¿Celebración del colonialismo?


Celebrar el legado colonial de un país es una cosa muy rara que solemos hacer los seres humanos cuando viajamos al exterior. En América Latina, por ejemplo, las agencias de viaje diseñan sus itinerarios para incluir visitas a ciudades donde es posible observar arquitectura colonial o acudir a restaurantes donde los ingredientes europeos, indígenas y africanos se fusionan y cobran vida en la cocina criolla. Los vestigios arquitectónicos, estéticos y gastronómicos del colonialismo se celebran cuando se visitan otros destinos y de eso cabe poca duda.

Sin embargo, cuando realmente profundizamos en el motivo de dicha “celebración”, resulta aterrador pensar que en el proceso, obviamos las otras secuelas de la colonización: el genocidio, la desolación, las violaciones, la esclavitud, el saqueo de los recursos y riquezas naturales y, un largo etcétera.

Sri Lanka, país que visité recientemente y que en el pasado fue colonia portuguesa, holandesa y luego británica (1815 a 1948) – es otra nación que también se une a la lista de la celebración colonial. Sin embargo, a diferencia de Puerto Rico, en Sri Lanka, dicho legado parece haber dejado algunos frutos y herramientas de producción e industria sustentable que aun perduran y alimentan la economía y el turismo cingalés.

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Caminar por la ciudad de Galle en Sri Lanka, que fue habitada tanto por portugueses, como neerlandeses y británicos, es como caminar por un pueblo europeo (2018).

Legado portugués

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Galle es una provincia al sur de Sri Lanka que recibe miles de turistas cada año y donde es posible palpar el legado colonial. (2018).

Los portugueses desembarcaron en las costas de Sri Lanka en 1505. Según Lonely Planet:

(…) trajeron consigo las órdenes religiosas, con los dominicos y los jesuitas al frente. Muchas comunidades de la costa se convirtieron, pero otras que rechazaron la fe cristiana tuvieron que soportar masacres y la destrucción de sus templos. Los budistas huyeron a Kandy y la ciudad asumió su papel de protectora del budismo, una misión sagrada que consolidaron otros tres siglos de intentos fallidos de dominación por parte de las potencias europeas.

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Faro de Galle (2018).

Para ver las reliquias mejor conservadas de la época portuguesa toca visitar Jaffna, en el norte, o Galle, ciudad al sur de Sri Lanka, cuyo eje es un precioso faro situado a orillas del mar y una muralla construida durante este período para protegerse de la invasión exterior. Dicha fortaleza está situada a unos 200 kilómetros de Colombo, fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988 y representa la más grande en toda Asia, que aún sobrevive la época colonial.  Al costado de la muralla yace un estadio de críquet- otro legado colonial, aunque de la era inglesa- y en los campos aledaños, es común ver grupos de niños bateando bolas y haciendo carreras, típicas del deporte.

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El críquet es uno de los deportes nacionales de Sri Lanka (2018).

Legado neerlandés

Los holandeses, por otra parte, arribaron la isla en 1606 y se encargaron de construir sistemas de alcantarillados modernos y canales para transportar especias y otras mercancías. También se ocuparon de desarrollar un sistema legal que aún se utiliza en el cuerpo legal del país. La arquitectura neerlandesa está centrada en Colombo y Galle e incluye importantes fortificaciones, hospitales, iglesias, entre otros edificios. Se dice que a pesar de que los canales neerlandeses están en desuso en la actualidad, existen varios proyectos de gobierno destinados a reactivarlos. Durante la era colonial neerlandesa, se utilizaban sobre todo para conectar Colombo con otras ciudades importantes.

Los británicos

Los holandeses cedieron la isla a los británicos en 1796, iniciando de este modo una vehemente era colonial anglosajona. Declararon el país colonia suya en 1802, conquistaron la ciudad de Kandy en 1815 y dicho proceso desestabilizó la nación.

Como parte del legado británico que perdura podemos destacar un par de cosas: la industria locomotriz y los trenes de Sri Lanka- que continúan representando el modo de transporte principal de larga distancia en el país- y la producción y manufactura de té, producto nacional bruto, considerado el mejor del mundo.

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En las fábricas de té del interior de Sri Lanka es posible hacer degustaciones de la bebida en sus diferentes variedades (Nuwara Eliya, 2018).

A partir de 1870, el té se situó como producto nacional bruto cingalés gracias al impulso de los colonos y para agilizar su producción, se establecieron, a lo largo del centro de la isla, decenas de fábricas como Glenloch, en la que aun hoy día se conserva la mayoría de la maquinaria original y la línea de ensamblaje de la era colonial.

