Perder un pedazo de mí


En un banquito de madera frente al mar nos conocimos un día como hoy hace tres años. Llegó a mis pies una noche, huyendo de un perro negro grande. Desde ese 10 de diciembre de 2017 fuimos inseparables. Bruno y yo dormíamos en la misma cama. Nos abrazábamos, manteníamos conversaciones íntimas, comunicábamos en polaco, español e inglés. Nos entendíamos a la perfección. Llorábamos juntos, disfrutábamos de la compañía de amigos, familiares, y nos acompañábamos a cada paso de este camino que llaman vida. De dónde vino, nunca sabré. Su pasado remoto me es un misterio absoluto. Y a pesar de ser un enigma, hace poco nos vino a tocar a la puerta. Las heridas de vivir en la calle, estar desnutrido y arropado en pulgas y garrapatas le cobraron factura al final de su vida. Estaba maltrecho por dentro y ya sus órganos no daban para más.

(…)

Aquel 10 de diciembre nos encontrábamos en un Puerto Rico pos María: sin luz ni agua y traumados por el desastre. Un grupo de amigos estuvimos de playa ese día para cambiar de ambiente y terminamos en un bar ya de noche. Esa misma noche decidí rescatar a Bruno de la calle y mi vida cambió para siempre. Lo envolví en una toalla húmeda, lo llevé a casa y lo demás es historia.

El primer año cambiamos de casa. El segundo, cambiamos dos veces más. Se acoplaba a todas. Me seguía cada paso: al cuarto, a la cocina, al patio, al baño. Ya la soledad no cobraría el mismo sentido. Cuando más asechada me encontraba por la vida, Bruno era mi motivo de alegría. No hablaba, pero decía tanto. Ah, y con su tuquito de cola. Pasamos largos días en la playa bajo la sombra, observando pelícanos pescar, surfers agarrar olas y nadadores entre las aguas. Su pasión era hacer caminatas por el litoral juntos. Iba siempre trotando alante y deteniéndose cada par de pasos para que yo lo alcanzara. Me entendía a la perfección y yo a él. Era mi compañero, mi amigo, mi guardián, mi terapia. Lo quise y lo cuidé como lo que fue: lo más preciado para mí.

Todos sabíamos que era mayor de edad aunque el número exacto lo ignorábamos. Siempre demostró agilidad y juventud. Siempre hasta el final. Cuando nació el bebé, a Bruno le entró un ataque de celos los primeros días. Estaba confundido y molesto. A mí nadie me consultó esto, habrá pensado. El niño habría tomado su lugar, pues ahora mis horas y reloj se ajustaban a su alimentación, descanso y tiempo de juego con él, en fin, en atenderlo. Y con el paso de los días y meses, el tiempo comenzaba a sentirse diferente. El bebé hacía que uno cobrara otro ritmo y Bruno por su parte también comenzó a mostrar el pasar del tiempo.

Un día colapsó en la bañera. Lo cargué en mis brazos y tardó un minuto en recuperarse de lo que aparentaba ser un ataque de algún tipo. Otro día colapsó de nuevo. La piel, aunque siempre padeció de eso, se le deterioraba cada vez más. Tenía ronchas y cascaritas que no había manera de curarle. Estaba más viejo, débil y poco a poco, más maltrecho. Entre el corre corre del bebé nuevo, se abría paso a un nuevo Bruno más anciano, más delicado. Atrás quedaron los días de playa, actividad física y aventura. Pasamos mucho tiempo en casa con una nueva rutina.

A pasos agigantados comenzó a deteriorarse. Comenzó a colapsar más de lo normal. Se le veía desganado y con el paso de los días decidí que tenía que llevarlo al veterinario con carácter de urgencia. Logré hacer un hueco en la cargada agenda de madre de un recién nacido y entregué a mi fiel compañero de vida al albergue para que lo atendiera la doctora. Pasó de lo que diagnosticaron inicialmente como una indigestión, a un problema de baja hemoglobina y plaquetas. Los laboratorios revelaron que tenía el hígado destrozado y los colapsos constantes se debían a su debilidad. Me dijeron que lo dejara internado dos días y de repente dos se tornaron cinco. Cada día llamaba varias veces para conocer su estado. Su cuadro empeoraba y con cada minuto lo perdía más. Hasta el final pensé que mi fiel centinela sobreviviría a otro golpe más de la vida como siempre lo había hecho hasta ahora.

Cuando se pierde a un ser querido se sabe que pasamos por una serie de emociones hasta llegar a reconocer y aceptar la muerte. Una de ellas es la rabia, otra es la culpabilidad. Hasta cierto punto me tambaleo entre esas dos pues pienso que se me fue muy rápido y pude haber hecho más. Tal vez debí de haber hecho menos y dejarlo morir en paz, en casa. La mente juega con uno aunque sé que hice lo que pensé era mejor para él. Bruno era lo máximo para mí y tenía esperanza de que se curase y regresase a casa. Me hubiese gustado que Noah se criase corriendo por la playa con él. Que lo protegiese como siempre hacía. Solo me reconforta el hecho de que al menos lo conoció y cuidó durante el tiempo que sí compartimos. No permitía que nadie se le acercara, dormía en la parte inferior de su moisés, se quedaba haciendo vela de noche con una oreja siempre parada pendiente a un posible llanto.

Su misión en la vida era asegurarse que estuviésemos bien. Por que ese era Bruno, nuestro protector: fiel, tan fiel, amoroso, noble centinela. Como él, solo uno. Quien lo conoció, sabe de qué hablo.

Llevo tres días con un nudo en el pecho. Recuerdo el sonido de sus pasos por la casa y se me aprieta un poco más. Aprender a vivir sin él será mi nuevo reto. Y no, no es solo perder a una mascota. Perder a Bruno ha sido perder un pedacito de mí.

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