Un día como hoy hace 10 años

El 26 de marzo hace una década, defendí mi tesis sobre la obra del periodista Ryszard Kapuściński en la Aula Magna de la Universidad de Navarra, en Pamplona. Terciopelo rojo cubría toda la sala y una docena de presentes miraba el jurado conformado por un grupo diverso de personas.

Estaban los profesores Fernando López Pan, Javier Marrodán y otra colega de la Facultad de Comunicación de la UNAV, cuyo nombre olvidé. Estaban también dos profesoras polacas: Malgorzata Kolankowska, traductora y periodista, quien viajó desde Wrocław (Breslavia) y Ágata Orzeszek, traductora al español de la obra de Kapuściński y profesora de la Universidad de Barcelona. Fue un lujazo contar con su presencia y entre todo lo que tenía en mi contra, al menos estaban ellas a mi favor. Habían leído mi tesis , conocen a profundidad el tema y todo el esmero que le dediqué.

Fue uno de los días más estresantes de mi vida. El recuerdo es amargo por varias razones que no discutiré aquí, pero lo que importa es que logré doctorarme. Defendí aquella tesis a pulmón en tres idiomas (español, inglés y un poquito en polaco), conseguí el título de Doctor Europeo y tras una estancia de investigación y docencia en Polonia- que terminó durando tres años- finalmente había logrado llegar a la meta.

Hoy tras casi 15 años dedicados en cuerpo y alma a la docencia, puedo decir que la academia es un camino muy cuesta arriba y, a menudo muy injusto también. He trabajado como profesora universitaria desde los 25 años, tanto en Puerto Rico como en Europa y tanto en el sistema público de enseñanza, como en el privado. He tenido estudiantes encomiables y también ex convictos con grilletes en los tobillos. He trabajado en instituciones donde la educación es un negocio y te llaman la atención si no pasas a los estudiantes. También he trabajado en otras, donde educarse es un privilegio y un honor que se consigue con mucho esfuerzo, disciplina y dedicación.

Mis diversos patronos jamás me han ofrecido permanencia ni estabilidad laboral. Vamos, que ni siquiera un contrato con duración superior de un año, en el mejor de los casos. Los beneficios marginales y días de enfermedad y vacaciones nunca han sido parte de mi realidad laboral. Durante los veranos y Navidad, tengo que ingeniármelas para sobrevivir sin un salario. Si quiero un plan médico, debo costeármelo yo misma y en varias ocasiones he tenido que solicitar esta y otras ayudas del gobierno. Ayudas que no siempre consigo.

Esta es mi realidad y la del resto de los docentes sin plaza, que en algunas instituciones como la Universidad de Puerto Rico, conformamos casi la mitad del profesorado.

Sin embargo, a pesar de esta dura e injusta situación, prácticamente nunca me he ausentado de mi trabajo. (En Polonia si me ausentaba, no cobraba). He obtenido siempre evaluaciones casi perfectas de parte de mis estudiantes y pares. He trabajado ad honorem durante años, en múltiples labores que superaban mis obligaciones contractuales. He sido invitada como profesora y conferenciante en países como México y China.

En Puerto Rico he fundado asociaciones, proyectos y medios estudiantiles, viajado al exterior más de una vez con grupos de alumnos a festivales de periodismo para que conocieran mundo e hicieran trabajo voluntario en comunidades marginales. He participado en congresos en varios continentes, publicado decenas de artículos académicos/ensayos/libros/blogs, y sobre todo: lo he hecho todo con amor, vocación, interés y compromiso genuino.

En cambio he recibido muy poco…

Las universidades que te invitan a publicar con ellos y a editar artículos, no pagan. La verdad es que casi siempre te usan como recurso y a menudo ni reconocen tu labor. En mi caso, me han contactado de universidades en países como Venezuela, España y Colombia para editar artículos pro bono, dizque por mi “expertis”, pero jamás hablan de remuneración ni de mérito.

Asistir a congresos internacionales y presentar ponencias, cuesta caro y requiere de tiempo, energía, apoyo y dinero. Los títulos académicos y los libros publicados se consiguen con mucho esfuerzo y no te costean la renta ni te abrazan de noche. Los colegas y las asociaciones o uniones, defienden casi siempre intereses propios mientras los tuyos son ignorados. Al final del día casi todo va en detrimento de la salud física y emocional y eso sí que importa.

Por los estudiantes me quedaré aportando mi granito de arena. Sin ellos nada tiene sentido, son el motor de un docente. Sin embargo, por el sistema ya no vale la pena seguir dándolo todo. Toca pasar a otra etapa. Estos 15 años me han enseñado y demostrado que lo que realmente importa y enriquece la vida es la familia, mi hijo, estos instantes, estas memorias…

Ese es el real fruto del trabajo y el esfuerzo propio sobre la tierra.

Noah Marcel sobre una tabla de surf a su año y medio.

El morbo que vende y nos corroe

Cuando pregunto a mis estudiantes de periodismo cuál es la labor principal de un medio de comunicación, la mayoría suele contestar lo mismo: informar. Y sí, tienen razón. El único problema es que a menudo olvidan o desconocen que además de dar a conocer información previamente desconocida, un medio de comunicación responsable y comprometido debe, sobre todo, educar.

Si buscamos la definición de ambos verbos: informar y educar, podemos ver a todas luces que no se trata de la misma cosa.

Cuando hablamos de informar, el verbo implica que damos a conocer algo, nos enteramos de algún dato, o arrojamos luz acerca de un acontecimiento previamente desconocido. Educar, por el contrario implica una participación activa de parte del lector, quien además de conocer una información previamente desconocida, puede involucrarse en difundir un nuevo conocimiento. Cuando una persona recibe un conocimiento nuevo por alguna vía, y si le es útil o práctico, se convierte en un agente activo de su difusión. Es decir, comparte con otros eso nuevo que ha aprendido con la intención de también ayudar al prójimo en su camino hacia la iluminación y el conocimiento.

Por el contrario, cuando nos informan sobre algún acontecimiento, nos enteramos solo de datos, aquello que ha pasado, sin embargo, a menudo carecemos del entendimiento entero de lo que esta información significa o implica.

Hace unos minutos se informó en los medios nacionales del país que el cuerpo encontrado flotando en la laguna San José, cercana al puente Teodoro Moscoso, corresponde a la desaparecida mujer de 27 años, Keishla Rodríguez Ortiz. La occisa era una chica amante de los animales, trabajaba en un grooming y desde hacía once años mantenía una relación romántica con el boxeador, Félix Verdejo. De hecho, estaba embarazada de pocas semanas de él. Sabemos también que éste hacía siete años que estaba casado legalmente con otra mujer, con la que tiene una hija pequeña. El día de su desaparición, iba a encontrarse con el padre de su hijo no nato para mostrarle la prueba de embarazo.

Faltan piezas para armar en esta macabra historia. Solo sabemos que la familia de ella culpa, primero de su desaparición y segundo de su muerte, al boxeador. Hasta ayer se esperaba que apareciera con vida. Sin embargo, ya aconteció lo que muchos anticipaban: el cadaver encontrado, corresponde a ella.

Algunos comentarios de usuarios en las redes, así como de algunos reporteros de medios nacionales muestran apoyo al boxeador y culpabilizan a la víctima. ¿Por qué mantenía esa relación con un hombre casado? ¿Por qué se habría embarazado de él? Se lo buscó. Quién la manda. Pobre Félix. Y así por el estilo.

Aparte de provocarme malestar y coraje, este tipo de comentarios muestran lo realmente preocupante de esta sociedad: somos incapaces de discernir quién es realmente el enemigo aquí, cuál es el problema y cómo aproximarlo.

Si nuestros medios de comunicación se encargaran de cumplir con su rol principal, además de informar datos y sucesos, intentarían profundizar sobre ellos y más que todo: EDUCAR por medio de ellos. Desde hace dos días en las redes solo se observan las transmisiones en vivo del acontecimiento que de un momento para otro, se ha convertido en el Fatmagul boricua: la historia del boxeador que terminó involucrado en el asesinato de su amante embarazada.

Hemos seguido los Facebook live y las transmisiones en directo de la familia de Keishla, desde su hogar en un residencial de Caimito, hasta su llegada a la laguna donde fue encontrado el cadáver y las últimas imágenes que se muestran a su salida de Ciencias Forenses. Aparte de ir en contra de uno de los pilares más importantes del periodismo que enfatiza la importancia de minimizar y no maximizar el daño al reportar, este tipo de reporterismo carece de empatía, invade la privacidad de las víctimas y solo alimenta el morbo que intentan vender los medios a un público distraído, anestesiado y sobre todo, colonizado que no cuestiona y se conforma con lo que le alimentan los medios por ojo, boca y nariz.

