Comunicadora, docente y madre.
Escribo desde Puerto Rico.

Crónica de un viaje a Inglaterra para (re)conectar con la historia y las raíces

Published by

on


El primer viaje a Inglaterra de mi hijo Noah (5) sirvió para conocer capítulos ocultos de la historia del país y re vincular con nuestra propia herencia familiar. Dicen por ahí que si las historias no se cuentan, terminan perdiéndose…

Resulta ser que entre 1949 y 1976, en Inglaterra y Gales, se estima que 185.000 niños fueron separados de sus madres solteras y dados en adopción. Las mujeres y niñas que quedaron embarazadas fuera del matrimonio durante estas décadas se consideraban ineptas socialmente y eran vistas como si se hubieran avergonzado a sí mismas y a sus familias. Tras el nacimiento de sus hijos, los bebés les eran arrebatados sin permitirles sostenerlos, obligándolas a firmar documentos de adopción cerrada en el mismo momento.

De esta manera fue que cientos de miles de bebés fueron separados de sus madres que no querían dejarlos ir, marcando un período de trauma generacional para este país.

Keir Starmer (primer ministro) se disculpa públicamente durante su reunión con madres que dieron a sus hijos en adopción forzosa.

El estado no sólo permitió este sistema de adopciones forzadas, sino que lo fomentó. Se trata de un patrón repetido en toda Gran Bretaña. Fosas comunes de bebés han sido encontradas y demuestran lo que se hacía en los casos en los que pequeños eran considerados no adoptables, estaban enfermos o discapacitados.

El primer ministro británico, Keir Starmer, presentó la semana pasada, una primera disculpa formal en nombre del Estado en julio de 2026, calificando estas prácticas como una «mancha en nuestra historia». Incluso, el gobierno anunció la creación de un portal nacional para facilitar el acceso a los registros de adopción y asistencia psicológica a los afectados.

Nos enteramos del fúnebre capítulo de las adopciones forzosas en la historia de Gran Bretaña, gracias a las noticias de Good Morning Britain en la televisión local londinense una soleada mañana del 2 de julio cuando apenas habíamos aterrizado en este país. Los periodistas presentaron el caso de Ann y su hijo, quien nació en los años 70 y se reunió por primera vez con su progenitora biológica después de 27 años de separación forzosa.

Conocer este lado menos conocido de la historia inglesa me hace preguntarme cómo la injusticia ha hecho que la vida de las mujeres- sobre todo las madres- sea tan cuesta arriba a lo largo de la historia.

Según la filósofa feminista mexicana, Graciela Hierro: «Todas las madres somos solteras, estemos casadas o no». Esto se debe a que la carga mental no es compartida equitativamente y a las madres se les asigna la responsabilidad principal del cuidado y las necesidades de sus hijos. De esta manera se crea una carga de trabajo invisible, que a menudo se mal entiende por parte del hombre.

(…)

Partí hace casi 24 horas, de Puerto Rico, junto a mi hijo Noah, de 5 años. Desde que nació en plena pandemia del Covid, he perseguido uno de muchos importantes deseos: mostrarle su herencia inglesa, producto de su abuelo materno, mi padre: John. He querido recrear para él lo que representó para mí casi una década de viajes a Inglaterra todos los veranos en los años 90, cuando me quedaba con mi abuela paterna durante seis semanas, en el pueblo de St. Helens- entre Manchester y Liverpool. Esas primeras travesías a tierras británicas me dejaron para siempre parada- como persona bicultural- con un pie en Puerto Rico y otro en Inglaterra.

De los 7 a los 14 años, viajé sola de San Juan a Manchester gracias al programa de unaccompanied minor que existía en algunas aerolíneas como British Airways, en el que se le permitía a los menores de edad cruzar el Atlántico a bordo un vuelo con una solo paquete de cartas para jugar y un pequeño libro de pintar que te obsequiaban, mientras las azafatas cumplían con el rol de echarle el ojo a uno de vez en cuando.

En Inglaterra, junto a mi abuela Nora (1989).

Hoy día pienso en que sería una locura hacer semejante cosa con mi hijo, pero en aquel momento, hacía sentido. Mis padres trabajaban y no había quien me cuidara esas últimas semanas de verano en Puerto Rico. La abuela me recibía felizmente en su casa en St. Helens y era una novedad tanto para ella como para mí compartir ese tiempo juntas. Estas travesías forman una parte muy importante de quién soy y uno de mis sueños era recrear la misma experiencia para mi hijo.