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La fábrica de té Glenloch fue fundada have 140 años por un empresario escocés (2018).

Precisamente en la industria de té la fuerza obrera es, en su mayoría, femenina. Son mujeres tamiles (hindúes del norte del país), casi siempre, quienes con sus delgados y ágiles dedos recogen las hojas más tiernas de las plantaciones y las van almacenando en sacos que colocan a sus espaldas para luego ser transferidos a la fábrica. Se estima que reciben menos de $3.00 USD por recoger alrededor de 20 kilos (44 libras) al día. Trabajan largas horas, apenas descansan y es común verlas en las colinas de las plantaciones que yacen por todo Nuwara Eliya, un pueblo llamado Little England por su clima fresco y porque aquí fue donde muchos colonos británicos se asentaron.

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Recolectoras de té. (Nuwara Eliya, Sri Lanka, 2018).

Son mujeres también quienes laboran en fábricas como Glenloch, donde dividen las hojas que sirven para los tres tipos de bebida que aquí se producen: el té negro o English Breakfast, el verde (cuyas hojas son menos maduras y más frescas) y el blanco (variedad menos consumida). Mientras más oscuro sea el té, mayor es su intensidad y en la antigua Ceilán, los locales (así como los ingleses en su momento) prefieren la bebida mientras más oscura sea y la preparan con lecha y azúcar, igual que en Inglaterra.

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Una guía en la fábrica Glenloch muestra las diferentes hojas de té. (2018).

Una columna publicada en El País resume la herencia colonial del té en Sri Lanka y la importancia de la mano de obra femenina:

Fueron los británicos, otrora colonizadores de Sri Lanka, quienes sustituyeron las plantaciones de café por las de té allá en 1870 cuando una plaga diezmó los cafetales y, con ellos, la economía de subsistencia. Eligieron para cultivarlos a inmigrantes tamiles de India como mano de obra barata: ellas. Las que salpican los inmensos campos de té con esos puntitos blancos que nunca dejan de moverse. Son las cestas de rafia que llevan colgadas de la cabeza y a las que van echando las hojas verdes que no cesan de cortar en ningún momento. Llevan a sus espaldas la economía del país.

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Recolectoras de té (2018).

Entonces, ¿existe razón justificada para celebrar un legado colonial? Según una columna de Ángel Collado Schwarz publicada en El Nuevo Día y en la que el autor reacciona a un ensayo del ex juez presidente del Tribunal Supremo, José Trías Monge:

Las agresiones armadas, el mantenimiento de colonias y la injusticia no se celebran porque son momentos de duelo.

Incluso, las palabras colonia, colonialismo y otras derivadas de la misma raíz se han tornado elemento indispensable y cotidiano en el vocablo boricua durante los pasados años. Décadas previas, sin embargo, no se utilizaba tan común y libremente este concepto. Parece como si hubiésemos salido de una larga racha de oscuridad y engaño lingüístico y político para darnos cuenta y aceptar de una vez y por todas que somos colonia, desde muchos siglos lo hemos sido y no parece estar ocurriendo nada para impedir o cambiar el estatus. Y es que encima de lo absurdo que se muestra querer celebrar dicho estatus- democracia y colonialismo son precisamente términos contradictorios y opuestos, cosa que muchos parecen ignorar.

La idea de celebrar el colonialismo me parece rara, discorde, e incluso incómoda, y razones para sentirse así, creo que sobran. Sin embargo, por otra parte resulta interesante también analizar el legado menos sangriento de la conquista, que perdura y representa un fundamento sólido de producción económica para un país como Sri Lanka. Pasearse por lugares como Galle, una fábrica de té en Little England, o explorar hospitales y otros edificios públicos construidos durante la época colonial europea en Sri Lanka que todavía sirven un propósito en la sociedad moderna y contribuyen al funcionamiento social y político, es como viajar en el tiempo y reconocer que las naciones son el producto, tanto del esplendor de su pasado histórico, como de su legado colonial- con todo y cicatrices. Negar el colonialismo es también rechazar una importante herencia e identidad del pasado. Y por más que sea, también ese capítulo nos pertenece.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Interesante artículo. Saludos desde Valparaíso.

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    1. gitana630 dice:

      ¡Gracias por leer! Saludos desde Puerto Rico

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  2. Carmen Quiñones dice:

    Sara, excelente artículo para describir un viaje turístico no tradicional. Me encanta la cultura asiática especialmente el respeto y la cortesía de su gente. Me fascinan los templos budistas. La he conocido por los dramas coreanos que disfruto desde hace 10 años. Nos emotivas a salir corriendo para ” Ceilan”. Adelante con tus escritos.

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