Comunicadora, docente y madre.
Escribo desde Puerto Rico.

El aprendizaje en forma de viaje

Published by

on


Hacía cinco años que no salía de Puerto Rico. La pandemia, un embarazo, luego el parto y mantenerme ocupada criando y maternando a Noah, fueron las razones para mantenerme firme en mi tierra y poner los viajes en pausa un tiempo.

Quien me conoce sabe que los viajes son parte intrínseca de mi persona. Bueno, eso pensaba yo, hasta ahora…

Cuando me convertí en madre me di cuenta que viajar con niños pequeños es todo menos glamuroso. Sin embargo, siempre quise que mi hijo conociera el mundo y fuese una persona culta, de mente abierta y capaz de adaptarse a diferentes entornos y situaciones. Por esta razón, decidí incursionarme en una primera travesía con él, que fuera más cercana. Elegí Vieques en esta ocasión, como punto de partida.

Noah en el ferry de Ceiba a Vieques

Aunque no tuvimos que subirnos a ningún avión, la misión de llegar a Ceiba desde nuestro hogar fue larga y cansona. Nos fuimos el día antes para aminorar el estrés y pernoctamos en una casa relativamente cerca del puerto.

Hacía siete años que no visitaba la Isla Nena y la encontré super cambiada. Mucho deterioro palpable todavía tras el huracán María, enormes desigualdades entre locales y extranjeros residentes, inflación mayor a la Isla Grande, limitaciones para conseguir comida y productos y una vibra muy rara de parte de algunas personas.

Sin embargo, lo mejor fue encontrarnos con Kristina, mi amiga de la vida desde hace 35+ años, su hermosa tribu (Dante, Gael y Thiago), a su hermana con sus dos hijos, y ver a Noah jugar y desenvolverse con los cinco niños, todos super encantadores y aventureros.

Compartimos bajo el sol ardiente, la arena de talco y el agua cristalina de Vieques y creamos memorias hermosas juntos. Noah tuvo la oportunidad de visitar la ceiba de 500 años, el yacimiento arqueológico Puerto Ferro, Playa Caracas, Black Beach, Punta Galindez, Esperanza e Isabel segunda. Subimos y bajamos la carretera principal que recorre Vieques de norte a sur, mil veces en carro. Mil veces más pasamos por el único hospital sin terminar, vimos rostros locales sumidos en la pobreza y depresión, el hotel W en ruinas, mansiones en manos extranjeras y caballos urbanos salvajes que comen grama donde quiera que la consiguen. Me recordaron a las vacas de la India, que marcan territorio paseándose por el mismo medio de las calles sin la menor preocupación. Allí cumplí 42 años y celebramos nuestras primeras vacaciones familiares.

Desafortunadamente, elegí erróneamente el hospedaje donde nos quedamos y esa experiencia troncharía el resto de la travesía. El tema de los Airbnb se presta en ocasiones, para malos entendidos y malos ratos.

Solo merece la pena describir la alegría y el alivio inmenso que sentí al volver a casa y verlo todo a través de un crisol tan diferente. La belleza de los viajes es que siempre son una experiencia de crecimiento y aprendizaje. Para bien o para mal, siempre crecemos y cambiamos nuestra mirada gracias a los viajes. Se aprende a valorar lo que uno deja atrás cuando se entra en contacto con otras realidades. El encuentro con la otredad toma una vertiente distinta con la maternidad, ya que dar vida y criar es también un viaje sin moverse en el espacio sideral. Viajar sin ese otro yo es complicado, pero la añoranza hace que crezca el amor.

(…)

Tres días más tarde me subiría a un avión sola con destino a Bogotá para asistir al Festival Gabo en su 12a edición. Me habían seleccionado entre cientos de personas para participar en un taller sobre Inteligencia Artificial y los desafíos de esto para el periodismo. Era la primera vez en cinco años que viajaba internacionalmente, dejaba a Noah atrás y en esta ocasión, me estrenaría como madre viajera.

Tan pronto pasé los controles de seguridad en el aeropuerto, llegué a la puerta de embarque y me subí al avión, me cuestioné si era lo que realmente quería hacer. Estar lejos de Noah por primera vez me produjo un dolor en el pecho y por más que intentaba enfocar mis energías en algo positivo, no lo conseguía.