(…)

Llegamos hace unas horas a la capital inglesa. Londres es hermosa, pero como cualquier gran metrópoli, está demasiado llena de gente y turistas para mi gusto. Parece menos británica de lo que la recordaba, aunque mucho más soleada y colorida. Casi ningún inglés se percibe en las calle, atestada de coches, autobuses double-decker y gente de todo el mundo intentando tomarse la selfie perfecta, el retrato familiar ideal, con el Big Ben, el London Eye y Trafalgar Square de fondo. Esto combinado con un aire kitsch de tuk-tuks coloridos y envueltos en terciopelo barato, conducidos por inmigrantes que suenan música alta y transportan turistas rusos, brasileros y latinos por los puntos turísticos más emblemáticos del Instagram londinense.

Big Ben, Londres (2026).
Big Ben y sus alrededores, Londres (2026).
Estampas de Londres (2026).

Una noche alojándonos allí fue suficiente para querer continuar el trayecto.

(…)

Llegamos a St Helens al día siguiente, después de un millón de retrasos en el tren. Me habían advertido que los trenes ingleses van siempre con retraso, pero no lo creí en un inicio. Hacía 29 años que no pisaba este pueblo y el Universo me ha concedido la oportunidad de mostrarle a mi hijo Noah un poco más sobre nosotros, de dónde venimos y por qué es importante para mí compartir esta experiencia. Durante casi una década pasé cada verano en este lugar junto a mi abuela, Nora. De la última vez habían pasado ya casi tres décadas.

129 Fry Street, St. Helens, Inglaterra. Ex casa de mi abuela, Nora Platt.
Noah y yo frente a la antigua casa de mi abuela, en St. Helens.

Soñé tantas veces con este momento. Con pararnos frente a la puerta 129 en la Fry Street, donde vivía la abuela y sede de tantos recuerdos. Nos subimos a un Uber y en cuestión de minutos, el sueño se hacía realidad. En un abrir y cerrar de ojos, nos dio la bienvenida una puerta negra recien instalada.

Sin embargo, ya no estaba el jardín de rosas de la abuela. En su lugar yacía un espacio abandonado, vacío, con piedrecitas grises y tierra vieja. La pintura que tanto cuidaba ella, se había carraspeado. El portón no cerraba bien. A la casa le hacía falta cariño y se notaba.

Me dio un poco de pena, intenté mirar por la ventana a ver si reconocía algun recuerdo del pasado y al ver el interior de la residencia vacía y descuidada, decidí desistir del esfuerzo. Ahora pienso que pude haberme quedado un ratito más frente a la puerta. Pudimos haber esperado a ver si alguien aparecía, esperar a charla con algún vecino. Pero simplemente no se nos dio la ocasión.

Vista de Fry Street, St. Helens.

Seguimos nuestro paso a Gaskell Park, justo en frente, donde pasé tantas tardes y recorrí tantos pasos en caminatas junto a mi abuela. Ahora de la mano de Noah, lo encontré todo muy similar, sorprendentemente. El parque de mi niñez no era solo un recuerdo o un sueño, sino algo tangible, accesible, vivo, real, frente a nuestros ojos.

Residencias típicas de St. Helens (2026).
Gaskell Park, St. Helens (2026).

Más tarde volvimos a la casa donde estaríamos hospedándonos en la calle Cambridge. Conocimos al pequeño David y a su padre de Rumanía en Queens Park; Noah jugó con la pelota de algunos niños y se divirtió mucho en el zipline. Comimos en un restaurante turco, compramos algunas cosas en Lidl y volvimos a casa para darnos un buen baño y a descansar. ¡Qué bien se siente estar de vuelta aquí!

Lo único que puedo oír esta mañana de sábado es alguna gaviota a lo lejos. Me recuerda que, aunque ahora estemos al otro lado del mundo, el océano y la vida en la isla son una experiencia común sin importar dónde estés.

(…)

The World of Glass, St. Helens, England (2026).

