Primer día en Kuala Lumpur



3 de junio de 2002

Después de más de veinticuatro horas de viaje, de Boston a Kuala Lumpur vía Londres, me encuentro ahora en la capital de Malasia. Hace unos meses decidí que este verano lo dedicaría a sumergirme en la cultura del sureste asiático. Me matriculé en un curso sobre cultura y filosofía oriental que ofrece la Western Michigan University en Petaling Jaya y pues, aquí estoy. ¡Qué surreal!

Comparto una habitación en un “condo” hiper moderno a las afueras de Kuala Lumpur con una chica austera, budista de Indonesia. “What kind of music do you like?”, le pregunto, buscando conversación. “If the song is nice, I like it”, me contesta pausadamente como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

Es mi primer día en este país. No es nada como lo imaginaba. Hace más calor que en el Caribe y hay rascacielos por todas partes. La tecnología parece permear cada rincón. Por lo que puedo observar hasta ahora coexisten tres grupos culturales en esta península. Por una parte, la población china, luego están los indios del sur del país y finalmente, los malayos, que parecen ser un amalgama de éstos dos.

Llegué temprano a mi nueva residencia, un rascacielos altísimo en un suburbio de Kuala Lumpur. Tuve que firmar un reglamento que me dejó flipando. El primer ítem decía que bajo ninguna circunstancia te puedes bañar en la piscina con biquini. Decirle esto a una caribeña, especialmente con la humedad y el calor que permea en este país, es inverosímil. Y como si fuera poco, si te metes a la piscina en bañador de una pieza, debes ponerte una camiseta por encima. Islam, islam. El segundo reglamento dice que hay un toque de queda hasta las 12 de la medianoche, no se pueden traer visitantes dentro del piso, ni consumir el alcohol, ni fumar tabaco y que ni se te ocurra estar hablando con alguien del sexo opuesto frente al edificio, porque ¡imagínate! Conseguir una cerveza es tarea imposible. Hasta en la calle aparenta constituir la más grande travesía del mundo. Simplemente, no te la venden.

De todas maneras, la gente es muy agradable. Henry, un malasio-chino católico, quien es el director del programa y su asistente, Guam, un budista chistoso y liberal, fueron quienes me recogieron al aeropuerto. Además de mí, hay una sola persona más en el programa. Irónicamente también se llama Sara, aunque sin H y es una chica de Minnesota. Nos han asignado una guía musulmana que se llama Mariam, quien nos “atenderá”. Es muy simpática.

Después de darnos una vuelta por los predios de la universidad, nos han dicho que esta noche nos llevarán a un espectáculo de bailes culturales en un hotel con cena y todo. Hasta ahora todo va de maravilla. ¡Qué alguien me pellizque que aún no me creo que está será mi nueva realidad!

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