Aquí el problema no son los celos que nublan y hacen cometer locuras, o la culpa de X o Y parte implicada que decidió por las razones que fueran mantener una relación extramarital. Aquí el problema recae en los pobres modelos de sociedad que tenemos y los mensajes equívocos que se envían y difunden por los medios de comunicación que no hacen otra cosa que alimentar el patriarcado y los modelos tóxicos.

Aquí el problema recae en el sistema corrupto e ineficiente que desestima órdenes de protección y amenazas que reciben cientos de mujeres a diario por parte de sus parejas y ex parejas. Aquí el problema recae en pseudo líderes políticos y religiosos que insisten en que la educación con perspectiva de género no es necesaria, sino confusa y maligna. Aquí el problema recae en las mujeres que fomentan el machismo con sus hijos, atacan a otras mujeres y solo alimentan una agenda de violencia y cero empatía. Aquí el problema recae en que somos uno de los países más desiguales en el mundo y la violencia de género y el alto índice de feminicidios solo confirman esto.

Si los medios de comunicación cumplieran con su papel y realmente se encargaran de encarnar un rol como agentes educadores y de cambio social, tendríamos periódicos que publicarían artículos sobre los efectos del machismo y el patriarcado. Entenderíamos todos de una vez y por todas que si queremos vivir en una sociedad progresista, la educación con perspectiva de género no es solo importante, sino necesaria en este proceso.

Si tuviésemos medios de comunicación comprometidos tendríamos más textos enfocados en cómo crear espacios de paz y de equidad para todos y de cómo crear y mantener relaciones saludables con otros, en lugar de transmisiones en vivo que hablan sobre celos, cadáveres y cuernos, que solo alimentan el morbo y la desinformación. El morbo que nos venden nos corroe como sociedad.

Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de importar. Palabras similares pronunció el fenecido periodista polaco Ryszard Kapuściński hace varias décadas. Y no hay nada más cierto que esto. Vende el morbo, vende el suspenso y la trama de la novela turca aplicada al contexto puertorriqueño. No vende la educación ni la profundización de temas para el mejor entendimiento de los mismos.

Debemos entender que en nuestra sociedad capitalista neoliberal, los medios de comunicación nacionales solo existen para alimentar sus propias agendas en la tarea de vender y competir con otros medios. Son empresas comprometidas con su bolsillo, no con el bienestar y la educación del pueblo. Y mientras sigamos consumiendo solo estos contenidos mediáticos, es imposible hablar de progreso, de bienestar colectivo, de equidad y de una mejor sociedad para todos.

Perder un pedazo de mí

En un banquito de madera frente al mar nos conocimos un día como hoy hace tres años. Llegó a mis pies una noche, huyendo de un perro negro grande. Desde ese 10 de diciembre de 2017 fuimos inseparables. Bruno y yo dormíamos en la misma cama. Nos abrazábamos, manteníamos conversaciones íntimas, comunicábamos en polaco, español e inglés. Nos entendíamos a la perfección. Llorábamos juntos, disfrutábamos de la compañía de amigos, familiares, y nos acompañábamos a cada paso de este camino que llaman vida. De dónde vino, nunca sabré. Su pasado remoto me es un misterio absoluto. Y a pesar de ser un enigma, hace poco nos vino a tocar a la puerta. Las heridas de vivir en la calle, estar desnutrido y arropado en pulgas y garrapatas le cobraron factura al final de su vida. Estaba maltrecho por dentro y ya sus órganos no daban para más.

(…)

Aquel 10 de diciembre nos encontrábamos en un Puerto Rico pos María: sin luz ni agua y traumados por el desastre. Un grupo de amigos estuvimos de playa ese día para cambiar de ambiente y terminamos en un bar ya de noche. Esa misma noche decidí rescatar a Bruno de la calle y mi vida cambió para siempre. Lo envolví en una toalla húmeda, lo llevé a casa y lo demás es historia.

El primer año cambiamos de casa. El segundo, cambiamos dos veces más. Se acoplaba a todas. Me seguía cada paso: al cuarto, a la cocina, al patio, al baño. Ya la soledad no cobraría el mismo sentido. Cuando más asechada me encontraba por la vida, Bruno era mi motivo de alegría. No hablaba, pero decía tanto. Ah, y con su tuquito de cola. Pasamos largos días en la playa bajo la sombra, observando pelícanos pescar, surfers agarrar olas y nadadores entre las aguas. Su pasión era hacer caminatas por el litoral juntos. Iba siempre trotando alante y deteniéndose cada par de pasos para que yo lo alcanzara. Me entendía a la perfección y yo a él. Era mi compañero, mi amigo, mi guardián, mi terapia. Lo quise y lo cuidé como lo que fue: lo más preciado para mí.

Todos sabíamos que era mayor de edad aunque el número exacto lo ignorábamos. Siempre demostró agilidad y juventud. Siempre hasta el final. Cuando nació el bebé, a Bruno le entró un ataque de celos los primeros días. Estaba confundido y molesto. A mí nadie me consultó esto, habrá pensado. El niño habría tomado su lugar, pues ahora mis horas y reloj se ajustaban a su alimentación, descanso y tiempo de juego con él, en fin, en atenderlo. Y con el paso de los días y meses, el tiempo comenzaba a sentirse diferente. El bebé hacía que uno cobrara otro ritmo y Bruno por su parte también comenzó a mostrar el pasar del tiempo.

Un día colapsó en la bañera. Lo cargué en mis brazos y tardó un minuto en recuperarse de lo que aparentaba ser un ataque de algún tipo. Otro día colapsó de nuevo. La piel, aunque siempre padeció de eso, se le deterioraba cada vez más. Tenía ronchas y cascaritas que no había manera de curarle. Estaba más viejo, débil y poco a poco, más maltrecho. Entre el corre corre del bebé nuevo, se abría paso a un nuevo Bruno más anciano, más delicado. Atrás quedaron los días de playa, actividad física y aventura. Pasamos mucho tiempo en casa con una nueva rutina.

A pasos agigantados comenzó a deteriorarse. Comenzó a colapsar más de lo normal. Se le veía desganado y con el paso de los días decidí que tenía que llevarlo al veterinario con carácter de urgencia. Logré hacer un hueco en la cargada agenda de madre de un recién nacido y entregué a mi fiel compañero de vida al albergue para que lo atendiera la doctora. Pasó de lo que diagnosticaron inicialmente como una indigestión, a un problema de baja hemoglobina y plaquetas. Los laboratorios revelaron que tenía el hígado destrozado y los colapsos constantes se debían a su debilidad. Me dijeron que lo dejara internado dos días y de repente dos se tornaron cinco. Cada día llamaba varias veces para conocer su estado. Su cuadro empeoraba y con cada minuto lo perdía más. Hasta el final pensé que mi fiel centinela sobreviviría a otro golpe más de la vida como siempre lo había hecho hasta ahora.

Cuando se pierde a un ser querido se sabe que pasamos por una serie de emociones hasta llegar a reconocer y aceptar la muerte. Una de ellas es la rabia, otra es la culpabilidad. Hasta cierto punto me tambaleo entre esas dos pues pienso que se me fue muy rápido y pude haber hecho más. Tal vez debí de haber hecho menos y dejarlo morir en paz, en casa. La mente juega con uno aunque sé que hice lo que pensé era mejor para él. Bruno era lo máximo para mí y tenía esperanza de que se curase y regresase a casa. Me hubiese gustado que Noah se criase corriendo por la playa con él. Que lo protegiese como siempre hacía. Solo me reconforta el hecho de que al menos lo conoció y cuidó durante el tiempo que sí compartimos. No permitía que nadie se le acercara, dormía en la parte inferior de su moisés, se quedaba haciendo vela de noche con una oreja siempre parada pendiente a un posible llanto.

Su misión en la vida era asegurarse que estuviésemos bien. Por que ese era Bruno, nuestro protector: fiel, tan fiel, amoroso, noble centinela. Como él, solo uno. Quien lo conoció, sabe de qué hablo.

Llevo tres días con un nudo en el pecho. Recuerdo el sonido de sus pasos por la casa y se me aprieta un poco más. Aprender a vivir sin él será mi nuevo reto. Y no, no es solo perder a una mascota. Perder a Bruno ha sido perder un pedacito de mí.

