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El cuarto piso


Cuando era niña pensaba que a los 25 me casaría y poco después tendría un hijo. Luego otro, hasta llegar a los 3 u 4. Supongo que el sueño de toda hija única es tener muchos hijos para compensar. Los 30 se me hacían ya demasiados años y los 40, pues una antigüedad. Había que comenzar pronto. Pero luego crecí y el sueño cambió.

Hoy llegué al cuarto piso. En el matrimonio no creo y mi hijo lo vine a tener hace menos de dos años, con 38. Fue un niño muy deseado quien también será hijo único como su madre. Nada acorde a los planes de niña, pero siempre siguiendo la intuición y entendiendo que ni el momento ni la edad perfecta existen de manera equitativa para todos. He vivido la vida a plenitud sin reparos y hoy con una mezcla de emociones agridulces entre incertidumbre y felicidad, me lanzo de cabeza a esta nueva década. El mundo y el país cuelgan de un hilo, pero hoy cumplo 40 y razones de más tengo para celebrar, a pesar de todo.

Da vértigo decir adiós a una década y dar la bienvenida a una nueva, sin saber bien qué esperar. La década de los 20 la dediqué a completar mis estudios, a viajar el mundo y a vivir a cabalidad el amor, el desamor, el éxito profesional y académico y los grandes placeres de la juventud sin mayor estrés. En estos últimos diez, me doctoré, participé activamente en el mundo académico, viví en tres países (España, Polonia y Puerto Rico) y publiqué libros y artículos varios. Dejé la fría ciudad polaca de Breslavia, donde residí 3 años intensos y regresé a Puerto Rico a instalarme por primera vez fuera de San Juan, esta vez en Arecibo, un pueblo muerto que me ofreció trabajo en la Universidad de Puerto Rico.

Viajé por cuenta e interés propio a Inglaterra, China, Vietnam e India por segunda vez donde me certifiqué como instructora de yoga en una escuela en el Himalaya en una experiencia intensa a todos los niveles. También recorrí México, Sri Lanka, República Dominicana y Nueva York por trabajo y por placer. Encarné grandes experiencias culturales y personales, algunas duras, otras muy placenteras y de crecimiento.

Durante ese tiempo viví un capítulo que me hizo moler vidrio con los dientes y aprender un mundo. Unos meses más tarde un huracán categoría 5 me partiría a mí y a mi país por la mitad. Con el tiempo me hice fuerte de nuevo lentamente y experimenté plena libertad y sanación. Tras el huracán María rescaté un Schnauzer moribundo de la calle a quien llamaría Bruno y quien se convertiría en mi fiel acompañante hasta su muerte. Más tarde me uní en amor, adquirí mi primera propiedad y me convertí en madre con el nacimiento de Noah.

Simultáneamente, una pandemia rarísima arrasó con el mundo entero y nos obligó a estar en cuarentena más de un año, tiempo en el que di a luz y nos dedicamos a criar y cuidar 24/7 a nuestro hijo recién nacido, mientras el trabajo se convirtió en virtual. Desde entonces ha peligrado la seguridad laboral, la salud física y mental, el bienestar a todos los niveles y la rutina cotidiana de todos. Vamos, un nuevo orden mundial llegó sin avisar, al que nos rehusamos a aceptar como normal.

Los últimos 10 años han sido posiblemente la década más crucial de toda mi vida. Ahora, llevo casi dos años que respiro solo Noah Marcel, porque como toda madre dedicada sabe, la crianza se convierte en el principal proyecto de vida y todo lo demás toma un segundo lugar. Y hablando de hijos y de cuando le dicen señora a uno…

Cuando pienso en el cuarto piso, me viene a la mente una canción en particular: Señora de las cuatro décadas, del guatemalteco, Ricardo Arjona. Por suerte ya no se escucha en la radio, pero recuerdo que hace unas décadas fue tremendo hit. No es otra cosa que una demostración de amor machista de un hombre de 30 años que según la historia, vive enamorado de una señora de cuarenta y tantos que, a pesar de tener tanta edad y no hacerle caso, según Arjona, todavía se ve bien. Señora de las cuatro décadas. Y pisadas de fuego al andar. Su figura ya no es la de quince… Y por ahí sigue con un mandato, que es el coro detestable de la canción: ¡Señora! No le quite años a su vida. Póngale vida a los años, que es mejor.

¿Quién dice que no le ponemos vida a los años? ¿Quién dice que no nos vemos bien? ¿De acuerdo a qué estándares debemos vivir? ¿Por qué debe convertirse en una condena cumplir más de 35?

Entro a Facebook y leo. Moda, maquillaje y cortes de pelo para rejuvenecer a mujeres de 40. Como tener 40 y parecer de 25. 40 is the new 30. Los titulares de las revistas y los medios digitales en torno a la mujer madura se tornan tan poco originales. ¡Qué terrible presión constante a la que está sometida la mujer 24/7! Debemos estar siempre más jóvenes, más guapas, más delgadas, más bellas, menos cansadas, menos angustiadas, siempre intactas, siempre perfectas. Nunca somos suficiente. Nos lo sugieren los medios, las familias, las parejas y también, ¿las amigas?

El otro día una colega me sugirió que me hiciera bótox. No fue ni de mala gana ni ofensivo, sino una simple sugerencia como de esas que se sueltan así sin pensar mucho. Y ojo, no es que esté en contra de los tratamientos o cirugías plásticas y estéticas, pero realmente en este momento de mi vida, con un hijo de casi 2 años que atender y criar, lo menos que tengo en la mente es cómo borrarme las arrugas de la cara. Digamos que pensé que mi frente arrugada podía aguantar un poco más antes de ser inyectada con el paralizante muscular que se ha popularizado tanto.

A raíz de su sugerencia me quedé pensando si en efecto estaría insinuando que me ha llegado la hora de afrontar mis 40, la representación del comienzo de la vejez para tantos.

¿Qué aguarda realmente el cuarto piso? Según algunos psicólogos, los 40 representan una etapa de reflexión y madurez en la que podemos repensar nuestras metas y acciones, e ir tras aquello que realmente queremos. ¿Tengo la vida que quiero? ¿Me siento feliz? ¿Qué metas me faltan por alcanzar en este momento? Estas son algunas de las preguntas que sugieren realizarse los y las cuarentonas. La experiencia de la vida nos permite aceptar fortalezas y debilidades personales en esta edad, y construir nuestra felicidad desde adentro y no desde afuera, como en años anteriores.

El cuarto piso no tiene por qué representar una etapa de crisis, vejez o frustración, sino todo lo contrario. Según estudios, al cumplir 40, la autoestima suele aumentar, así como la valoración propia. Ya no nos importa tanto vivir según las expectativas de otros o según lo que pueden pensar de uno. Eso por otra parte permite que nos encaminemos donde realmente queremos estar y con quien realmente queremos estar.

Soltar, dejar ir y alivianarnos física y emocionalmente otorga también salud y permite que uno comience a pensar y expresarse más claramente y sin tapujos. Con respeto y firmeza se aprende a decir que no y a establecer límites saludables. Vivir plenamente.

Por último y como enfatiza tanto el maestro Eckhart Tolle en su libro El poder del ahora: aprendes a valorar el aquí y el ahora. A fin de cuentas, es todo lo que tenemos.

¡Enhorabuena, que venga el cuarto piso!

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