Comunicadora, docente y madre.
Escribo desde Puerto Rico.

El último periódico

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Hoy no sonó la alarma, cuando ya el cuerpo se había levantado de la cama. Aún no eran las 7:00, cuando comencé a espabilarme. La señora de la panadería me lo había advertido:

–Si quiere el periódico del domingo, tiene que venir temprano. Ya la gente lo está separando, es el último que van a tirar.

Como todos los domingos, me encaminé a la panadería Yaryt’s en Barceloneta a comprarle el periódico a mi madre. Desde que tengo uso y razón, recuerdo la prensa impresa como una parte intrínseca de nuestras vidas, sobre todo los domingos.

De niña, tengo memorias de mi padre haciendo el crucigrama durante toda la mañana del domingo. Por su parte, mi madre, hoy de 81, toda la vida me ha recortado noticias, entrevistas, información que obtiene de la prensa, que lee y asegura me interesará o servirá de algo. Tengo recortes de prensa marcados, subrayados y amontonados en diferentes partes de mi casa, habitación, en carpetas, en folders manila, guardados en clósets y otros lugares. Recortes de noticias y columnas impresas, subrayadas, anotadas, marcadas, compartidos en diferentes momentos de la vida y para diferentes propósitos.

Incluso recuerdo que mi trabajo como docente en la Universidad de Puerto Rico en Arecibo lo obtuve en parte gracias a un anuncio en el periódico impreso que ella misma me recortó y compartió. Ha sido siempre su manera de compartir información y contenido con sus seres queridos.

Hoy, mi madre, una baby boomer, quien junto a muchos otros puertorriqueños, nos hemos visto trastocados con la noticia de la terminación del periódico impreso, El Nuevo Día.

Después de hoy, 27 de septiembre, específicamente el periódico El Nuevo Día, que durante tantos años ocupó un espacio tan importante para nosotros, no tendrá más lugar en nuestras vidas. Han decidido los ejecutivos de GFR Media, principal conglomerado informático de Puerto Rico, dejar de imprimir el diario, porque ya no representa un modelo económicamente viable. Los nietos del difunto don Luis A. Ferré, quien en 1911 fundó El Día en Ponce y en 1967, también el Partido Nuevo Progresista, disfrazan esta tragedia con la noticia positiva de que: el papel termina, el periodismo continúa y aseguran que esto solo se trata del inicio de una nueva era.

La muerte del periódico me ha tocado muy de cerca y tanto para mí, como para mi familia y para mi país, representa el fin de una era. Se ha producido un vacío en el ecosistema mediático nacional, que de momento, no tiene posibilidad de llenarse.

Como si fuera poco, como docente en el campo del periodismo, al Nuevo Día le debo mi carrera en esta disciplina. Durante doce años publiqué entrevistas en profundidad en la fenecida sección diaria, Vidas Únicas; crónicas y reportajes sobre viajes en De Viaje; y notas culturales en La Revista.

Bajo la mentoría de editores como Ragui Vega, Zulma Doble y Francisco Vacas, en la redacción de El Nuevo Día, primero como practicante y luego como freelance, me hice periodista.

Y cada vez que se publicaba un artículo de mi autoría, era requisito ir a comprar la versión impresa con una inigualable emoción de ver en las páginas bañadas en tinta, esa nota, esa entrevista, ese reportaje con mi nombre. Tanto mi madre como mi padre, ya difunto, solían guardar mis artículos publicados y compartirlos con otras personas. Era motivo de orgullo para ellos que su única hija publicara en este periódico, el principal de tirada nacional.

En casa se compraba, hasta hoy, el periódico impreso a diario. No solo porque me dedico al campo del periodismo, sino también porque representa la fuente de información principal de mi madre. Es su contacto con el mundo, su manera de mantenerse conectada, informada, lúcida y en conexión con la realidad que le rodea. Y sí, es una baby boomer con iPhone, pero el valor de la hoja impresa no es comparable con ninguna tecnología moderna.

La desaparición de un periódico impreso afecta gravemente a la población envejeciente al limitar su acceso a la información, profundizar su aislamiento social y vulnerar su autonomía en un mundo predominantemente digital.

Para los adultos mayores, el diario en papel no es solo un medio de comunicación, sino un pilar de su rutina diaria y su conexión con el entorno. Ahora que desaparecerá el papel, me pregunto de qué manera podrá mi madre mantenerse informada sobre acontecimientos locales y globales. Me preocupa aparte que la pérdida de esta rutina afecte su bienestar emocional y sus funciones cognitivas.

Aparte, leer en un celular o tableta, genera fatiga ocular, se hace más difícil y jamás sustituirá la sensación de agarrar el periódico y disfrutarlo lentamente con taza de café en mano. Al eliminar la opción de la prensa impresa, aumenta la vulnerabilidad de la población de tercera edad y automáticamente les hace más propensos a la desinformación y las estafas o fraudes cibernéticos.

El fin del papel representa un tema de amenaza al acceso a la información y de exclusión generacional. Me preocupa, me apena y espero que aunque ahora mismo sea difícil de asimilar, en un futuro no muy lejano, pueda pasar a representar una oportunidad para repensar como sociedad cómo podemos progresar y aceptar adelantos tecnológicos necesarios, sin descuidar de nuestro derecho al acceso a la información y sin re victimizar a nuestros ancianos, que ya de por sí intentan navegar en un mundo que difícilmente les acepta e invita.

Una transformación digital debe estar acompañada de una campaña educativa multigeneracional, de inclusión, aceptación y progreso mutuo e íntegro, y no una oportunidad para aumentar ganancias empresariales mientras se deja a la vejez al desamparo. En una sociedad cada vez más bombardeada por información y carente de análisis y criterio, una decisión como esta podría tener un efecto dominó desastroso que pocos han tomando en consideración. Esperemos que así no sea.

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