El domingo decidimos visitar el Mundo del vidrio: la fábrica donde trabajaba mi abuelo, Bill Platt. Fundada en 1826 como St. Helens Crown Glass Company, Pilkington transformó el pueblo de mi familia en un centro mundial de fabricación de vidrio.

Sin embargo, la fabricación de vidrio tenía una tradición en St. Helens incluso antes de la llegada de Pilkington. Los fabricantes de botellas de vidrio estuvieron activos en la localidad a lo largo del siglo XVIII y, en 1776, la British Cast Plate Glass Company estableció su sede en St. Helens.

Nos adentramos al museo para conocer esos capítulos ocultos de este pueblo. Cuenta la historia que la mayor población de empleados en la fábrica se componía de niños y mujeres. Era una época plagada de pobreza y hambre. Menores de tan solo 3 años trabajaban en las minas.

Así lo cuentan:

Era solo un pedazo de carbón. Hace tanto frío en casa y no nos da el dinero para comprar más. Solo quería mantenerme a mí y a mi madre calientitos mientras mi padre regresa. El sargento Fairley me cogió poniendo el carbón en mi bolsillo y antes de lograr escaparme, me agarró por el oído. Ahora tengo que ir a la cárcel 7 días (niño de 10 años).

Mi madre no quería que trabajara en las minas, pero era difícil no hacerlo. El agotamiento era parte de la vida diaria. Regresaba a casa, con la espalda llena de moretones y la piel empapada en sudor. Es un trabajo peligroso. Anoche me dormí en la mesa antes de haber cenado (hombre de 20 años).

Era común ver familias enteras trabajando en las minas. En el caso de las hijas más pequeñas, eran empleadas como trappers, un cargo que les obligaba permanecer en total oscuridad hasta 12 horas del día, a cargo de abrir y cerrar las puertas que permitían el aire fresco circular por la mina. A los niños mayores se les contrataba como hurriers, a cargo de transportar carretones de carbón que llegaban a pesar hasta 600 kilos. Los miembros más aptos y fuertes de la familia -usualmente hombres y niños- figuraban como getters, quienes cortaban el pesado carbón con una piqueta.

La revolución industrial también despertó el interés por el consumo de alcohol. Los pubs se convirtieron en una parte esencial del estilo de vida de St. Helens (y continuán siéndolo en la actualidad). El agua potable estaba sucia y no se consideraba apta para beber. Los trabajadores del vidrio preferían tomar cerveza para mantenerse frescos en la fábrica. Otros la usaban para sobrellevar las horribles condiciones de trabajo.

Noah conoce la historia menos aparente de St. Helens en el Museo del vidrio.

A medida que fue aumentando la popularidad de los pubs, se extendieron también las actividades deportivas como juegos de carta, carreras de palomas, equipos de rugby y fútbol, fomentando de esta manera las ligas deportivas asociadas a los pubs.

Hoy St. Helens se continúa considerando un pueblo de clase media y de tamaño medianamente grande, que goza de una relativa prosperidad, con una población de 117,308. Continúa siendo hogar de cientos de familias inglesas y ahora muchas otras, extranjeras. Es el puente principal entre Manchester (a 23 millas) y Liverpool (a 13), pero en términos de vivienda asequible, mucho más prometedora y económica que sus ciudades vecinas.

Hoy en día, la localidad es famosa sobre todo por su equipo de rugby, el St Helens R.F.C. —ganador de tres títulos del World Club Challenge en los últimos años.

Pasamos una hermosa estancia en St. Helens, jugando en sus parques, admirando sus casas multi familiares construidas en ladrillo, y chimeneas que humean de día y noche, atestiguando el pasado industrial del pueblo.

En el parque de St. Helens con mis primos (1989).
Noah con sus primos en St. Helens (2026).
Queens Park, St. Helens (2026).

Visitamos y (re)conectamos con sus espacios verdes, sus negocios, su gente y también nuestros familiares. Durante años, este fue el trocito de Inglaterra que mejor conocí y el que ahora Noah también puede decir que conoce.

Conocer la historia familiar es fundamental para forjar nuestra identidad y comprender el presente. Como señaló la escritora Madeleine L’Engle: «Si no cuentas la historia de tu familia, se perderá. Honra tus propias historias y cuéntalas también. Puede que los cuentos no parezcan muy importantes, pero son lo que nos une como familias y nos hacen ser quienes somos».

Deja un comentario