Cuatro días en Santo Domingo


El Parque Colón de la Zona Colonial es una plaza enorme y más que esto, el epicentro de la vida y cultura callejera que se manifiesta durante los días en que Santo Domingo recibe cerca de 700,000 visitantes que acuden cada año a la Feria Internacional del Libro.

 

 

Unos percusionistas retumban el cuero de sus bongós y raspan el metal de sus güiras al son de merengue. Aquí se respira un aire netamente dominicano, comenzando con el fuerte olor a puro que sale expulsado de los bares y fábricas donde se venden productos de tabaco.

La multitud de estudiantes que acuden a este evento aprovechan los ritmos caribeños para acorralar a los músicos y mover sus esqueletos. Bailan entre ellos y menean sus caderas, mientras dan vueltas. Tanto la plaza como la Zona Colonial desborda de alumnos de escuela elemental, intermedia y superior, de todo el país. Aprovechan estas fechas para, junto a sus maestras, visitar los monumentos históricos más importantes del casco antiguo, todos abiertos y de acceso libre para el público durante esta ocasión.

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Teatro

La agenda cultural es amplia y el programa completo tiene al menos veinte páginas. Una de las más atractivas para los que visitan localmente es la agenda teatrera. Una noche asistimos a Todo un hombre, un cuento del profesor dominicano Juan Bosch (1909-2001) adaptado al escenario y presentado por la Compañía Nacional de Teatro de la República Dominicana. La trama envuelve a dos hombres en una lucha trágica por una mujer y presenta entre otros temas, el machismo que aún se percibe fuertemente en el país.

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Capilla de los Remedios

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Este año el país invitado de honor es Puerto Rico y en la Feria han designado la Capilla de los Remedios como la sala donde se celebrará la mayoría de eventos dedicados a la isla. Dos enormes banderas boricuas cuelgan de su estructura: una en el exterior de la Capilla y otra en el interior. Desafortunadamente, ninguna de las dos lleva el tono de azul celeste. Una tercera, más oculta, yace junto al escenario principal acompañando a la quisqueyana y a la estadounidense: objeto de repudio entre algunos escritores.

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Juan López Bauzá, quien fue maestro de español en la Academia María Reina durante la década del 90 cuando allí estudiaba, es uno de ellos. Antes de presentar su novela Luzbella, que recrea la construcción de una sociedad que se ha librado de la colonialización, expresa su descontento. Aclara a la moderadora del evento, que no comenzará su intervención a menos que la bandera americana- que se encuentra al lado de la nuestra- se remueva o ponga detrás de la puertorriqueña.

A modo de protesta, explica, hago esto, ya que toda mi obra ha ido justo en contra de eso (señalando la bandera).

Aunque deciden no removerla, finalmente sí la mueven un poco hacia atrás y con cara de aparente disgusto, el escritor decide que comenzará a contarnos sobre el ingenioso mundo de su novela Luzbella. Trata sobre una sociedad con economía justa y equitativa en la que es posible alcanzar la máxima capacidad como seres humanos. Nos han convencido a creer que somos pequeños, insignificantes, incapaz de gobernarnos. Luzbella es el país en el que yo quisiera vivir. Es un libro que busca llamar a la acción.

 Aparte de Juan, la presencia de la bandera fue motivo de incomodidad y molestia también para otros invitados.

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Parte de la delegación boricua en la XXII Feria Internacional del Libro (Santo Domingo), incluyendo a Sandra Rodríguez Cotto (derecha).

Sin embargo, para la periodista Sandra Rodríguez Cotto, quien publica una columna semanal para NotiCel y fue otra de las invitadas, mejor es enfocarnos en los lazos que nos unen a los dominicanos y el orgullo de ser los invitados especiales. A pesar de no molestarse por este asunto, Sandra es una mujer de fuerte convicción y mucho carácter, quien no titubea al expresar su opinión.

Recientemente publicó su libro Bitácora de una transmisión radial,donde recoge muchas anécdotas y reflexiones cubriendo-de modo voluntario- el huracán María como periodista radial. Esencialmente, es un libro sobre denuncias al gobierno, quien durante y después de la tormenta, brilló por su desinformación.

Sucedió lo impensable durante el huracán. En Puerto Rico existen 127 emisoras de radio- la mayor cantidad en todo Estados Unidos- y solo siete se quedaron durante el huracán. Wapa radio fue la única que se mantuvo (…) El gobernador decía que todo estaba bien mientras que los alcaldes alertaban sobre la situación real.

