Mi cocina



La cocina de mi piso es pequeñita. Apoyada en la pared hay una mesita con tres taburetes. Sobre la mesita usualmente encontrarás chocolates, galletitas o dulces típicos que han dejado los amigos desde Bélgica, Kazakstán, Georgia, Londres… En una esquina está el frigorífico. Diminuto casi. Basta decir que en Puerto Rico el tamaño normal de una nevera es cinco veces mayor que esta. Cuando abres la puerta está repleta de comida. Pierogis hechos a manos sobre quesos, pimientos tricolores, kiełbasa y ensaladas preparadas el día anterior.

La luz que alumbra en la cocina es amarilla y da la sensación de estar en la década de los sesenta o setenta. Es calientita, acogedora. Las losetas del suelo de la cocina son color crema, la alacena es de madera de un tono claro. No tenemos horno. Tampoco microondas. Vivimos un poco a lo hippie. Somos estudiantes con el bolsillo apretado y nos hemos acostumbrado a hacer de tripas corazones. Sin embargo, el amor, especialmente en la cocina, no falta nunca.


Nos hemos convertido en una familia muy feliz: Irina, Zhamilya y yo. Especialmente Irina y yo. Aunque al principio la relación comenzó siendo un poco cerrada y rara, tal vez por desconfianza o por la diferencia cultural, a medida que fueron pasando los días, nos fuimos uniendo más. A pesar de tratarse de una puertorriqueña, una georgiana y una kazakstana con muy poco en común, aparte de nuestro estado actual como doctorandas en la Universidad de Breslavia, jamás pensaría que fuéramos a convertirnos en consejeras espirituales, casi hermanas.

La cocina suele ser nuestro lugar de encuentro, de desahogo, reflexión, motivación e inspiración. Usualmente es el punto medio entre la habitación y el baño y, por tanto, cuando necesitamos tomar un poco de aire y descansar, sin compartir palabras, nos encontramos ahí. Una hierve el agua para el té, mientras la otra prepara una ensalada de legumbres o corta un queso para compartir. En la cocina hablamos de todo. Sobre amoríos fracasados, frustraciones doctorales, el clima, los sueños, de tener una familia algún día, sobre dietas y cómo debemos hacer más yoga, en fin, de todo. Además, como no tenemos sala de estar ni televisión ni ningún otro ¨lujo¨ aparte de nuestras computadoras portátiles y un internet moribundo, pues en realidad la cocina es el centro de todo.

Una tarde nos juntamos las tres y surgió el tema de los 1980´s. “Cuando estaba la Unión Soviética, como en la tele sólo se veían programas de propaganda política, nada de historias de amor ni esas cosas, pues en la secundaria nos juntábamos en secreto a mirar los libros de anatomía que para ese entonces era casi como ver porno”, dice Zhamilya de Kazakstán entre risas. “Boże! Sí, es verdad.”, responde Irina. “En Georgia no podías ni mirar a un chico a los ojos en ese tiempo, se veía muy mal”. “¿Te acuerdas del lema ¨No Sex in the Soviet Union¨?”, le dice a Zhamilya. “¡Si, jaja!” y ambas se ríen con cierta nostalgia.

Cambiamos de tema… “Pues en Puerto Rico tienes que tener un seguro médico privado para poder ir a ver a un especialista sin tener pagar una fortuna. Yo por ejemplo tengo uno que cuesta $100 y pico”, digo mientras le muestro mi tarjeta de Triple S. “¿Cómo? ¿En serio? Wao”, dice Irina. “¿Pero y cómo es posible que no sea gratis? ¿Y también tienen que pagar por la educación?”, me pregunta en un estado de shock. “También”, le contesto. “Bueno”, me contesta, tratando de buscar el lado positivo del asunto, “¡por lo menos hace calor todo el año!”. “En el 2012 quiero ir a ver con mis propios ojos cómo es América, Estados Unidos”… dice, antes de cambiar de tema de nuevo.

Venimos de dos mundos paralelos. Ellas de la ex Unión Soviética, yo de América. El Cáucaso y una pequeña isla del Caribe. Georgia: un país que posee su propia lengua, alfabeto y una herencia histórica y cultural antiquísima. Puerto Rico: un puntito en el mapa que semi pertenece a Estados Unidos, pero también a Latinoamérica, a España, a los africanos y a los Taínos. Irina viene de una tierra que sufrió una sangrienta invasión de los rusos y una dolorosa guerra que duró demasiado y dejó un amargo sabor en la boca de sus orgullosos ciudadanos. Yo, de una tierra siempre calurosa, que pocos conocen en esta parte del mundo, pero que también ha sufrido invasiones extranjeras, hasta el punto de no haber obtenido nunca su independencia.

La cocina es el punto donde estos dos mundos se encuentran. Se conocen. Se admiran y se respetan. Y es otra de las razones por las cuales estos tres meses que cumplo hoy en Breslavia, son tan especiales.

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