Cómo la COVID-19 está matando la educación


La enseñanza virtual aporta algunos beneficios y muchas desventajas, tanto para el docente como para el estudiante y los centros de educación superior. Ante la nueva normativa que supone la COVID-19, la mayoría de universidades en Estados Unidos y Puerto Rico ha optado por cambiar sus clases a la modalidad virtual, un giro que podría marcar el principio del final de la educación cómo la conocemos.

Quienes nos dedicamos a la docencia presencial, el semestre pasado nos enfrentamos de lleno y de modo muy inesperado a la experiencia de dar clases a distancia. El virus nos zumbó a una piscina helada y desconocida, sin salvavidas. Nos tocó salir a flote, sobrevivir y terminar el semestre de la mejor manera posible. Pasamos del aula y el contacto directo con nuestros alumnos a sentarnos frente a una pantalla e intentar seguir transfiriendo conocimiento del mejor modo posible. Haz lo mejor que puedas, me dijo mi jefe en una ocasión.

Nadie se imaginó que llegaría con tanta fuerza este virus, ni que este cambio abrupto se produciría y de qué manera se produciría. Todos tuvimos que adaptarnos, de la noche a la mañana, a las nuevas exigencias y necesidades de la enseñanza virtual en plena pandemia de COVID.

En tiempo récord aprendimos a más o menos manejar plataformas de reuniones virtuales previamente desconocidas para muchos, como Zoom, Google Meet y Microsoft Teams. Estas permitían conexión parcial con los estudiantes, que, al otro lado de la pantalla también intentaban mantenerse a flote en medio de la pandemia. Algunos asistían religiosamente a las reuniones virtuales, otros cuando lograban conexión o acceso a una laptop y unos cuantos se desaparecieron sin dejar rastro.  Sin duda alguna, el semestre pasado fue uno de los más retantes como docente. Una buena dosis de paciencia, empatía y consistencia probó ser la mejor receta para sobrellevarlo todo.

Aparte de los problemas técnicos que surgen a menudo por la mala conexión o las faltas que aquejan las plataformas virtuales- capaces de sacar de quicio a cualquier– la enseñanza virtual padece de muchos otros problemas.

Uno de los principales recae en la falta de comunicación interpersonal, tanto entre profesor y alumnos, como en términos de la dinámica general que se produce estando en el salón de clase. Nadie se siente cómodo hablándole a una máquina y convenciéndose de que detrás de la pantalla hay personas interesadas en lo que uno dice.  A menudo reina el silencio y la clase se convierte más bien en un monólogo. En otras ocasiones, te toca repetir lo mismo varias veces y es complicado controlar las interrupciones auditivas: personas que hablan fuera de turno, perros que ladran, vecinos o familiares que se escuchan entre sí y otros ruidos de fondo que sobre todo, distraen.

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Aparte, dar clase desde el hogar es permitir (de modo consciente o inconsciente) un grado de intimidad entre emisor y receptores que no existiría en el caso de los cursos presenciales. Es abrir tu casa, tu espacio, tu privacidad y compartirlo todo voluntariamente con un grupo de estudiantes que hacen lo mismo. Un par de veces me encontré con estudiantes que se dejaban ver en pijamas, comiendo en sus camas o en otras posiciones muy íntimas e inapropiadas. En lo personal, esto me causa incomodidad.

Por otra parte, las estadísticas muestran que la enseñanza virtual lleva a una mayor cantidad de bajas estudiantiles. Aparte de disciplina, esta modalidad requiere de un alto grado de paciencia, concentración, retención y adaptabilidad: cuatro cualidades que muchos carecen.

Las clases virtuales han causado mucho eco en tiempos de COVID, sobre todo en términos negativos. Algunos profesores, por una parte, se quejan de que los estudiantes no tienen la disciplina requerida de este modelo, mientras que estudiantes hacen público su malestar por docentes que envían demasiada carga académica con poco tiempo para entregar.