 Más tarde expresaría: Estamos moliendo el vidrio con el pecho los que queremos quedarnos en Puerto Rico.

 Y para olvidarnos un poco de cómo se siente estar siempre moliendo ese vidrio, volvamos a situarnos en la República Dominicana. Porque aparte de la Feria Internacional del libro, cuatro días dan abasto para conocer también espacios dentro y fuera de la Zona Colonial.

Parque Colón

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En el centro del Parque Colón yace una estatua de Cristóbal Colón, quien en su primera excursión al Nuevo Mundo en 1492, arribó a Española, luego de hacer una parada en la isla Guanahaní, hoy San Salvador (Bahamas) y luego, Cuba (Juana). Colón es casi venerado en esta isla: todo lleva su nombre, todo evoca su legado.

Y aparte de Colón, muchos otros coloridos e interesantes personajes dan vida a la plaza. Algunos son músicos, otros vendedores y unos pocos, vienen aquí para recitar poesía o juntarse con sus amigos y conocidos para jugar checkers. 

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Debajo de una sombrilla en una esquina de la peatonal Calle Conde ubica un restaurante que lleva el mismo nombre y contrasta con el resto de sabores, olores y ritmos quisqueyanos. Turistas jinchos y perdidos intentan in-visibilizarse entre la multitud, sin lograrlo. Es un trozo de Europa en el Nuevo Mundo. Le rodean músicos, vendedores ambulantes y una marea de gente que sube y baja.

El acento de un gringo, de esos que llevan un micrófono en la boca, retumba e impide escuchar el rasgueo armonioso de un guitarrista que lleva botas de cuero negro hasta las rodillas, afro redondito y chaleco de heavy metal. Toca canciones de Led Zeppellin, otras de flamenco y algunas pocas suyas propias. Se llama Camilo Rijos, tiene 27 años y es estudiante del Conservatorio de Música de Santo Domingo.

 

Un grupo de 8 a 10 estudiantes de intermedia pelean por sentarse en un banco detrás de la catedral, la primera del Nuevo Mundo. Un señor que vende bisutería falsa se cobija del sol con un gorro tipo sombrilla muy ajustado a la cabeza y un café negro con hielo en mini vasito de plástico. Al costado, un limpiabotas brilla los zapatos viejos de un cincuentón que mira fijamente a la distancia. Dos argentinas de mediana edad y pelo rubio inhalan humo de sus cigarrillos slim. Un moreno robusto y musculoso pasa por enfrente semi-desnudo y de camino a recrear lo que parecería una escena de teatro taína o un performance callejero de estatua viviente. Lleva plumas en la cabeza y un taparrabos discreto. Nunca más lo volví a ver, aunque sí a Anacaona, quien fue cacica y también poeta en la Isla Hispaniola (1474-1503).

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Gente que sube, motoras y bicicletas que bajan. Esto es Santo Domingo durante la Feria Internacional del Libro.

Barrio chino

A dos cuadras del epicentro se encuentra el Barrio Chino de la capital. Lo sabemos por el arco rojo de arquitectura pequinesa que reclama el espacio y se impone junto a dos leones. Justo por debajo del arco pasa un dominicano cincuentón que transporta caña de azúcar en su bicicleta para venderla en algún puesto cercano. Algunos restaurantes y negocios llevan nombres chinos, pero no son mayoría. Apenas quedan residuos de esta cultura milenaria en Santo Domingo, salvo tres importantes centros: la Escuela de Lengua China, el Museo de Cultura China y la Clínica, especializada en medicina oriental.

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(…)

 

Los tres ojos 

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El Parque Nacional Los Tres Ojos queda fuera del enclave de la Zona Colonial. Se trata de un espacio natural maravilloso compuesto por cuevas subterráneas y tres lagos: uno de agua dulce, otro de azufre y uno tercero que solo puede accederse por vía marítima, en barco. Los primeros dos lagos de agua turquesa transparente pueden verse una vez se desciende una empinada escalera que lleva hasta el río subterráneo las Brujuelas. Y la sorpresa con la que uno se encuentra de frente, realmente vale la pena visitar. Con un poco de suerte también pueden observarse tortugas marinas nadando en la cueva.

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