Tan pronto el avión despegó, me bajaron lágrimas por las mejillas y sabía que los próximos cuatro días no serían fáciles. Aterrizaríamos en la capital colombiana tres horas más tarde, ya de noche.

Aeropuerto El Dorado, Bogotá

Tomé un Uber al hospedaje donde estaría alojándome, cerca del Parque del Virrey, una zona de clase alta, con condominios vigilados con guardias 24/7 y mucha seguridad. Me identifiqué con el vigilante y subí al segundo piso donde estaba el apartamento. Me tiré en la cama y a pesar de mis esfuerzos, esa noche no cerré un ojo en toda la noche.

A la mañana siguiente un hambre atroz invadió mi cuerpo y salí de prisa en busca de un desayuno decente. En la cafetería Juan Valdez pedí un sandwich y un café y me encaminé al Gimnasio Moderno, sede del Festival. Hacía frío, era temprano y encontré el lugar vacío.

Gimnasio Moderno, sede del Festival Gabo

Los edificios en ladrillo estilo británico daban la sensación de estar en otro país, tal vez en Inglaterra. Me contaría una nueva amiga más tarde, que en ese colegio estudiaron algunos presidentes colombianos y los hijos de los presidentes, y que algun acuerdo debería de existir para celebrar el Festival Gabo allí, después de celebrarlo por tantos años en Medellín.

Esperé dos horas en lo que se iba llenando la sede y me aproximé al salón donde se celebraría el taller.

Hao & Dias, talleristas del Festival Gabo

Karen Hao, colaboradora de The Atlantic, y Tatiana Dias, editora general en Intercept Brasil, ofrecerían el taller a los presentes. En cuatro horas, se abordó la historia de la IA, técnicas para reportar sobre algoritmos y cómo cubrir los impactos sociales de esta tecnología. A pesar de sentirme extenuada, logré presenciar un par de eventos más antes de regresar nuevamente al hospedaje.

Hablé con Noah y nos vimos por la cámara del celular. Intenté disimular mi añoranza, aunque la suya era también muy palpable.

Al segundo día levanté mi cuerpo de la cama con suma dificultad, pues tampoco logré conciliar el sueño en toda la noche. Extraño mucho a Noah, ya tengo ganas de regresar a casa. Me acosté un par de horas en lo que el reloj adelantó y volví a encaminarme a la sede del Festival Gabo en su segunda jornada de eventos. El sol había salido y tenía la meta de pasar un buen día.

Estuve algunas horas en el Gimnasio Moderno nuevamente y asistí a un par de eventos sobre el periodismo narrativo y el género de la crónica, que tanto me seduce.

Sabrina Duque entrevista a Leila Guerriero

Tomé un Uber a la Candelaria, específicamente a la Plaza del Chorro de Quevedo.

Plaza Chorro de Quevedo, Bogotá

Habían algunos artesanos y turistas en la zona, luego seguí adentrándome en el barrio histórico y colonial, de la Candelaria.

La Candelaria

Comí un almuerzo colombiano, me paseé por algunos mercados, visité el Centro Cultural Gabo y caminé entre muchedumbres que se anticipaban a la Copa de América y el partido de fútbol entre Colombia y Panamá.

Centro de Bogotá

Compré un medicamento homeopático para calmar la ansiedad, conciliar el sueño y ayudarme con el destete emocional que me ha acompañado durante toda esta travesía. Sigo acumulando experiencias, lecciones y aprendizaje y asimilando que con cada paso y cada viaje nos metamorfoseamos y convertimos en otra persona. Los pasos trazan nuevas prioridades, nuevos vínculos y motores que nos empujan en otra dirección. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Así somos las mamás, que a veces necesitamos un respiro, pero cuando se nos concede, nos falta el aire cuando tenemos a nuestras crías lejos. Son nuestra extensión sobre la tierra, nuestra más importante razón de ser. La travesía me ha hecho vivir esto en carne propia y asimilarlo mejor que nunca. Y al igual que uno cambia, los viajes también.

Gracias, Colombia y Vieques por todas estas enseñanzas.

Camino al aeropuerto, Bogotá

Deja un comentario