Ser madre está de madre

Durante los últimos días se han lavado más camisas que nunca antes en casa. Por más que se vacíe, el hamper permanece lleno hasta el tope. Todas tienen algo en común: una enorme mancha blanca a la altura de uno de los hombros. Se trata de una mezcla de vómito de leche mezclada con babas de bebé. Eso combinado con una secreción que brota de los pezones y sudor, mezclado con el aroma que expulsan las hormonas de una mujer recién parida. Así huelo desde hace casi seis semanas cuando nació mi hijo. Y por más que me duche, no logro disimular esa dulce fragancia de madre primeriza que se estrena a la fuerza.

Desde que nació Noah Marcel, todo ha cobrado una nueva forma, un ritmo diverso: en ocasiones demasiado lento, en otras a las millas. En ese mismo momento de su alumbramiento el multitasking cobró un nuevo sentido. Las exigencias que implica tener una criatura recién nacida, junto a los quehaceres diarios y el trabajo profesional, se multiplican.

El bebé pasa constantemente de estar pegado al pecho, a los brazos. Esos mismos brazos y manos que cargan, son las que se encargan de limpiar, de cocinar, de doblarse a recoger alguna cosa, de dar confort a otros. Pertenecen al mismo cuerpo que se cansa y poco descansa. Un cuerpo que pasa noches en vela y días intentando encontrar la recuperación y el sueño. Se conectan además a una cabeza que retumba cada mañana por la falta de sueño y la energía invertida en tener que tapar la irritabilidad. Las tardes apenas se viven, pues los días pasan uno detrás del otro con demasiada rapidez.

Botellas que enjuagar y rellenar. Pechos que duelen, exámenes que corregir, clases virtuales que dictar. Pezones que amamantan, bebé que succiona. La casa llena de cojines que se colocan debajo de piernas, al costado de brazos, para sostener muslos, caderas y otras partes del cuerpo que quedan tendidos en el aire mientras se amamanta. Lo importante es lograr la mayor comodidad posible: física y mental. Es ese pecho la única manera de hacer dormir. Y cuando logra dormirse el bebé, se siente un gran alivio. Es cuando en lugar de echarse uno mismo la siesta, se deben continuar atendiendo más asuntos.

Mucho se ha hablado sobre la incompatibilidad de tener una vida profesional exitosa y ser mamá. Hasta que llegó Noah Marcel a nuestras vidas pensé que sería la excepción a esa regla. Me equivoqué. Existen escasos casos de mujeres que se ven apoyadas por sus lugares de trabajo en términos de su maternidad y todo lo que conlleva. Muchas otras como yo, se encuentran al margen de ese grupo. El derecho a tener una licencia de maternidad, por ejemplo, se ha tornado un privilegio en el mundo de las que trabajan por contrato o no tienen permanencia en sus lugares de empleo. Lo que por ley debe concederse, se convierte, de repente, en una regalía. Y la madre primeriza no tiene otra opción que fluir y hacer lo mejor que pueda para balancear esas dos arduas tareas: la de ser una profesional y la de tener a un recién nacido totalmente dependiente de ella.

El otro día mientras lactaba a Noah en un intento por hacer tranquilizar la rabieta y el llanto que tenía, mi perro Bruno comenzó a vomitar por toda la habitación. Había estado malito desde hace unos días y una tarde incluso colapsó y tuve que cargarlo en brazos porque apenas podía caminar. En ese instante me encontré en una complicada viacrucis obligada a tomar una decisión: separar al bebé del pecho en lo que atendía a mi querido Bruno y arriesgarme a que volviera a llorar desconsoladamente, o ignorar el gemido vomitivo del perrito en lo que Noah terminaba su sesión de alimentación y arriesgarme de que por no atenderlo, se me muriera o empeorara. En ese instante me levanté de la cama decidida a hacer ambas cosas hasta que el bebé haló mi pezón y del dolor, me tropecé y casi caigo al suelo.

Por más que queramos hacernos creer, no somos mujeres maravilla ni tenemos súper poderes. Se torna indispensable establecer prioridades en la etapa posparto y en el cuido de un recién nacido. La decisión en ese momento, sin embargo, se me hizo difícil. Quise hacer ambas cosas y me frustré ante esa imposibilidad. Somos humanas, todo no podemos; necesitamos otra mano o dos. Y está bien pedirla sin sentirse culpable.

La maternidad es una experiencia preciosísima en la que se experimentan sensaciones y emociones nunca antes vividas. Sin embargo, también puede ser una pesadilla en lo que uno se acostumbra al nuevo ritmo. He hablado con amigas que me han confesado que al inicio ni siquiera sentían ese amor incondicional del que tanto se habla, hacia sus bebés. Que se cuestionaban los primeros días y semanas si en realidad ser mamá había sido una buena decisión. Las aplaudo por su valentía y honestidad. El agotamiento físico, mental y emocional unido al dolor que se experimenta en el parto y posparto requiere de sanación. El problema es que no todas contamos con la posibilidad de tener ese tiempo de sanación y reposo, sino que una etapa colisiona con la otra sin permitir un minuto de descanso. Para no enloquecer se debe contar con un equipo o red de apoyo, es decir, personas que ofrezcan a uno paz mental y alivio. Como mujeres somos bravas, pero también vulnerables. Y reconocer esa limitación humana es parta de la solución y solo nos ayudará a ser mejores madres y profesionales en un mundo donde el apoyo es limitado y las expectativas y presiones diarias son la orden del día.

Dos partos, un hijo

Hace seis días nació mi hijo. Aunque gesté solo uno, mi ginecólogo me obligó a parir dos veces. Así es: una muy cerca de ser parto natural, y otra por cesárea. Como tantas y tantas mujeres embarazadas, fui también víctima de la violencia obstétrica: una realidad que trauma, desgarra la dignidad humana, desmiembra el cuerpo y ultraja las experiencias de parto en países como el nuestro.

Mi historia comienza así…

Tras 40 semanas de embarazo saludables, hace siete días comencé a experimentar contracciones fuertes. El bebé ya estaba preparando su éxodo de mi útero. El miércoles en la mañana decidimos encaminarnos al hospital donde daría a luz. Fuimos por un café y un desayuno antes y estacionamos el carro en las afueras del edificio.

Mil y un protocolos después- la mayoría justificados por el Covid-19-, empleados del hospital me subieron a una silla de ruedas y me separaron de mi amor. Le dijeron que cogiera por un lado de un pasillo mientras enfermeros me transportaban a ruedas por otro, hasta llegar a un ascensor. Cuando subimos al quinto piso, ya no volví a tener contacto con mi acompañante. Ni siquiera sabía dónde estaba, ni cuándo podíamos encontrarnos de nuevo. Me acostaron en una camilla para medir mi dilatación y me dejaron saber que aún tenía un largo camino que recorrer: había dilatado 1 centímetro de 10 que faltaban para entrar en parto activo.

El doctor que me atendió nunca entabló contacto visual conmigo. Me introdujo los dedos en mis partes forzosamente, luego salió de la habitación y acto seguido, entró una enfermera. Sin apenas compartir palabras me dejaron saber que la prueba tenía que repetirse para «estar seguros». En esta ocasión fueron incluso más bruscos. Solo quería que dejaran pasar a mi amor, quien se encontraba desesperado afuera de la sala. Con cada minuto aumentaba mi estado de ansiedad y vulnerabilidad.

Querían admitirme al hospital de inmediato y yo sabía qué significaría eso: era muy pronto y una receta segura para hacerme una cesárea injustificada. Esperé que las enfermeras abandonaran el cuarto. Me vestí y decidí que tenía que salir de aquel lugar frío, inhóspito, carente de empatía y pasivo-agresivo. Toqué puertas buscando salir, encontré todas cerradas. Me escondí del grupo de enfermeras y empleados que laboraban en los pasillos y salas, buscando éxodo. Estaba todo trancado. El doctor que me introdujo los dedos, se percató de mis intenciones y fue tras de mí. Le dije que había decidido irme, que asumiría la responsabilidad. Intentó convencerme de que me quedara «por tu bien y el de tu bebé». Me obligó a firmar un relevo de responsabilidad y acto seguido fui corriendo al ascensor a reencontrarme con mi amor, quien había sido escoltado a otra área. Aquello no era un hospital sino una base militar, una cárcel: un lugar donde si entras, te encuentras a la merced de un depravado protocolo.

Parecía como si los empleados se comunicaban entre sí con walkie-talkies y escondían una agenda oculta detrás de sus mascarillas. Sentí miedo, desespero, ansiedad. Me volví a encontrar con mi amor y nos tranquilizamos mutuamente. Regresamos a casa y pensamos una y mil veces qué haríamos. Noah Marcel estaba de camino y aunque no queríamos regresar a aquel lugar, sabíamos que había pocas opciones.

