Crónica de una tarde en Castañer


Se considera una de las poblaciones más remotas de Puerto Rico. Se encuentra en medio de dos municipios: Lares y Adjuntas y colinda con otros tres: Yauco, Las Marías y Maricao. Quien no tiene algún referente o razón para llegar a este poblado, seguramente no lo conocerá, aunque razones para explorarlo, no faltan.

 (…)

Llegué a Castañer inesperadamente. No lo planifiqué, no conozco particularmente a nadie de esta zona, ni tenía un plan claro sobre lo que haría. En plena cuarentena impuesta por el COVID-19, las ganas de salir en carro a dar una vuelta por la isla aumentaban con el paso de los días. Ayer, finalmente con la excusa de ascender a un monte que ubica en Lares y la colindancia con Las Marías, me dio con la idea de continuar el viaje. Recordé a una estudiante que tuve hace una par de años que muy orgullosamente aprovechaba cada oportunidad para recordarme que ella no era de Lares sino de Castañer. Es muy bonito, profesora, debe ir a conocerlo. 

Del pueblo de Lares, el mapa de Google marcaba que llegar a Castañer tardaría unos 56 minutos. Sin embargo, nos encontrábamos en un pico sin nombre y desolado en Lares, donde ascendimos a un cierto punto desde donde era posible ver unas alucinantes vistas de la isla. Matices de verde chatré que pintaban las montañas, aves de rapiña de enormes alas y cabezas rojas que husmeaban en el aire y una cruz de madera marcaba el punto más lejano de los tres picos. Decidimos descender cuando una nube de avispas se acercó a nosotros. Cotejé el mapa de Google nuevamente. Decía que Castañer se encontraba a 34 minutos.

Tres picos sin nombre ubicados en Lares.

Sin pensarlo más decidimos irnos a la marcha. Veredas en forma de túneles naturales arropaban la carretera. Cafetales por doquier y siembras bien planificadas y organizadas de plátanos, guineos y algunas chinas nos acompañaron durante todo el camino. Montes con impresionantes picos, uno en particular de forma piramidal capta mi atención. El trayecto tardaría poco más de media hora desde donde partimos, aunque pareció más de eso. Llegar a Castañer es casi como llegar a otro mundo.

Casa de madera pintoresca y siembras de plátano y guineo de camino a Castañer.

La búsqueda de Google arrojó varios resultados, pero lo que más acaparó mi atención fue una foto de una bellísima y desconocida represa: el lago Guayo. Decidimos que allí intentaríamos llegar. Mientras más nos adentrábamos, las callecitas se hacían también cada vez más estrechas. Apenas nos cruzamos con uno que otro carro en el camino. Árboles de bambú gigantes nos hacían compañía y proveían sombra. Llegamos finalmente a una calle sin salida, tipo cuchillo y con bajadas super empinadas. Allí en la profundidad de la tierra lareña vivía gente. Un joven con su padre se encontraban afuera  de su casa con sus tres perros. Nos detuvimos a preguntar cómo llegar al cuerpo de agua. Lleguen hasta el Club Caza y Pesca, dejen el carro afuera y por ahí pueden entrar. 

Ubicado a unos 459 metros sobre el nivel del mar, en Castañer hace fresco casi todo el año y se estima que lo habitual es que, sus aproximados 6,000 residentes disfruten de 60-75 grados Fahrenheit todo el año. Descendimos la carretera hasta obtener una mejor vista del lago. Detectamos a mano izquierda un cartel anunciando el Club y dejamos el carro justo al lado del mismo. Un señor mayor con machete en mano en busca de vete a saber qué cosa era la única presencia humana aparte de nosotros. Antes de regresar a su carro hizo un par de comentarios acerca de la pesca de tilapia en el lago, antes de marcharse. Acto seguido apareció otro vehículo y esta vez era el de una señora, quien con una llave abrió el portón de acceso al Club Caza y Pesca. Aproveché para preguntarle si podíamos acceder al área y acercarnos al lago. Por aquí mismo pueden coger. El camino es bonito y de una vez hacen ejercicio…

Desde la entrada del Club es posible acceder al Lago.

No me imaginé que el camino fuese realmente tan bonito. Cafetales rodeaban todo el lago a un lado y otros árboles daban sombra al otro. Una estrecha carretera embreada y alargada llevaría al Club, donde en tiempos normales se suelen alquilar cabañas para turistas locales y extranjeros. No llegamos hasta allí. No hacía falta. Adelantamos un poco el camino. Me acerqué a un cafetal, arranqué una semilla de café, la exprimí y olí su pulpa. Respiré aire puro y absorbí el bello panorama de las aguas turquesas del lago Guayo, sus pájaros, su tranquilidad, su lejanía y enigma. Allí se detuvo el tiempo.

Siembras de café rodean el Lago Guayo.
Lago Guayo, Castañer.

 

Decidimos que después de aquel respiro de aire puro merecería la pena llegar hasta el poblado de Castañer. El GPS marcaría la localización a unos 8 minutos. En la distancia divisé el Hospital General de Castañer y sus pulcros alrededores. Llegamos hasta la plaza principal. Justo en frente, los únicos dos negocios abiertos: una bodega que vende desde cervezas y canecas de ron, hasta miel y berenjena. Nos detuvimos aquí a charlar un rato con el propietario y su padre. Además de su amabilidad, percibimos su fuerte acento y orgullo de ser ciudadanos de este poblado, cuyos residentes prefieren considerar casi otro municipio. Justo al lado, una panadería despachaba pan y otros alimentos para llevar. Un colorido mural y dos banderas anuncian la llegada a este remoto poblado del barrio Bartolo de Lares. Un cartel frente a la plaza nos acerca a su historia…

Plaza principal del poblado de Castañer.

 La historia de Castañer se remonta al año 1830 cuando un grupo de inmigrantes de Mallorca llegaron a la isla porque el gobierno español concedió cuerdas de terreno a personas capaces de desarrollarlas. Entre 1833 y 1852 se establecieron en la zona haciendas cafetaleras. Unos años más tarde llegó a la zona un joven de nombre Juan Castañer, quien con solo 14 años se dedicó de lleno a la industria cafetera y más tarde ascendió a mayordomo. Se dice que en 30 años llegó a crear una hacienda de más de 2000 cuerdas, una de las más grandes y reconocidas de todo Puerto Rico. Se le conoció primero como San José, luego como los Rabanos y hoy día, como Castañer.

A pesar de su pequeño tamaño, desde luego en Puerto Rico sobran las joyas naturales, los paraísos sin descubrir y los rincones remotos como estos donde se percibe el rico legado histórico y cultural de nuestro pueblo. Aprovechar la cuarentena para ir a descubrirlos se torna casi obligatorio. No te arrepentirás…

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