Última parada…Kathmandu


Finales de julio, 2008

Se acerca el final de este viaje que comenzó en Nueva Delhi y concluirá en Kathmandu. Ha sido sin duda una de las mejores y más coloridas trayectorias de mi vida, que ha durado poco más de un mes. Ayer salimos de Lumbini, el lugar de nacimiento de Buddha y una de las primeras ciudades fronterizas con India, como a las 8am, en un microbus. El viaje y el paisaje me encantaron. Se nota la diferencia enorme entre India y Nepal. Brutal, brutal. El aire que se respira aquí es puro. No hay basura en todas partes y la pobreza tampoco es tan marcada. La tierra ha sido sustituida por campos y verdor. La gente es bonita. Tienen caras diferentes: ojos achinados, pieles curtidas, parecen balineses. La gran mayoría son hindúes, aunque también se ha difundido bastante el budismo. Los ajuares que visten las mujeres son bastante parecidos que en India. Muchos saris, bindis y colores radiantes. Todas sonríen. De Lumbini a Kathmandu recorrimos una enorme cordillera de montañas. Follaje. Espesura. Arrozales. Mucha tierra y poca gente. Parece una gran paradoja encontrar este lugar después de haber recorrido todo el norte de la India, que a pesar de compartir un confín, no se asemeja en practicamente más nada a estas tierras.

Hacemos una parada para almorzar en una pequeña cafetería al lado de la carretera. Techos de paja. Aire libre. Primer plato nepalí, el mismo para todos. La comida es menos pesada que la india, aunque casi igual de picante. Simpatizo con la cocinera y logro convencerla para tomarnos una foto.

Continúa el viaje. De repente vemos una conglomeración de personas al lado de la carretera. El conductor del microbus nos dice que la noche anterior cayó por el precipicio un autobus que transcurría entre Lumbini y Kathmandu. Han muerto una decena de personas atrapadas. A pesar de estremecernos es algo que ocurre con bastante frecuencia, nos dice. De noche el camino es oscuro, no hay luces que sirvan de guía por las curvadas y estrechas carretas y a menudo los choferes se duermen. Nos detenemos para bajarnos del autobus y ver la tragedia.

Ya siento ansiedad y me muero de ganas por llegar. Hemos pasado 8 horas sentadas…
Entramos a Kathmandu por fin. Llueve mucho. Hay bastante actividad en la calle, pero la visibilidad es poca por las condiciones del tiempo y estoy agotada (y con menos capacidad observadora) por el viaje. El microbus nos deja frente al hotelito donde nos estaremos alojando. Dejamos las mochilas dentro y decidimos darnos un paseo por la Plaza Durbar en el centro de la ciudad.

¡Me encanta este lugar! Calles adoquinadas y estrechas. Aire fresco como el que se siente en la sierra peruana. Se percibe la altura y la sensación de perpetua anglomeración de humanos que habíamos experimentado en India durante todas las pasadas semanas, ha pasado a la historia. Hay muchísimas tienditas chulas y ya no somos las únicas turistas. Tiene un parecido a Tailandia, este lugar. ¨Hippy trekkers¨ que comienzan su ascensión himalaya y mochilas Northface se venden por todas partes.

Me quedo maravillada con la joyería en las estanterías. Turquesa, plata, piedras preciosas. En otras veo pashmina, telas artesanales, ropa étnica, casi toda de invierno. Hay también cientos de bares repletos de turistas de todas partes del mundo, sin embargo, su presencia no me molesta. De las terrazas escucho reggae y canciones populares que conozco. Un ambiente mellow; me encantó el vibe, de verdad. Compré unas pulseras de plata con turquesa super baratas y al rato entramos en uno de los bares.
Nos sentamos en la terraza en el segundo nivel. Mesas de madera alargadas, estilo banco, donde alguien que no conoces se te sienta al lado. Pedimos una cerveza en botella grande y nos la dividimos.
Nos pasa un iraní por el lado y se sienta. Intenta montarnos conversación. Lleva viviendo en Kathmandu unos meses. Nos habla del hachís nepalí, su aroma, textura y lo popular que es. Nos quedamos hablando un rato con él y luego decidimos continuar el recorrido.

Llegamos a Rum Doodle, un bar-restaurante bastante popular entre viajeros. Ahí nos encontramos con el grupo con quien habíamos compartido en India. Siento felicidad. La pasamos super bien entre cerveza y comida rica. Al final decidimos dejar nuestra huella, literalmente, colgando nuestras fotos (las mismas que nos habíamos tomado para sacar el visado de India) en una pared del local.
De ahí seguimos la marcha hasta llegar a Reggae Bar, otro local que me habían recomendado unos chicos catalanes que conocimos en Varanasi. Lo encontramos con facilidad y en la puerta había que dejar los zapatos. Nos aproximamos a una mesita, todo en madera y ahí estuvimos el resto de la noche. Escuchamos reggae nepalí en vivo. Brutal. Bailé sin poder contener la alegría y tristeza a la vez, ya que sabía que esta parada marcaría casi el final del viaje. Dos piñas coladas y varias cervezas más tarde acabaría nuestra primera noche en Kathmandu.

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