Al día siguiente mi amor consiguió una piscina inflable para que pudiese pasar el dolor de las contracciones que me acompañó durante esas horas, de la mejor manera posible. A pulmón la llenó y la ubicó en el centro de nuestra sala. Ahí sumergí mi cuerpo y mi abultado vientre. Dentro, Noah Marcel se contraía cada cierto tiempo causaba que mi barriga se tornase dura y adoptase formas raras. Con cada contracción, aumentaba el dolor y entraba en un trance más agudo. Intenté ubicarme en posición de gato para minimizar la agonía. Inhalaba, exhalaba, hasta que se me pasaba. Caminaba, meditaba, intentaba atraer pensamientos positivos y al cabo de algunos minutos, llegaba otra contracción más fuerte, más dolorosa.

Así estuve largas horas hasta que decidimos regresar al hospital. Era la 1:00 de la mañana del jueves. Durante todo el camino estuve en cuatro patas en el asiento trasero intentando minimizar la agonía de las contracciones, que ya eran mucho más agudas. Del edificio principal del hospital nos hicieron pasar nuevamente a la Sala de Emergencias a registrarme. Me subieron a otra silla de ruedas. Quinto piso. Separación de mi amor. Enfermeras y personal nuevo me atendieron en un cuarto frío y sumergieron sus dedos en mi vagina.

Ya había dilatado 4 centímetros y estaba más cerca del parto activo. Se me hacía difícil canalizar el dolor. Gritaba, gemía y aumentaba. El orden de los sucesos a partir de ese momento se tornan borrosos. Pasaron varias horas, mi amor logró que le dejaran acompañarme. También frustrado y vulnerable, intentó disimular el mal rato delante mío.

Me transportaron a otro cuartito. Me amarraron unas correas rosadas apretadas al vientre. Allí estuve largas horas. Me acompañaron varias enfermeras que iban rotando, no sé cuál menos empática que la otra. Me dijeron que pujara con cada contracción. Mujer que haya parido sabe lo doloroso que resulta esto. Sin embargo, no me rendí. Pujé y pujé como si no hubiera mañana. Estaba decidida que Noah quería y tenía que salir. En cierto momento entró mi ginecólogo. Con aires prepotentes de Marco Polo paseándose por aquellos pasillos, apenas nos sonrió ni saludó. Parecía como si tuviera cosas más importantes que hacer y le molestaba tener que estar allí esperando que pudiese parir a mi hijo.

Con una mano haló la cortina y entró al cuarto donde me encontraba pujando. Se echó gel sobre los guantes y sin comunicar apenas palabra, me introdujo los dedos dentro del útero para medir la dilatación. De 6 subí a 7 centímetros y en algunas horas- ya exhausta y completamente adolorida- había alcanzado 10 centímetros de dilatación. El niño se encontraba ya en el canal de parto a punto de salir expulsado cabeza primero. Una enfermera partera me acompañó durante parte del proceso. Me sostuvo las manos, la cabeza, los brazos. Me compartió palabras de aliento y positivismo. «Lo estás haciendo muy bien», me decía. Me devolvía esperanza a pesar del agotamiento y la agonía. Sentía ya a mi niño muy pronto a salir. Quedaba poco para salir de aquello.

Abrí los ojos y sentí otro halón de cortina. Había llegado el doctor nuevamente. Gel en dedo, dedo en vagina. Ya se estaba volviendo una rutina aquello. De repente se interrumpió el silencio. «Podemos esperar dos horas más, pero hay que tomar una decisión ya», dijo. Su argumento era que si esperábamos más, podían bajarle los latidos del corazón al niño. Que era un peligro. Que la cabeza del bebé era muy grande y no podía pasar por el canal. Que se le estaba poniendo de forma de cono y eso representaba una amenaza. Que había que, a todo costa, hacerme una cesárea. Se me inundó la mente de miedo, de angustia. Me bloqueé. No pude razonar. Tenía 10 centímetros de dilatación. Estaba tan y tan cerca. Pero según el doctor, quien no me dio la oportunidad, tan lejos.

20 minutos más tarde me transportaron a la sala de operación. Epidural inyectada en la espina dorsal, máscara de oxígeno en cara, sentí cómo perdía la sensación en las piernas. Me tumbaron sobre una camilla y taparon mi visibilidad con una cortina de papel. Nadie me explicó qué pasaría, cómo sería el procedimiento. «Todo estará bien, princesa, ese es el último dolor que sentirás», me expresó el anestesiólogo, que parecía más que nada un dandy. Me habían separado nuevamente de mi amor, pero ya no tenía fuerzas para reclamar.

Me fui de este mundo por un segundo, tal vez conscientemente. Aquello no era lo que había planificado. Me habían descarrilado a mí y a mi hijo. Un tajo, mucha hostilidad, grandes dosis de sangre después, escuché un llanto. Me pegaron la carita de Noah Marcel a la mía, pero apenas pude verlo. Lloré desconsoladamente. Me percaté en ese momento que tenía ambos brazos en forma de crucifixión y no podía mover el hombro izquierdo. Me quejé con la enfermera pero no hicieron nada para aminorarme la molestia. No podía moverme. ¿Dónde estaba mi amor? ¿A mi hijo, dónde se lo llevaban? Lloré y lloré hasta que me transportaron a otra sala donde me recuperaría sola debajo de una sábana de papel, mucho frío y tristeza.

Solo recuerdo la voz de mi amor susurrándome y colocándome su abrigo por encima. Temblaba del frío y de la anestesia, pero más por la incertidumbre y el dolor que sentía en el alma. Se llevaron al niño cuatro horas. Cuatro horas no supimos de él. Mi amor logró enseñarme algunas fotos que tomó del pequeño en la sala de operaciones. Era precioso, estaba sano y eso era lo principal. Sin embargo, el dolor que sentía era más fuerte que todo lo demás. 

La violencia obstétrica fue descrita por el experto en salud pública Javier Morales como aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, a través de un trato deshumanizado o una medicalización excesiva de los procesos naturales. Además, puede resultar en heridas físicas y traumas emocionales permanentes. Las cesáreas y atención innecesaria también pueden ser un acto violento. 

(…)

Los próximos tres días fueron tortuosos. Tuvimos que pernoctar en el hospital los tres en un cuarto compartido con otra madre recién parida y su madre. Pero lo peor no era eso sino el protocolo del hospital que permitía y fomentaba un ambiente de cero consideración, empatía y profesionalismo. Cada enfermera se tomaba la libertad de halar la cortina de nuestra habitación para entrar y tomar vitales varias veces cada hora, hacerle mil y una pruebas al niño, sacarme sangre y agujerearme más las venas a mí y hacer mil preguntas cada una más tonta e inoportuna que la última. Con cada cambio de turno, llegaban manadas de enfermeras a preguntar el número de pulsera mía y del niño, en qué mano tenía el suero, mi nombre completo, fecha de nacimiento, etc. etc. En otras ocasiones entraban doctores con cuatro o cinco estudiantes practicantes al cuarto a usarnos de ejemplo para sus clases. 

El suero que me pusieron estaba conectado a una máquina con mil y un cables y pitaba descontroladamente por cualquier razón. Bip bip bip bip. Cada tres horas pitaba más si no estaba enchufado a la pared porque se quedaba sin carga. Había que llamar al botón para que llegase una enfermera a apagarlo. Para ir al baño era una misión no enredarse con los cables u ocasionar un accidente. La herida de la cesárea no me permitía apenas moverme. Tenía todo el cuerpo demacrado por mis dos partos: el que tenía que ser y el que me obligaron a tener. Tensión, agobio, agotamiento y dolor me inundaban la piel y la mente. No se podía conciliar el sueño, la tranquilidad, respirar en paz. La tortura china era un nene de teta al lado de eso. Y todo se justificaba con las palabras: es protocolo del hospital.

Le tengo más miedo al protocolo que al Covid, dijo mi amor ya harto de la situación a la que nos tenían sometidos. Hacías preguntas a las enfermas y obtenías pocas – si alguna- respuesta. El ginecólogo solo vino a visitar dos veces por un máximo de 5 minutos en total. No había a quién reclamar, con quién dialogar, en quién confiar.

