sagrado. Todos se reconocen a leguas. Muchos, incluyendo a la pareja sentada frente a mí, leen libros sobre el holocausto durante largas horas.

Las mujeres de esta tribu también son casi todas igualitas. La mayoría, parece subordinada a sus maridos; caminan lentamente y esconden su feminidad tras largas y desazonadas faldas antiguas, blusas blancas de botones y un sombrerito tipo rejilla, que esconde sus melenas. Si no llevan el sombrerito, lo han sustituído por un pañuelo. Otras parecen cubrir sus pelos rizados bajo pelucas, lo cual se me hace difícil de interpretar. De igual manera, ninguna lleva el pelo suelto. Vamos, que ni la piel ni el cabello pueden ser percibidos en público.

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La misión de las mujeres parece limitarse a cargar a las crías, los bultos y atender la familia y el marido. Entre las parejas tampoco observo ninguna señal de afecto ni de cariño. Todo lo contrario. Hombre delante, mujer atrás. Así parece ser y no se cuestiona.

Esta tribu de “elegidos” se han esparcido por todo el mundo, aunque Nueva York es uno de los centros de mayor acogida. A pesar de ser un vuelo proveniente de Rusia, estos judíos todos cargan con salvoconductos y acentos americanos. Se han instalado desde generaciones y, sin duda alguna, controlan gran parte de esta ciudad. Pensar que en algún momento reciente de la historia muchos fueron personas pobres y humildes del Viejo Mundo que terminaron torturadas y calcinadas en campos de concentración a manos de los nazi y hoy en día han asumido el poder de una metrópoli tan importante como Nueva York, me causa sentimientos encontrados.

No son amigables ni sonríen con otros fuera de su etnia. Me doy cuenta al hacerle gestos afectivos a una de las niñas frente a mí y ver que el padre, asustado, se gira a ver quién ha hecho semejante acercamiento. Con el rabo del ojo, me mira casi horrorizado. Se han enfocado en lo suyo y aunque coexisten en la sociedad estadounidense, parecen habitar en un mundo aparte.

Las maletas

Los compartimientos dentro del avión se han llenado casi por completo entre tanto sombrero y bulto que lleva esta gente. Algunos incluso almacenan comida kosher dentro de su equipaje para asegurar que no cometerán un desliz al ingerir cualquier alimento excluído de este régimen. Eventualmente una vez aterricé en Nueva York me dijeron los de la línea aérea que por este motivo mi equipaje nunca llegó: porque el espacio había sido llenado por otras maletas de un grupo grande de viajeros. Vete a saber por qué razón ubicaron sus bultos y los míos, no.

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Los judíos me han acompañado a través de todo mi trayecto que comenzó hace cuarenta días y mañana, una vez aterrice en San Juan, concluirá. A Bhagsu, el pueblito himalayo donde viví durante este tiempo, le conocen como Little Israel, ya que alberga también una enorme cantidad de judíos. Cada restaurante en Bhagsu contiene una pequeña (a veces no tan pequeña) sección del menú diseñada especialmente para israelitas. Aunque pocos de estos viajeros son ortodoxos y tampoco se parecen físicamente a los que van sobre este vuelo, siguen teniendo esa misma mentalidad de ser los “elegidos”.

Los elegidos en el Himalaya

En India no son muy queridos, pues a menudo tratan de manera despectiva a los locales. Muchos creen que se lo merecen todo. Viajan en grupos provenientes de Tel Aviv y se limitan a permanecer entre sí, mostrando poco interés en conocer la cultura de la zona y forjar relaciones con los locales. Una chica israelita del grupo de yoga nos contó que tanto India como Suramérica se han convertido en destinos populares entre los jóvenes de su país que recientemente han terminado su servicio militar obligatorio. Viajan para escapar, pero sin saberlo, permanecen en su tierra a pesar de recorrer miles de kilómetros.

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La tribu de los elegidos, al igual que el fanatismo religioso en cualquiera de sus formas, me eriza la piel. Le temo a la exclusión, sobre todo racial y étnica. En el mundo en que vivimos, sobre todo en Occidente, donde las amalgamas entre personas, pueblos y puntos de vista son la orden del día- la tolerancia y la inclusión, también deben serlo. Pensar que algunos otros hacen todo lo posible por aislarse y rechazar a todo el que sea diferente, me incomoda. Aquí somos todos elegidos y cada uno de nosotros sin importar de donde provenimos o qué fe profesamos, tenemos el mismo valor. Pensar lo contrario es una tontería.

Sin embargo, dejo ir mi desaliento y decido que no vale la pena enfadarme. Miro con el rabo del ojo a la misma pareja de alfrente, y por primera vez, nos cruzamos la mirada durante un micro segundo. El hombre rápidamente la vuelve a sumergir en su libro sobre Auschwitz, y yo, en una crónica de Guy Talese.

Diario de viaje de agosto de 2015

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