Ciertamente, el modelo de enseñanza virtual requiere de unas destrezas y unos recursos que no todos poseen. Aparte del conocimiento y la fluidez tecnológica básica (cosa que se puede aprender en un simple tutorial de YouTube), hace falta la capacidad de adaptación y ni mencionar lo obvio: recursos tecnológicos al alcance. No es posible hablar de clases virtuales sin tener acceso a una computadora, materiales pedagógicos y conexión a internet. La educación virtual es, por tanto, un modelo que tiende a ser discriminatorio y elitista.

Adaptarse a estos nuevos tiempos de mascarillas, incertidumbre, salidas estresantes al supermercado, toques de queda y la necesidad de tener internet ilimitado para manejarte en varias plataformas, se ha vuelto tarea indispensable. La conexión virtual es la única conexión social para muchas personas en estos tiempos de pandemia. Por más artificial que sea, nos hace sentirnos parte de algo, nos mantiene enganchado a las redes, las noticias y, para muchos, al trabajo. Por ende, no contar con el preciado recurso virtual desde la comodidad de tu hogar que es el acceso a la web, es quedarse atrás y estar aislado incluso más.

Dar o tomar clases virtuales no es tarea fácil ni “cáscara de coco”, sobretodo si tienes que viajar fuera de tu casa para acceder a internet (un privilegio que no todos tienen y muchos dan por sentado). Al principio de la pandemia, me tocó viajar fuera de casa, expuesta a ser multada por violar el toque de queda, solo para tener acceso a la web y poder quedar bien con mis estudiantes. Sucedía que algunos con recursos no entregaban los trabajos ni participan de las clases virtuales, mientras que otros, sin computadora ni conexión, hacían las tareas a mano y me enviaban fotos de su cuaderno. El que quiere, puede y hace lo que sea por cumplir, pero sin duda que esta crisis, es un asunto de clases sociales que afecta mucho más a los vulnerables.

La educación en-línea supone muchos otros desafíos que esta entrada de blog no podrá abarcar por falta de tiempo y espacio, pero dos de los que más me preocupan son: la robotización de la enseñanza y la posibilidad de hacer obsoleto al docente.

Con robotización me refiero a la falta de improvisación, la espontaneidad y la dinámica tan mágica y bonita que se produce en el aula. Nada sustituye el intercambio presencial de ideas, las discusiones no planificadas, la exposición de gestos, el humor y la conexión humana que caracteriza el proceso de enseñanza-aprendizaje presencial. Pretender que una computadora pueda transferir la calidez y el contacto interpersonal es absurdo y no hace más que acercarnos a una era de mayor frialdad, distancia entre personas y robotización impersonal.

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El segundo punto, sin embargo, es quizá el que más preocupa. Ante la nueva normativa que ha supuesto la COVID-19, en Puerto Rico ya se han producido miles de despidos, sobre todo en la empresa privada y también en centros docentes. El desempleo ha alcanzado niveles que no se habían visto en décadas. El ambiente que reina es uno de ambigüedad, miedo e incertidumbre en todos los sectores laborales.

Algunos docentes de centros educativos privados han tenido que lidiar con recortes de salario de hasta 20%, otros de la noche a la mañana se han encontrado sin empleo y otros tantos cuelgan de un hilo. Estamos todos desprotegidos y este sentimiento solo aumenta y contribuye al miedo generalizado.

La enseñanza virtual agrava esta situación al convertir los materiales pedagógicos en bienes de acceso público a la disposición de cualquier persona. El docente, por tanto, cede sus derechos de autor y a la vez pierde autonomía y libertad de cátedra al permitir que otras personas puedan impartir sus cursos desde plataformas virtuales. Accedemos a estas condiciones porque no nos queda otra opción. Debemos tener claro, sin embargo, que esto equivale a regalar nuestros años de experiencia y conocimiento para ponerla a la merced de otros. El nuevo esquema nos hace vulnerables, redundantes y nos acerca a convertirnos en obsoletos.

Solo el tiempo dirá qué tipo de impacto a largo término tiene y seguirá teniendo la COVID-19 para las universidades y otros centros docentes, y aunque es importante mantenerse positivo, toca también vislumbrar esta nueva normativa, sobre todo en términos de la educación y los que trabajamos en este sector.

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