Al segundo día llegaron con los resultados de un CBC que indicaba que tenía los niveles de hemoglobina en 6 (el índice más bajo es de 11). Tenían que hacerme una transfusión de sangre porque había perdido demasiada durante la cirugía y el casi-casi parto natural. El escenario no parecía que podía tornarse más tétrico, pero así fue. A las cuatro horas trajeron la primera pinta, luego la segunda. Más pinchazos. Bip bip bip bip. Más dolor. Otra noche sin sueño.

(…)

Llegó por fin el domingo y mis índices de hemoglobina habían subido a 9.5. Ya podían darnos de alta. Aún temerosos de que llegarían a anunciarnos una mala noticia de que tendríamos que quedarnos en aquel lugar nefasto y violento algún tiempo más, dudamos hasta el final. Nuestra compañera de cuarto nos compartía su experiencia- también desagradable- mientras esperábamos el papeleo del alta. Nos contó que ella, igual que yo, había sido víctima de violencia obstétrica. Que le rompieron fuente con un instrumento de metal, que le indujeron el parto antes de tiempo, que la trataron con poca humanidad y empatía, que sentía que le habían violentado los derechos. El trauma fue tanto que decidió tras una cesárea, también esterilizarse para no tener que vivir una experiencia similar nunca más.

Ese día logramos salir de aquel infierno. Nos fuimos los tres, nuestra nueva familia, con enormes sonrisas y sintiendo gran alivio a nuestra casa a empezar una vida juntos. Las heridas de esta experiencia nos han hecho más fuertes como unidad y aunque no queremos seguir repasándolas, es importante el desahogo y la canalización de emociones.

Tres cartas para mi hijo que está por nacer

La primera

Hace 28 semanas que te cargo dentro de mí. Hace ese mismo tiempo que te adheriste a mis entrañas, a mi vientre. Desde entonces mi cuerpo se ha convertido en tu hogar, es todo lo que conoces. Cada decisión que tomo, cada emoción que corre por mis venas, tiene un impacto directo en ti. Jamás había medido y evaluado tanto lo que hago, lo que pienso, cómo permito que me afecten o no las circunstancias de la vida…

Ya no existo solo para mí, sino sobre todo para ti. Te tengo en cuenta con cada paso que tomo. Aunque no te pueda ver, tu existencia es lo más palpable que poseo. 

Cuando te vi por primera vez a través de una pantalla en la oficina del doctor, tenías cinco semanas de existencia, la forma de corazón y eras del tamaño de un grano de arroz. No eras humano todavía, sino la esperanza en formación de uno. Ese embrión que vi fotografiado en la ecografía ya se ha convertido en un futuro ser humano del tamaño de una cabeza de coliflor y en el que pienso a cada paso. Ya estás pronto a nacer. Lo hemos logrado y estará todo bien. A esa ilusión me aferro.

Todo este proceso ha estado marcado precisamente por ilusiones y surrealismo. Desde luego, el 2020 ha sido un año para no olvidar. Y aparte de eso, hasta los cinco meses no había evidencia física exterior de tu existencia. Era fácil olvidarlo entre ratos. Hasta que por fin mi vientre se abultó de la noche a la mañana y llegó un momento en el que te sentí por primera vez. Con ese movimiento cambió todo. Quiero que te encuentres siempre bien, que estés cómodo y saludable, hasta el día en que te toque salir y conocer el mundo.

A veces pienso que los padres somos egoístas por crear vida sin la posibilidad de preguntar si en realidad nuestros hijos la quieren y aceptan. En tu caso, sin embargo, estoy casi segura de que estás tan ansioso por llegar al mundo como he estado yo toda la vida esperando el momento de conocerte. Tal vez incluso que nos elegiste, a tu padre y a mí, para ocuparnos de ti y guiarte por este camino que llamamos vida. Eres el producto más fehaciente de nuestro amor. Y el amor es capaz de todo.

Y a pesar de desearte tanto, aún no me siento preparada para ti. Me aterra la idea de que llegues a este mundo tan cruel, tan desgarrador, así de pequeñito e inofensivo. Así de vulnerable serás y me toca a mí protegerte y cuidarte por siempre. Espero hacerlo lo mejor posible y que seas un ser feliz y en armonía contigo mismo y con tu entorno. 

Hemos decidido llamarte Noah Marcel, aunque a veces se nos ocurren otros nombres que nos hacen dudar. Aquí te esperamos, tu padre y yo junto con el resto de la tribu, con tantas ansias y tanta ilusión. De momento seguiremos preparándonos para tu llegada, para hacerte sentir lo más cómodo y amado posible. ¡Hasta pronto!                                                

Mamá (27 de junio de 2020)

(…)

La segunda

Anoche casi no pude dormir y sé que tú tampoco. Estos días han estado arropados de tanto calor y polvo del Sahara que conciliar el sueño se hace misión casi imposible. Estuviste casi toda la noche dándome golpes y señales de vida en la panza. Algunas de tus patadas son fuertísimas y capaces de levantarme en medio de la noche. Para ser un no nato de solo tres libras, me impresionas, Noah Marcel. Seguro serás un niño grande, fuerte y saludable una vez nazcas.

Últimamente, las temperaturas han subido incluso más de lo normal en mi cuerpo por el embarazo; estoy que no soporto la pegajosidad del clima. De madrugada hubo un temblor de tierra y por eso tampoco pude dormir bien. Desde que comenzó este año, hijo, la tierra no ha dejado de temblar. Acá en Arecibo no se sienten tanto los sismos, pero la gente del sur sufre mucho.

El 2020, año en que has elegido nacer, ha sido muy duro, sobre todo sorpresivo e impredecible. Comenzamos con los temblores después de haber sobrevivido María, y ahora nos ha azotado esta terrible pandemia que es la Covid-19 y todo lo que ha conllevado. En enero me enteré de tu existencia. Llevaba meses, años, soñándote, pero nunca y menos en estas circunstancias puede uno prepararse lo suficiente para recibir a un hijo. 

Ya comencé el tercer y último trimestre. Te esperamos en poco más de 90 días. No veo la hora, aunque como te he dicho, también me aterra la idea de no estar lo suficientemente preparada para recibirte. De momento me estoy enfocando en descansar (¡tenerte creciendo dentro de mí es agotador!) y en estar lo más tranquila y feliz posible. Quiero que tú también lo estés. Te quiero tanto hijo y ni siquiera te conozco todavía. 

Mamá (28 de junio de 2020)

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La tercera

Ya es solo cuestión de días y llegarás al mundo, Noah Marcel. Hoy cumplí 38 semanas de embarazo y tengo la panza tan estirada que apenas logro respirar bien de día ni dormir bien de noche. Cuando te mueves, mi vientre parece salido de una película de ciencia ficción por los movimientos tan peculiares que forma al estirarse.

Cargo a diario casi 30 libras de ti y todo el paquete con el que te has ido formando durante estos meses. Me siento pesada pero no puedo quejarme porque sé de otras mamás que la pasan mucho peor. El sacrificio que hago por hacer de mi cuerpo tu fábrica de producción y crecimiento, lo he hecho con toda la disciplina y el amor del mundo. Sabes cuánto te he deseado. 

Supone que nazcas el día 20 de este mes y ya hoy estamos a 6. Nadie, solo tú sabe exactamente cuándo llegará tu hora verdadera de salir de mi útero. Cuando estés preparado, sin prisa, te esperaremos con los brazos más que abiertos. A veces siento ansiedad por ese momento porque no puedo planificarlo ni controlarlo. Me aterra el frío del hospital, el dolor, las cosas que no pueda controlar. Sin embargo, tu llegada y todo lo que ha implicado desde el primer día han sido la prueba de paciencia y desapego más grande que he experimentado en mi vida.

Has llegado a mí y desde ese primer momento te has convertido en una gran lección tras otra. Gracias hijo por enseñarme tanto en tan poco tiempo. Supongo que de eso se trata el amor incondicional que sienten las mamás.

No veo la hora de conocerte, de mirarte a los ojos, de por fin cargarte y sentirte fuera, en lugar de dentro de mí. De momento te percibes enorme y con cada estirón y patada, siento como si ya mi tripa no te abasteciera y tanto tú como yo ansiamos que llegues al mundo y conozcas otros espacios donde habitar y estés más cómodo y en libertad.

El doctor nos dijo hace unas semanas que ya te encuentras en posición para nacer, cabizbajo y que es solo cuestión de días para que conozcas el mundo exterior. Todo parece marchar bien. Sé que el tiempo que vendrá justo después de tu llegada será complicado: de mucho agotamiento y adaptación, tanto para ti como para mí. Pero ya me siento más preparada, más tranquila. Al menos eso creo. Lo único que le pido al Universo ahora Noah es que tu llegada sea de mucha paz, humanidad y amor.

