SOLO SE NACE DOS VECES


Artículo publicado sábado, 2 de diciembre de 2006
Periódico EL NUEVO DIA / NOTICIAS

Por: Sarah V. Platt
Especial para El Nuevo Día

Sobrevivir a un accidente aéreo, vencer al invierno eterno de las cumbres andinas y tener que comer carne humana son terribles experiencias que destruyen a un ser humano… o reafirman su humanidad.

“Che, ¿no estamos volando demasiado cerca de las montañas?”

Fue ésta la frase que anunció que iba a cambiarles la vida a parte de las 45 personas que iban a bordo de un pequeño avión de la Fuerza Aérea uruguaya con dirección a Santiago de Chile, hace aproximadamente 34 años.

La mayoría de los pasajeros eran jóvenes de entre 19 y 25 años, integrantes del Old Christian, un equipo de rugby uruguayo y el resto eran sus familiares y amigos. En lugar de tardar cuatro horas y media en arribar a Chile, les tomó 72 días. Se conoce como el Milagro de los Andes. Es una historia de hermandad, sobrevivencia y fe.

Ahora más de tres décadas más tarde, Roberto Canessa, uno de los sobrevivientes, ahora cardiólogo pediátrico, además de atender pacientes en su clínica en Montevideo, imparte charlas sobre liderazgo y superación en todo el mundo.

Desde el día que fue rescatado hasta hoy continúa ofreciendo consejería como invitado en diferentes universidades, medios de comunicación y demás organizaciones. Su popularidad llegó a tal nivel que fue nombrado candidato a la presidencia de Uruguay hace varios años.

Actualmente vive junto a su esposa Laura, la persona con quien ha compartido su vida desde los 15 años. Tiene tres hijos. Su primogénito, Ilario, lleva el nombre de la montaña andina donde fueron rescatados los sobrevivientes del accidente.

Sus compañeros del Old Christian, quienes continúan formando parte de su círculo íntimo de amistades, todavía viven en el mismo barrio y celebran juntos todos los 21 de diciembre, hasta el día de hoy, el momento que fueron rescatados.

Desde la perspectiva de los años transcurridos, Roberto Canessa, narra su experiencia.

Sentado en su asiento a bordo de la nave todo parecía normal. De un momento a otro la nieve y las densas nubes dificultaron la visibilidad del piloto, quien pensaba que ya había cruzado la cordillera, aunque estaba aún de frente a las montañas. Un fuerte golpe causó el desprendimiento del ala derecha, que al pasar por encima del fuselaje, arrancó la cola del avión, dejando un boquete en la parte trasera de lo que quedaba de la nave.

De esta forma perdieron la vida varios pasajeros que fueron aspirados hacia atrás desapareciendo en la inmensidad de la nieve, junto a otras partes de la nave.

Segundos después el ala izquierda se partió y una de las aspas de la hélice rasgó el fuselaje. Los pasajeros quedaron atrapados en sus asientos. Trece murieron en el instante, otros fueron gravemente heridos, con piernas partidas, hemorragias, con trozos de hierro atravesando torsos y golpes en la cabeza.

“Sentí un silbido en el aire y fue ahí cuando me di cuenta que el fuselaje de la nave se comenzó a deslizar por la nieve como un trineo durante seis segundos. Sé que fueron seis segundos porque uno de los chicos rezaba el Ave María que dura seis segundos”, comenta Canessa, de 53 años.

Al cabo de los seis segundos quedó un silencio total. Canessa, que en aquél momento era estudiante de primer año de medicina, pensó que se había despedazado totalmente, que no tendría brazos ni piernas. Pero al ver que se encontraba en buen estado, sin pensarlo dos veces comenzó a ayudar a los demás.

Aunque su conocimiento en el campo de la medicina no sobrepasaba las células, comenzó a curar las heridas de sus compañeros y sacar los cadáveres que permanecían en la nave. Era la primera vez que presenciaba la muerte tan de cerca. Muchos pensaron que llegarían las ambulancias, la policía y equipo de rescate inmediatamente, pero fueron pasando las horas y al ver que no llegaba nadie y eran ellos mismos los que se tenían que ocupar de la situación, se sintieron como hormigas importentes en el medio de una extensión infinita de nieve. Se había perdido todo. No había ni agua ni comida. Sólo contaban con algunas barras de chocolate y unas cuantas botellas de vino. Era el 12 de octubre de 1972.

“A los diecinueve años te sientes omnipotente, que todo lo puedes”. Tal vez fue ese sentimiento que hizo que no se rindieran los jugadores del Old Christian. Al día siguiente se fueron distribuyendo roles de acuerdo a las destrezas de cada uno. Tenían muchas ansias por vivir.