Nuestras vidas están por cambiar. Toda la tribu inmediata te espera. ¡Qué nervios y popurrí de emociones siento!

Mamá (6 de septiembre de 2020)

Cómo el COVID-19 está matando la educación

La enseñanza virtual aporta algunos beneficios y muchas desventajas, tanto para el docente como para el estudiante y los centros de educación superior. Ante la nueva normativa que supone el COVID-19, la mayoría de universidades en Estados Unidos y Puerto Rico ha optado por cambiar sus clases a la modalidad virtual, un giro que podría marcar el principio del final de la educación cómo la conocemos.

Quienes nos dedicamos a la docencia presencial, el semestre pasado nos enfrentamos de lleno y de modo muy inesperado a la experiencia de dar clases a distancia. El virus nos zumbó a una piscina helada y desconocida, sin salvavidas. Nos tocó salir a flote, sobrevivir y terminar el semestre de la mejor manera posible. Pasamos del aula y el contacto directo con nuestros alumnos a sentarnos frente a una pantalla e intentar seguir transfiriendo conocimiento del mejor modo posible. Haz lo mejor que puedas, me dijo mi jefe en una ocasión.

Nadie se imaginó que llegaría con tanta fuerza este virus, ni que este cambio abrupto se produciría y de qué manera se produciría. Todos tuvimos que adaptarnos, de la noche a la mañana, a las nuevas exigencias y necesidades de la enseñanza virtual en plena pandemia de COVID.

En tiempo récord aprendimos a más o menos manejar plataformas de reuniones virtuales previamente desconocidas para muchos, como Zoom, Google Meet y Microsoft Teams. Estas permitían conexión parcial con los estudiantes, que, al otro lado de la pantalla también intentaban mantenerse a flote en medio de la pandemia. Algunos asistían religiosamente a las reuniones virtuales, otros cuando lograban conexión o acceso a una laptop y unos cuantos se desaparecieron sin dejar rastro.  Sin duda alguna, el semestre pasado fue uno de los más retantes como docente. Una buena dosis de paciencia, empatía y consistencia probó ser la mejor receta para sobrellevarlo todo.

Aparte de los problemas técnicos que surgen a menudo por la mala conexión o las faltas que aquejan las plataformas virtuales- capaces de sacar de quicio a cualquier– la enseñanza virtual padece de muchos otros problemas.

Uno de los principales recae en la falta de comunicación interpersonal, tanto entre profesor y alumnos, como en términos de la dinámica general que se produce estando en el salón de clase. Nadie se siente cómodo hablándole a una máquina y convenciéndose de que detrás de la pantalla hay personas interesadas en lo que uno dice.  A menudo reina el silencio y la clase se convierte más bien en un monólogo. En otras ocasiones, te toca repetir lo mismo varias veces y es complicado controlar las interrupciones auditivas: personas que hablan fuera de turno, perros que ladran, vecinos o familiares que se escuchan entre sí y otros ruidos de fondo que sobre todo, distraen.

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Aparte, dar clase desde el hogar es permitir (de modo consciente o inconsciente) un grado de intimidad entre emisor y receptores que no existiría en el caso de los cursos presenciales. Es abrir tu casa, tu espacio, tu privacidad y compartirlo todo voluntariamente con un grupo de estudiantes que hacen lo mismo. Un par de veces me encontré con estudiantes que se dejaban ver en pijamas, comiendo en sus camas o en otras posiciones muy íntimas e inapropiadas. En lo personal, esto me causa incomodidad.

Por otra parte, las estadísticas muestran que la enseñanza virtual lleva a una mayor cantidad de bajas estudiantiles. Aparte de disciplina, esta modalidad requiere de un alto grado de paciencia, concentración, retención y adaptabilidad: cuatro cualidades que muchos carecen.

Las clases virtuales han causado mucho eco en tiempos de COVID, sobre todo en términos negativos. Algunos profesores, por una parte, se quejan de que los estudiantes no tienen la disciplina requerida de este modelo, mientras que estudiantes hacen público su malestar por docentes que envían demasiada carga académica con poco tiempo para entregar.

Ciertamente, el modelo de enseñanza virtual requiere de unas destrezas y unos recursos que no todos poseen. Aparte del conocimiento y la fluidez tecnológica básica (cosa que se puede aprender en un simple tutorial de YouTube), hace falta la capacidad de adaptación y ni mencionar lo obvio: recursos tecnológicos al alcance. No es posible hablar de clases virtuales sin tener acceso a una computadora, materiales pedagógicos y conexión a internet. La educación virtual es, por tanto, un modelo que tiende a ser discriminatorio y elitista.

Adaptarse a estos nuevos tiempos de mascarillas, incertidumbre, salidas estresantes al supermercado, toques de queda y la necesidad de tener internet ilimitado para manejarte en varias plataformas, se ha vuelto tarea indispensable. La conexión virtual es la única conexión social para muchas personas en estos tiempos de pandemia. Por más artificial que sea, nos hace sentirnos parte de algo, nos mantiene enganchado a las redes, las noticias y, para muchos, al trabajo. Por ende, no contar con el preciado recurso virtual desde la comodidad de tu hogar que es el acceso a la web, es quedarse atrás y estar aislado incluso más.

Dar o tomar clases virtuales no es tarea fácil ni «cáscara de coco», sobretodo si tienes que viajar fuera de tu casa para acceder a internet (un privilegio que no todos tienen y muchos dan por sentado). Al principio de la pandemia, me tocó viajar fuera de casa, expuesta a ser multada por violar el toque de queda, solo para tener acceso a la web y poder quedar bien con mis estudiantes. Sucedía que algunos con recursos no entregaban los trabajos ni participan de las clases virtuales, mientras que otros, sin computadora ni conexión, hacían las tareas a mano y me enviaban fotos de su cuaderno. El que quiere, puede y hace lo que sea por cumplir, pero sin duda que esta crisis, es un asunto de clases sociales que afecta mucho más a los vulnerables.

La educación en-línea supone muchos otros desafíos que esta entrada de blog no podrá abarcar por falta de tiempo y espacio, pero dos de los que más me preocupan son: la robotización de la enseñanza y la posibilidad de hacer obsoleto al docente.

Con robotización me refiero a la falta de improvisación, la espontaneidad y la dinámica tan mágica y bonita que se produce en el aula. Nada sustituye el intercambio presencial de ideas, las discusiones no planificadas, la exposición de gestos, el humor y la conexión humana que caracteriza el proceso de enseñanza-aprendizaje presencial. Pretender que una computadora pueda transferir la calidez y el contacto interpersonal es absurdo y no hace más que acercarnos a una era de mayor frialdad, distancia entre personas y robotización impersonal.

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El segundo punto, sin embargo, es quizá el que más preocupa. Ante la nueva normativa que ha supuesto el COVID-19, en Puerto Rico ya se han producido miles de despidos, sobre todo en la empresa privada y también en centros docentes. El desempleo ha alcanzado niveles que no se habían visto en décadas. El ambiente que reina es uno de ambigüedad, miedo e incertidumbre en todos los sectores laborales.

Algunos docentes de centros educativos privados han tenido que lidiar con recortes de salario de hasta 20%, otros de la noche a la mañana se han encontrado sin empleo y otros tantos cuelgan de un hilo. Estamos todos desprotegidos y este sentimiento solo aumenta y contribuye al miedo generalizado.

La enseñanza virtual agrava esta situación al convertir los materiales pedagógicos en bienes de acceso público a la disposición de cualquier persona. El docente, por tanto, cede sus derechos de autor y a la vez pierde autonomía y libertad de cátedra al permitir que otras personas puedan impartir sus cursos desde plataformas virtuales. Accedemos a estas condiciones porque no nos queda otra opción. Debemos tener claro, sin embargo, que esto equivale a regalar nuestros años de experiencia y conocimiento para ponerla a la merced de otros. El nuevo esquema nos hace vulnerables, redundantes y nos acerca a convertirnos en obsoletos.

Solo el tiempo dirá qué tipo de impacto a largo término tiene y seguirá teniendo el COVID-19 para las universidades y otros centros docentes, y aunque es importante mantenerse positivo, toca también vislumbrar esta nueva normativa, sobre todo en términos de la educación y los que trabajamos en este sector.

Optimismo en tiempos de pandemia y terror

Ayer culminó el 1er Simposio Iberoamericano de Periodismo Cultural, organizado por la Fundación Elena Poniatowska desde la Ciudad de México. Fueron invitados a dicha reunión virtual una decena de figuras prominentes del campo de la literatura, el periodismo, el quehacer cultural y también mediático. La mesa 5, celebrada también ayer contó con la presencia del cronista argentino Martín Caparrós (desde Madrid), Jaime Abello, director de la Fundación Gabo (desde Cartagena, Colombia), José Gordon, periodista y escritor y la moderadora, Jacaranda Correa (ambos desde México). Durante una hora el conjunto debatió interesantísimos temas relacionados al periodismo, la literatura, la ciencia, mientras entrelazaba también un análisis sobre la pandemia que difícilmente puede escaparse de todo diálogo en la actualidad: la COVID-19.

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El futuro produce miedo. Con esta frase inició la discusión Martín Caparrós, quien a pesar de dedicarse al periodismo, se formó en historia. Existe, según él, una concepción de temor generalizado acerca del porvenir, ya que no se consigue imaginar que el tiempo que queda por llegar sea mejor que el que vivimos o el que ya se vivió. El cronista, quien ha estado confinado en su residencia en Madrid durante la pandemia, admite que este fenómeno, no nos permite planificar para el futuro y además, le tiene trastornado. Dice que el miedo produce que las masas busquen medición sacerdotal para aliviar estos sentimientos. Estos mediadores se apoderan de la ciencia, la religión, los medios y les seguimos: hacemos lo que nos digan ciegamente.

El coronavirus ha llegado a poner sazón a la sociedad poscolonial donde se padece de otro virus aparte de este que ha cobrado la vida de cientos de miles de personas alrededor del mundo. José Gordon se refiere particularmente a los virus sociales: la desigualdad, la pobreza y todos los otros males que aquejan nuestro mundo actual y se han pronunciado a raíz de este fenómeno.

Ata la realidad actual de la COVID, ese demonio invisible que flota en el aire (así como la referencia que aparece en la novela La peste de Albert Camus, publicada en 1947) con alusiones de García Márquez en Cien años de soledad. El virus del olvido, dice, hace que se borren memorias de la infancia; se nos olvidan los nombres y la función de las cosas, hasta hacer que perdamos la conciencia de quiénes somos. El Macondo de García Márquez se materializa en la actualidad… Para Gordon la literatura no es otra cosa que el diagnóstico de nuestros tiempos: revela lo invisible de lo visible.

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El periodista y escritor mexicano José Gordon conversa virtualmente con Jaime Abello, Martín Caparrós y Jacaranda Correa.

La pandemia nos ha amenazado con la política del miedo, el terror, la manipulación y, por ende, el control. Tememos contagiarnos, tememos al otro, tememos no poder sobrevivir, tememos salir de casa, ver la familia, leer la portada del periódico, enterarnos de las nuevas cifras… Como si fuera poco, el terreno de lo virtual hace que temamos también otra cosa. Jaime Abello le llama el capitalismo de vigilancia, es decir, cómo a través de los datos que entregamos gratuitamente en internet y las redes sociales se le añade la neurociencia para determinar las tendencias de consumo y de este modo se produce el control cibernético. Pandemia, rastreo, control de las grandes empresas y del gobierno, sistemas de vigilancia en todas las esferas. El éxito del poder recae ahora más que nunca en el control.

Sin embargo, no todo debe mirarse desde un foco pesimista. La pandemia ha hecho que para los que se dedican a la escritura, se intenten descubrir otras narrativas triunfantes. Según Gordon, nuestra tarea para salir de la crisis recae en crear ideas colectivas que despierten curiosidad y revelen lo oculto del pensamiento. Tanto la ciencia como la literatura son mudanzas donde se circulan ideas. Tal vez podamos construir y desarrollar la imaginación e inteligencia colectiva; ese es nuestro reto.

Abello coincide en que debe establecerse una alianza entre el periodismo, la literatura y también la ciencia, incluso la ciencia humanista que se encarga sobre todo de conocer y profundizar en la condición humana.  También coinciden en que toca tener esperanza y alejarnos de las narrativas sacerdotales. A pesar de que se han exacerbado las diferencias sociales a raíz del virus, para el colombiano, necesitamos una sociedad mejor informada y movilizada; hay mucho trabajo para los periodistas. Se debe trabajar en contra de las mentiras y las noticias falsas. La sustentabilidad económica del periodismo es otro desafío; hay que echar pa´lante.

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 El círculo virtual culminó en una nota positiva, de aliento para estos tiempos de grandes complicaciones y retos sociales, económicos, políticos y de salud. Los invitados concuerdan que aparte de mantener optimismo, toca crear las condiciones para seguir produciendo buen periodismo que aporte a la circulación de ideas y textos basados en ética, en la profundización de historias humanas y la rigurosidad que define el oficio.

Cabe mencionar que aparte de todo el estrés y el agobio que han producido estos últimos meses de confinamiento alrededor del mundo, el coronavirus ha hecho posible una democratización de la información que agiliza el acceso a encuentros como estos, que para personas que nos encontramos fuera de los espacios físicos de gran producción cultural como lo es la Ciudad de México, se hace posible participar de estas tertulias, aunque sea de modo virtual.

Se le agradece a la Fundación Elena Poniatowska por organizar espacios de pensamiento y debate tan importantes en estos tiempos, ¡enhorabuena, esperemos se repitan!

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Crónica de una tarde en Castañer

Se considera una de las poblaciones más remotas de Puerto Rico. Se encuentra en medio de dos municipios: Lares y Adjuntas y colinda con otros tres: Yauco, Las Marías y Maricao. Quien no tiene algún referente o razón para llegar a este poblado, seguramente no lo conocerá, aunque razones para explorarlo, no faltan.

 (…)

Llegué a Castañer inesperadamente. No lo planifiqué, no conozco particularmente a nadie de esta zona, ni tenía un plan claro sobre lo que haría. En plena cuarentena impuesta por el COVID-19, las ganas de salir en carro a dar una vuelta por la isla aumentaban con el paso de los días. Ayer, finalmente con la excusa de ascender a un monte que ubica en Lares y la colindancia con Las Marías, me dio con la idea de continuar el viaje. Recordé a una estudiante que tuve hace una par de años que muy orgullosamente aprovechaba cada oportunidad para recordarme que ella no era de Lares sino de Castañer. Es muy bonito, profesora, debe ir a conocerlo. 

Del pueblo de Lares, el mapa de Google marcaba que llegar a Castañer tardaría unos 56 minutos. Sin embargo, nos encontrábamos en un pico sin nombre y desolado en Lares, donde ascendimos a un cierto punto desde donde era posible ver unas alucinantes vistas de la isla. Matices de verde chatré que pintaban las montañas, aves de rapiña de enormes alas y cabezas rojas que husmeaban en el aire y una cruz de madera marcaba el punto más lejano de los tres picos. Decidimos descender cuando una nube de avispas se acercó a nosotros. Cotejé el mapa de Google nuevamente. Decía que Castañer se encontraba a 34 minutos.

Tres picos sin nombre ubicados en Lares.

Sin pensarlo más decidimos irnos a la marcha. Veredas en forma de túneles naturales arropaban la carretera. Cafetales por doquier y siembras bien planificadas y organizadas de plátanos, guineos y algunas chinas nos acompañaron durante todo el camino. Montes con impresionantes picos, uno en particular de forma piramidal capta mi atención. El trayecto tardaría poco más de media hora desde donde partimos, aunque pareció más de eso. Llegar a Castañer es casi como llegar a otro mundo.

Casa de madera pintoresca y siembras de plátano y guineo de camino a Castañer.

La búsqueda de Google arrojó varios resultados, pero lo que más acaparó mi atención fue una foto de una bellísima y desconocida represa: el lago Guayo. Decidimos que allí intentaríamos llegar. Mientras más nos adentrábamos, las callecitas se hacían también cada vez más estrechas. Apenas nos cruzamos con uno que otro carro en el camino. Árboles de bambú gigantes nos hacían compañía y proveían sombra. Llegamos finalmente a una calle sin salida, tipo cuchillo y con bajadas super empinadas. Allí en la profundidad de la tierra lareña vivía gente. Un joven con su padre se encontraban afuera  de su casa con sus tres perros. Nos detuvimos a preguntar cómo llegar al cuerpo de agua. Lleguen hasta el Club Caza y Pesca, dejen el carro afuera y por ahí pueden entrar. 