Adolfo Strauch, uno de los chicos, inventó el convertidor de agua, derritiendo nieve sobre un pedazo de aluminio y colocándolo frente al sol. El capitán del equipo, Marcelo Pérez, se encargó de la distribución de “comida” diaria: uno o dos pedazos de chocolate y tres dedos de vino para cada uno.

El frío glacial en el corazón de la cordillera llegaba a los 40 grados bajo cero y con poca ropa de abrigo y nada de comer, las noches se hacían un sufrimiento eterno. La altura y la falta de oxígeno causaban mareos y desorientación. El hambre se acrecentaba cada vez más, y junto a ella, la irritabilidad. Seguían muriendo una persona tras otra, a medida que se iban debilitando los cuerpos y las esperanzaas de salir. “Era como dormir en un cementerio”, rememora ahora Canessa.

Sacaron las coberturas de los asientos y las usaban como frisas, improvisaron bolsas de dormir, fabricaron lentes de sol para no quemarse los ojos durante el día. Quemaban dinero para hacer fuego. Y así fue que se fue creando una sociedad en la nieve con leyes improvisadas, donde las personas eran asignada roles y cada cual valía por lo que podía hacer.

“Estábamos en una probeta. Éramos un experimento en el cual tuvimos que transformar un lugar que no era apto para la vida, un lugar totalmente inorgánico, mineral y de treinta grados bajo cero, donde lo único que había eran piedras y nieve, en un lugar donde puedan sobrevivir seres humanos”.

Arribó el décimo día desde el accidente cuando uno de los chicos escuchó en la radio que su búsqueda había sido suspendida. Los reunió en el fuselaje para decirles: “Tengo unas buenas noticias para ustedes. Acá vamos a salir por nosotros mismos”.

Poniendo a un lado lo surreal y lo traumático que fue esa experiencia, nunca faltó el sentido del humor entre los chicos. Llegaron a los Andes siendo amigos y salieron siendo hermanos. Bromeaban, celebraron cumpleaños, cantaban, rezaban juntos,
trataban de pasarla lo mejor que podían.

Según Roberto lo que los mantuvo unidos, esperanzados y vivos era elhecho que cada cual tenía su razón para vivir. “La mía era ahorrarle dolor a mi madre que se le muriera un hijo. Pensé que si tengo que coger un pedazo de muerto y comérmelo para volver a mi madre, voy a hacer lo que sea, me voy a comer el avión si tengo que hacerlo”.

Y así fue que pasó lo inconcebible. Una mañana de domingo se realiza una reunión en el interior del fuselaje en la cual lossobrevivientes deciden que la única alternativa para salir y no morir de frío y de hambre era usar los cuerpos muertos de sus amigos como alimento.

Con una gran sensación de humillación, Canessa tomó un pedazo de vidrio y cortó el primer trozo. En aquél momento dice que pensó: “¿Qué habré hecho yo de malo que Dios me manda a hacer esto? Lo peor era tener que invadir la privacidad de un amigo, invadir su cuerpo”. Pero se confortó pensando que si hubiese muerto él y hubieran usado su cuerpo como alimento, se sentiría orgulloso de haber ayudado a sus amigos.

Los muertos no los salvaron, como piensan muchos. Aún después de habérselos comido, se encontraban en las mismas condiciones. El frío seguía penetrando sus cuerpos y la miseria también. La carne humana simplemente ayudó alargar sus horas y fortalecer un poco sus cuerpos. Luego se convirtió en parte de su rutina.

Así fueron pasando los días en el medio de la cordillera. Hicieron expediciones buscando la salida de aquellas montañas, amarrando almohadas a sus pies para no hundirse en la nieve y solo regresaban más débiles y con las manos vacías.

Finalmente llega un día soleado, cuando ya se sentía que el invierno había concluído y Roberto y sus dos amigos, Nando y Tintín, decidieron probar su suerte por última vez. Prepararon un saco donde colocaron suficiente carne humana en trozos y bolsas de dormir improvisadas.

Luego de estar 10 días caminando divisaron una cima de una montaña sin nieve. Arribaron a un valle. Vieron vegetación por primera vez durante dos meses y medio. Escucharon un riachuelo. Corrieron a comer algunas hojas.

Aquella noche durmieron en el valle con una paz nueva. A la mañana siguiente vieron vacas, una lata vacía de sopa y dos campesinos a lo lejos.

Habían llegado a la civilización. Se habían salvado y también habían encontrado la salvación para los que se quedaron atrás, que fueron recogidos en helicóptero por las autoridades locales. Era el 21 de diciembre de 1972.

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