Ubicado a unos 459 metros sobre el nivel del mar, en Castañer hace fresco casi todo el año y se estima que lo habitual es que, sus aproximados 6,000 residentes disfruten de 60-75 grados Fahrenheit todo el año. Descendimos la carretera hasta obtener una mejor vista del lago. Detectamos a mano izquierda un cartel anunciando el Club y dejamos el carro justo al lado del mismo. Un señor mayor con machete en mano en busca de vete a saber qué cosa era la única presencia humana aparte de nosotros. Antes de regresar a su carro hizo un par de comentarios acerca de la pesca de tilapia en el lago, antes de marcharse. Acto seguido apareció otro vehículo y esta vez era el de una señora, quien con una llave abrió el portón de acceso al Club Caza y Pesca. Aproveché para preguntarle si podíamos acceder al área y acercarnos al lago. Por aquí mismo pueden coger. El camino es bonito y de una vez hacen ejercicio…

Desde la entrada del Club es posible acceder al Lago.

No me imaginé que el camino fuese realmente tan bonito. Cafetales rodeaban todo el lago a un lado y otros árboles daban sombra al otro. Una estrecha carretera embreada y alargada llevaría al Club, donde en tiempos normales se suelen alquilar cabañas para turistas locales y extranjeros. No llegamos hasta allí. No hacía falta. Adelantamos un poco el camino. Me acerqué a un cafetal, arranqué una semilla de café, la exprimí y olí su pulpa. Respiré aire puro y absorbí el bello panorama de las aguas turquesas del lago Guayo, sus pájaros, su tranquilidad, su lejanía y enigma. Allí se detuvo el tiempo.

Siembras de café rodean el Lago Guayo.

Lago Guayo, Castañer.

 

Decidimos que después de aquel respiro de aire puro merecería la pena llegar hasta el poblado de Castañer. El GPS marcaría la localización a unos 8 minutos. En la distancia divisé el Hospital General de Castañer y sus pulcros alrededores. Llegamos hasta la plaza principal. Justo en frente, los únicos dos negocios abiertos: una bodega que vende desde cervezas y canecas de ron, hasta miel y berenjena. Nos detuvimos aquí a charlar un rato con el propietario y su padre. Además de su amabilidad, percibimos su fuerte acento y orgullo de ser ciudadanos de este poblado, cuyos residentes prefieren considerar casi otro municipio. Justo al lado, una panadería despachaba pan y otros alimentos para llevar. Un colorido mural y dos banderas anuncian la llegada a este remoto poblado del barrio Bartolo de Lares. Un cartel frente a la plaza nos acerca a su historia…

Plaza principal del poblado de Castañer.

 La historia de Castañer se remonta al año 1830 cuando un grupo de inmigrantes de Mallorca llegaron a la isla porque el gobierno español concedió cuerdas de terreno a personas capaces de desarrollarlas. Entre 1833 y 1852 se establecieron en la zona haciendas cafetaleras. Unos años más tarde llegó a la zona un joven de nombre Juan Castañer, quien con solo 14 años se dedicó de lleno a la industria cafetera y más tarde ascendió a mayordomo. Se dice que en 30 años llegó a crear una hacienda de más de 2000 cuerdas, una de las más grandes y reconocidas de todo Puerto Rico. Se le conoció primero como San José, luego como los Rabanos y hoy día, como Castañer.

A pesar de su pequeño tamaño, desde luego en Puerto Rico sobran las joyas naturales, los paraísos sin descubrir y los rincones remotos como estos donde se percibe el rico legado histórico y cultural de nuestro pueblo. Aprovechar la cuarentena para ir a descubrirlos se torna casi obligatorio. No te arrepentirás…

Lecciones de cuarentena

El toque de queda impuesto por el gobierno de Puerto Rico ante la amenaza que supone la pandemia del COVID-19 implica, para muchas personas, pasar por un proceso de cinco etapas psicológicas, similares a las del duelo emocional. Según la teoría desarrollada por la psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kubler-Ross en 1969, las personas tienden a emular un cierto patrón de comportamiento cuando se enfrentan a una gran pérdida. Aunque la galena se refería a la ausencia de un ser querido, no poder salir de casa implica también asumir unos cambios repentinos y difíciles de asimilar. En el primer caso es la muerte de alguien que queremos, en el segundo, la muerte de nuestra rutina habitual.

Aunque no todo el mundo experimenta las cinco etapas, ni tampoco necesariamente en el mismo orden, estos estados mentales transcurren desde el momento en que la persona se entera de la muerte o pérdida, hasta el momento en que comienza a aceptarla.

NEGACIÓN-IRA-NEGOCIACIÓN-DEPRESIÓN-ACEPTACIÓN

El dolor psicológico ocasionado por los cambios repentinos, va y viene como las olas del mar. A pesar de que la pérdida de un ser querido y la imposición del aislamiento social son fenómenos muy diferentes en sí, comparten algunos rasgos en términos de cómo las personas lidian y digieren estas experiencias. El cambio de patrones y hábitos equivale también a asumir una pérdida para dar bienvenida a una nueva realidad de vida. Es útil conocer este modelo ya que puede ayudarnos a prepararnos mejor para afrontar este tipo de experiencias. Asimismo, al comprender los procesos por los que pasamos en nuestra vida, nos permite lidiar mejor con las experiencias y lograr mayor paz y tranquilidad en nuestro entorno.

(…)

Hace dos semanas y dos días los puertorriqueños estamos encerrados de modo forzoso en nuestros hogares por culpa de una pandemia que ha trastocado la realidad de una quinta parte del mundo. Según el Centro de Periodismo Investigativo (CPI) se estima que podrían morir entre 20 y 50 mil personas en la isla: un dato difícil de digerir. Las personas mayores son las más vulnerables, aunque hemos visto en los últimos días cómo el virus no discrimina y ha también cobrado la vida de miles de personas, entre ellas: jóvenes, adultos, niños y hasta bebés.

Cuando primero se anunció la orden ejecutiva que imponía el aislamiento social, muchos sentimos negación. Nos costó aceptar la gravedad del virus, aceptar que de momento, no podíamos volver a nuestros centros de trabajo y cumplir con las obligaciones diarias y que se vería trastocada nuestra realidad cotidiana.

Acto seguido muchos sentimos ira. Ira hacia el gobierno, las grandes corporaciones, el virus en sí, también resentimiento y resignación por no poder cambiar esta nueva realidad. Frustración sentimos por la imposición de un toque de queda, por no poder salir de casa ni cobrar un salario, ni tampoco relacionarnos con otros. La ira suele ir acompañada también de la tristeza profunda al aceptar que esto no lo podremos cambiar, al menos de momento. Este virus, al igual que la muerte, es irreversible. Además, el toque de queda es el resultado de una decisión que se ha tomado y esto implica que consciente o subconsciente muchos intentamos buscar a un culpable. Al identificar a un culpable de la desagradable sensación que sentimos, intentamos protegernos, exportar y expulsar el dolor propio.

Al no poder encontrar una solución inmediata a esta situación, afrontamos como resultado, una fuerte sensación de enfado. Es normal llorar en algunos momentos. La frustración hace que afloren en uno sentimientos explosivos, impulsivos y de grandes emociones, a veces encontradas. Muchas personas han comentado en redes sociales que el toque de queda ha provocado sensaciones de locura repentina, pues se sienten fuera de sí

La tercera etapa es la de negociación y suele ser la más corta. Aquí es cuando comenzamos a crear una película en nuestras mentes para intentar establecer una lógica dentro de la situación. Fantaseamos con la idea de poder revertirlo todo y aliviar el dolor que sentimos. Muchos se encuentran separados de sus familias, tantos otros han perdido sus empleos. A medida que pasan los días, aumenta la incertidumbre, la pobreza, el hambre, el miedo. Aquí es cuando chocamos nuevamente con la realidad y pasamos a la siguiente etapa: la depresión. Este estado de tristeza y melancolía provoca que algunos también sientan malhumor, se aíslen incluso más o desarrollen comportamientos antisociales.

Por último y en un tono más alentador se encuentra la quinta etapa: la aceptación. Esta es la meta de todo el proceso y aquí es cuando además de llegar a un estado de paz, crecemos. La cuarentena nos hará crecer, individual y colectivamente, porque no hay manera de crecer si no es por medio del sufrimiento y el cambio, que es lo único seguro que tenemos en la vida. Una vez aceptamos, nos restablecemos y reconciliamos con todas las otras emociones experimentadas. Por último, damos paso a una nueva normalidad, a la que damos la bienvenida con brazos abiertos.

Todo pasa y aunque ahora todo este caos parece eterno, también pasará y dará paso a una nueva realidad de aceptación, crecimiento y lecciones aprendidas.